La víspera del pavo

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Este pasado miércoles, antes de la fiesta del pavo, unos cuantos colegas y un grupito de alumnos nos reunimos en un aula durante una hora para leer poesía. Se nos ocurrió elegir cinco grandes poetas, uno por cada una de las lenguas que se enseñan en nuestro departamento. Los poetas eran nada más y nada menos que Heinrich Heine, Giacomo Leopardi, Charles Baudelaire, Gustavo Adolfo Bécquer y, como remate, el poeta chino del siglo VII Li Po o Li Bai, que es como le suelen llamar ahora. Podrían haber sido otros los elegidos, pero creo que nadie discutirá el lugar de absoluto privilegio que estos cinco poetas ocupan en el santoral de la lírica de sus respectivos países.

 

La sesión fue maravillosa por varias razones y, en especial, porque en lugar de historiar, analizar o interpretar los poemas, nos limitamos a leerlos en voz alta y a escuchar en grabación algunas de las composiciones musicales, como “Die Lorelei” de Heine, en la versión que hizo Friedrich Silcher, o “L’invitation au voyage” de Baudelaire, musicada por Henri Duparc e interpretada, entre otros, por Kiri Te Kanawa, Gerard Souzay o Alfredo Kraus, en las versiones que aparecen colgadas en You Tube.

 

La poesía no se entiende sin la música. Horacio equiparó la poesía con la pintura (ut pictura poesis) y Simónides, antes que él, había dejado dicho que la poesía es pintura que habla; pero ese habla -el habla de la poesía- no se puede separar enteramente del canto salmodiado o, si se prefiere, del acompañamiento musical. La poesía es a la vez música e imagen. Ut pictura et musica poesis.

 

A este respecto pienso en un poema tan bello y tan triste como “Il sabato del villaggio” de Leopardi. El tema deriva, como tantos otros poemas, del collige virgo rosas y el Carpe diem, pero su intangible belleza reside en la fusión que se produce entre la cadenciosa melodía del verso y el encadenamiento de imágenes, ya sea a través de la estampa de esa “donzelletta” que regresa del campo con un ramo de rosas, o de la vieja que hace calceta sentada a la puerta de su casa y recuerda, junto a las vecinas, sus tiempos mozos. O esa bandada de niños que corretean y gritan por la plaza a la caída de la tarde, mientras el pueblo se prepara para el domingo “pien di speme e di gioia”.

 

Esta elíptica descripción de un pueblo en vísperas de fiesta le da pie al poeta para terminar el poema con una reflexión sobre la fugacidad de la vida y el desengaño existencial. La víspera no es nada, salvo ilusión, pero la fiesta, ay, es preludio de la muerte… La exhortación final que le hace al niño, al “garzoncello scherzoso”, no admite interpretaciones ni comentarios, y sólo se puede leer en el original y, si es posible, en la voz maravillosa de Arnoldo Foa:

 

Garzoncello scherzoso,

cotesta età fiorita

è come un giorno d’allegrezza pieno,

giorno chiaro, sereno,

che precorre alla festa di tua vita.

Godi, fanciullo mio;

stato soave,
stagion lieta è cotesta.

Altro dirti non vo’; ma la tua festa

ch’anco tardi a venir non ti sia grave.

 

Hoy, pasada la víspera y el día de Acción de Gracias, yo también me siento un tanto desconsolado, aunque me consuelo con los poemas de Leopardi, a veces leídos en silencio y otras declamados por Foa, Vittorio Gassman o por cualquier otro actor italiano.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.