Lágrimas en 3D

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La última película de Alfonso Cuarón ha suscitado elogiosos comentarios no solo por las espectaculares imágenes que la tecnología 3D nos ofrece, sino por el dramatismo de una historia al límite, la de la doctora Ryan Stone quien, perdida en medio del inmenso y oscuro espacio, trata de volver a la Tierra. Sin embargo, no parece tan fácil llorar con el 3D.

 

Suena There, There, de Radiohead

 

En un determinado instante de la proyección de Gravity (Idem, 2013), la última película de Alfonso Cuarón, la protagonista de la historia, la doctora Ryan Stone, que se encuentra en su primera misión espacial, definitivamente se da por vencida. Después de todo lo ocurrido, de los accidentados contratiempos que han acabado con la muerte de sus dos compañeros astronautas, de haber intentado por todos sus limitados medios al alcance encontrar una forma de poder regresar a la Tierra, la doctora Stone baja los brazos, se entrega a una muerte segura. Llora. Y una de sus lágrimas se acerca paulatinamente, ingrávida, hacia nosotros, los espectadores, que gracias a la tecnología 3D vivimos la ilusión de compartir el espacio, el cinematográfico y el otro, con los protagonistas. Y el efecto visual parece causarnos la impresión de que esa lágrima nos alcanza. Es el momento de mayor intensidad dramática de la película y de ello parece ser consciente Alfonso Cuarón. El cineasta aprovecha las posibilidades que le ofrece la tecnología para construir ese momento.

 

 

Y sin embargo, confieso que ese instante, en el que se evidencia cierto ensimismamiento estético, esa lágrima no me llega, no me afecta, en cuanto me parece que lo que debería ser poético y transmitir emociones, resulta ser un exceso de dramatismo. Siento como si me impusieran el tener que compartir esa lágrima, como si forzaran mis emociones. De repente, la aparente veracidad de esa lágrima produce en mí un efecto rebote y me saca de la película. Y puedo decir que hasta ese instante he disfrutado con la peripecia espacial de la doctora Stone y sus acompañantes. Me siento atrapado por esas imágenes en 3D que añaden un plus de verosimilitud a lo que me están contando. La película pone a mi alcance algo tan impensable como puede ser vivir una experiencia en el espacio exterior. El uso del 3D no me parece baladí, no se queda en simple artefacto técnico en cuanto la puesta en escena de la película aprovecha esa tecnología para ofrecernos una novedosa experiencia cinematográfica. Claro está que Gravity hasta entonces se ha desarrollado exclusivamente como una experiencia visual. Llega el momento en que hay que hacer concesiones y se debe ceder el paso a la dramaturgia, no vaya ser que la falta de gravedad provoque el pánico en el espectador. Frente al posible miedo al vacío que pueda afectarle cabe remediarlo mirando al interior de la solitaria y desvalida protagonista.

 

 

Todo avance tecnológico, aplicado no solo al cine, debe implicar una trascendencia a nivel estético. Orson Welles quiso aprovechar al máximo la profundidad de campo que le ofrecía la cámara de Greg Tolland para su Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1939) y así jugar con los picados y contrapicados y la presencia totémica de su protagonista. Nicholas Ray llevo al paroxismo la imagen cinematográfica con el uso del cinemascope en Rebelde sin Causa (Rebel without a case, 1955) para crear mayor crispación, para dibujar unos personajes adolescentes oprimidos por un mundo que les expulsa. Cualquiera puede elegir los ejemplos que más le gusten. Gravity, desde luego, no creo que haya revolucionado el cine como se ha podido leer por ahí con un entusiasmo que me resulta incomprensible. Su deslumbramiento visual es incuestionable y como experiencia de los sentidos un auténtico goce, al menos hasta que esa lágrima que acaba por empañar la imagen también acaba por empañar las posibilidades de una película que debería ser tan atrevida, tan heroica como su protagonista, aunque eso hubiese significado morir en el intento. Sin embargo, sus responsables, Alfonso Cuarón y Jonás Cuarón, en calidad de co-guionista, prefieren recurrir a la seguridad que les otorga la dramaturgia habitual y un discurso trufado de optimismo. Así todo el mundo puede salir ileso, reconfortado y satisfecho.

 

Por curiosidad, después de la proyección trataba de imaginar cómo sería llorar viendo una película en 3D. Porque en el resto de proyecciones nos secamos las lágrimas lo mejor que podemos mientras intentamos recuperar la visibilidad, pero si tenemos que quitarnos las gafas que nos permiten ver las imágenes… Tal vez no sea posible llorar en 3D, tal vez no estemos todavía preparados.

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.