Lágrimas no lloradas. En torno a Peter Handke y el premio

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“Cuando cayó la primera nieve nos empezamos a conocer mejor”
M. Crnjanski, Justicia para Serbia

Lo de menos son los escándalos sexuales que el año pasado salieron a la luz en la Academia Sueca. Los perdonaríamos, ya que al menos indicarían que estos señores son humanos y les queda todavía algo de sangre en las venas. Lo asombroso es la pretensión de mantener a nivel mundial “motivos estrictamente literarios” que cubran el planeta y seleccionen en él el canon literario de lo que vale y lo que no. Es esto lo aberrante, probablemente tan dañino como la legión de muertos que ha dejado tras sí la invención de la dinamita por el venerado ingeniero de armamento Alfred B. Nobel. El propio Handke, en una de las peores entrevistas que le recordamos (El País, 10/10), está casi genial ante la decena de periodistas que, después de años de ignorarlo e insultarlo, por fin le esperan en grupo: “No sé cómo celebrarlo”. Dice haber nacido culpable, pero al fin sentirse libre. Aunque durante un tiempo no lo será, ya no lo es ante la nube de preguntas estúpidas: ¿En qué va a gastar el dinero? “Vaya, esto no es muy sutil”, ironiza Handke. Enseguida se recupera: “¿Tras el Nobel? Hay que continuar como si nada. Es uno de mis motivos en la vida: hacer como si nada”. Cierto, pronto todo volverá a su cauce: el de la clandestinidad. Afortunadamente, igual que la historia no sabe lo que hace, los periodistas no tienen ninguna memoria (salvo cuando, con intenciones policiales, tiran de hemeroteca). Sobre todo para quien, como todos los clásicos, es un hombre de una sola idea que ha de extenderse en todos los campos posibles: novela, teatro, ensayo, cine o poesía. Y en varios idiomas, incluido el español. Todo demasiado complejo para hacer de ello crónicas fáciles, salvo que estén premiadas por un gran premio.

Llegado el caso puede ser patriota, nunca nacionalista: “No voto en ninguna parte. No es un problema”. A pesar de declararse austríaco, no francés, la rama eslovena es la que prevalece. “La emoción es la que decide, no solamente el pensamiento. Afortunadamente a veces nos liberamos de la razón”. Pero es sobre todo su rebelión instintiva contra el poder establecido, y su sentido pasional de la justicia, la que explica su postura sobre la guerra de los Balcanes. ¿Serbia? La polémica vino en parte por “la falsa imagen que se ha dado en algunos medios de mi libro”. Simplemente, al margen del maniqueísmo informativo, Handke (como Debray y algunos más) intentó ver los otros lados de la cuestión, incluso la sufriente humanidad de los malos oficiales, fuera de los ladridos de los perros profesionales de la guerra y de la película en B/N que se rodaba sobre nuestras cabezas. Por eso su editor estadounidense le confiesa: “Después de leer tu libro comprendo que lo que dicen sobre los Balcanes The New Yorker y The New York Times es pornografía”.

Acaso Handke es autor de una sola idea: ¿vencer al estruendo de la historia con el susurro de las hojas, con la nada de la revelación? Con este emblema tal vez Kafka se refería a una visión épica que se funde con la insignificancia cotidiana. Por ejemplo, la de pasear, recoger setas y cocinar; la de ver un partido de fútbol en el bar cercano a su refugio en Chaville, en las afueras de París. Vive aquí desde hace 30 años, rodeado de vecinos que, según su confesión, no saben muy bien a qué se dedica. Es posible que este apacible retiro se haya terminado y que durante un tiempo, como se quejaba Canetti, Handke sea perseguido por una notoriedad de pacotilla. Esto a pesar de que, hasta ahora, sus libros está llenos de cierto esplendor de una insignificancia que ama: “Veo moverse así las hojas. Se trata realmente de una sensación de eternidad, y cuando la experimento me olvido por completo de que existe una Historia”. Atendamos a este otro fragmento de Carta breve para un largo adiós: “Nunca me había sentido bien al bailar. El ademán logrado con el que se rechazaba el cambio que traía el camarero: entonces me sentía bien y casi ingrávido, como quizás les ocurría a los otros al bailar”. O bien este de La pérdida de la imagen, su poco conocido (y hasta ahora agotado) libro sobre Gredos: “Fue en los últimos años, no antes, cuando la región llegó a ser tan callada (a excepción de una de las horas de trabajo de la mañana y otra antes del descanso). Luego a veces reinaba algo así como un silencio de preguerra, o de posguerra”.

Confiesa que le apasionan, uno de los motivos de su reciente La gran caída, aquellos actores famosos que en su vida cotidiana son menos que invisibles. “Me he encontrado con muchos de ellos así, con los que puedes tomar un café sin ser molestado. Habita en ellos una enorme soledad, la soledad sin fondo del que encarna a otras vidas” (La Vanguardia, 21/12/2014). ¿El comunismo afectivo del escritor no es también éste: debido a pensar la soledad común en la vida de los otros no puede practicar esa furiosa selección permanente que apuntala una identidad social reconocible, por lo que se queda una y otra vez bastante solo? Todo el mundo le quiere, pero a distancia; nadie quiere convivir cerca de él. ¿Qué extraño personaje es éste, el escritor, un narrador que (como el antiguo brujo de la tribu) parece venir del mundo de los muertos? Otro maldito de la cultura oficial europea, Jünger, llegó a decir: “Tengo con mis muertos una relación tal como si todavía estuviesen vivos y con mis vivos una relación intensa, como si ya estuviesen muertos”. Quien mantiene este compromiso espectral con la médula de los días, a la fuerza ha de sentirse bastante solo en este mundo balcanizado, parcelado hasta niveles de autismo. Durante días el premio recibido agobiará a Handke en toda clase de reuniones vergonzosas. Al cabo de pocos meses le podremos volver a ver bebiendo solo en los bares cercanos a su refugio francés. Así es la fama, una de las peores prisiones para quien se la cree, pues continuamente tienta con la ilusión de que al fin tu singularidad es visible, reconocible.

En el fondo el periodismo, la publicidad y los premios representan la vana ilusión de que la Cultura y la Historia cubran la naturaleza, que ama esconderse, y nos protejan del sentido que solo puede venir a través de los accidentes. Todo volverá a su cauce, en esta soledad política de Handke, al cabo de unos meses de pequeño revuelo.

¿Tiene la novela en la cabeza antes de escribirla? “¡No! Tengo que ser sorprendido por mí mismo… escribo, paseo, me voy al bar del pueblo y ahí me vienen ideas, vuelvo a casa iluminado con nuevos meandros” (La Vanguardia). El de Handke, como en el caso de Pasolini o Baudrillard, es el oficio del afuera, aquello que para el buen ciudadano es un vago recuerdo de infancia. “No hacer nada a excepción de mirar y escuchar, incluso tal vez solo respirando” (Ensayo sobre el día logrado). Escribe así quien está tocado por una exterioridad terrena, no social, que siente también oculta en la carne del prójimo, por idiota que parezca. Para Erice, Weil, Handke o Foster Wallace los sentimientos humanos, no solo la naturaleza terrenal, también aman ocultarse. Por eso Handke, que abarca tantos géneros, dice no distinguir entre acción y observación. A diferencia de la narrativa estadounidense, la acción debe ir acompañada de una especie de ensoñación. Una concentración rítmica, dice: “Concentrarte te abre el mundo”.

Sin duda, estamos ante un hombre tímido que se sintió obligado a gritar. “Sigo siendo insolente, me expreso a través de la cólera”. La de él es una sensibilidad que hace insoportables las injusticias, incluso la de vivir, y esto se convierte en el motor de una creación que es ante todo un modo de sobrevivir a la crueldad diaria. Algunas almas sencillas no soportan la cárcel de la vida moderna: escriben para no enloquecer, para no matar o no matarse. Walser, Joyce, tal vez Valle eran así. Desde luego, Lispector. Recuerden aquella respuesta de Rilke a un joven que le pregunta por la calidad de sus poemas: “Pregúntese si podría vivir sin ellos”. Eso es todo: se debe escribir cuando no se pueda evitar, porque hay que darle forma (la de un limbo respirable) el volcán que se vive a diario. Leamos Desgracia impeorable, la crónica minuciosa de la vida y muerte de su madre suicida. ¿Usted es pacifista? “No sé. Nada hay más precioso que la paz, pero la paz no existe… Hace falta una purificación y lo trágico es que la purificación llegue a través de la guerra”. Y si no es la guerra es el odio, la enfermedad o la tristeza. Lo trágico, aunque no tome una forma espectacular, nos limpia de adherencias, nos permite entrar en una zona libre de Historia e Información, donde la vida elemental es otra vez posible, permitiendo sentir y pensar de manera libre. De ahí esa simpatía de Handke por la gente sencilla, que ama y vive de su humilde trabajo en una Europa profunda que, por conservadora que sea, no es para él fascista.

Es como si el escritor, volviendo una y otra vez a una soledad inconfesable y sin testigos, realizase una secreta transfusión de sangre en la penumbra, en una tierra más profunda que todas sus leyes e inmune a cualquier cambio climático. A partir de ahí es posible enfrentarse otra vez a la crudeza del día. ¿Virginidad a través de la prostitución? ¿Beatitud por corrupción? Es una leyenda, como la del santo bebedor, que no habría que descartar. En todo caso, puede darse en Handke una alianza secreta de melancolía y lujuria que solo pertenece a unos pocos, los elegidos por las afueras.

Lo que es seguro en Handke es una mística de la inmediatez, a la vez fulgurante y escandalosamente lenta. Todo lo contrario, en pocas palabras, de nuestra mitología de lo instantáneo, estas tecnologías portátiles que deben desactivar al segundo el peso enigmático del tiempo. Handke vive de ese enigma, de lo que los otros (y tal vez él mismo) no saben de sí. De ahí esta teología de lo ordinario presente en cualquiera de sus obras, una percepción y una memoria puntillistas, casi extrasensoriales. Una atención que casi no es de este mundo y, desde luego, hace la vida muy difícil: “Bostezó largamente, y yo miré su pálida boca abierta y la lengua que temblaba contra el paladar” (Carta breve para un largo adiós).

Nunca artificioso, aunque no se entienda nada. Siempre pegado a una experiencia terrenal que hoy nos resulta difícil. Tanto es así que se podría decir, paradójicamente, que Handke el escritor desconfía de la palabra, como una vez escuchamos en un momento memorable de Boyhood. Otra vez en su Carta breve leemos: “Casi nunca soñamos ya… Y si lo hacemos se nos olvida. Como hablamos de todo no nos queda nada para soñar”. Para pensar es fundamental conseguir en momentos cruciales no pensar, “Salir de la jaula giratoria de los pensamientos, callar”. De otro modo, con tantas imágenes y noticias que nos envuelven durante el día, “por la tarde nos convertimos en extranjeros, pues se han acumulado demasiadas cosas”. Necesitamos así medicación hasta para dormir. El reposo y la contemplación, precisamente porque cada momento de detención es un descubrimiento, es hoy lo que más cuesta. Volver a tener fe en lo visible es lo más difícil para nuestra doctrina de la velocidad, un estrés que nos protege al minuto del susurro del tiempo. “¿Trabajo o amor? A trabajar, para volver a encontrar el amor”, leemos en el ensayo sobre el día logrado. Pero lograr el día es dejar que descanse en su noche, y eso es hoy para nosotros poco menos que imposible.

“Al final ocurre incluso que no ocurre nada. En el día logrado no habrá ninguna costumbre, desaparecerá toda opinión, estaré sorprendido por él, por ti, por mí mismo”. El manido comunismo del fin de la historia no es el resultado final de un proceso grandioso que una vanguardia histórica dirige, sino el resultado común y secreto de entrar en las entrañas de un día cualquiera. En ausencia de tal metamorfosis, hablando del caso trágico de su propia madre, Handke da esta versión de nuestro nihilismo sin suelo: “Hoy era ayer; ayer era como siempre. Un día más. Otra semana que se ha ido, un hermoso año nuevo. ¿Qué hay mañana para comer? ¿Ha venido ya el cartero? ¿Qué has hecho todo el día en casa?”. El remedio a esta neurosis, que camina hacia la psicosis, podría ser algo así como cierta serenidad que mira de frente al abismo, aunque en este caso no pudo llegar: “Lograr el día habitado solamente. Habitar; estar sentado, leer, levantar la vista, resplandecer de inutilidad”.

Queda para muy pocos la angustia que se siente cuando todo funciona y nadie la siente. En medio de nuestro páramo diario Handke se confiesa un hombre básicamente intuitivo. Casi diríamos, portador de una religión intuitiva que no necesita otra trascendencia que la de la materia sensible: “Se encuentra con alguien de repente y conoce toda su historia”. Se precipita entonces un aluvión de datos repentinos: “Lo miras y piensas de repente en su mujer muerta… ¿A usted no le pasa nunca?” (pregunta al periodista). Bueno: el periodista, naturalmente, no llama a los loqueros porque se encuentra ante una figura de fama mundial, ya mucho antes de este dudoso premio. Al genio se le perdona la locura, la de tomar en serio lo que para el buen ciudadano no existe, al fin y al cabo está desactivado en la hornacina de la excepción. ¿Es este el fin de la industria editorial y la ronda interminable de bestsellers, se pregunta uno como gallego paranoico? ¿Convertir en excepcional lo que en realidad es el suelo escondido de la humanidad? Señor, no envíes todo lo que podemos soportar.

Sin necesidad de extenderse, Handke parece tener muy claro el concepto de banalidad del mal. Recuerda que hablamos continuamente de solidaridad con el tercer o cuarto mundo, pero que jamás empatizamos con los que tenemos al lado, a los que ni siquiera vemos. El de al lado hace lo que puede, pero “el mal que no es pretendido puede hacer más daño que el que se ha buscado conscientemente, porque frente a éste podemos pelear. Pero ante el mal que genera la inocencia no tenemos armas”. Contra la espontaneidad de un terror inmanente no hay revuelta posible. Ingeniero de nuestra guerra silenciosa, Handke dirige día a día (sin que sus vecinos sepan nada) una pyme de lo inmediato: “Pienso en mi hermano carpintero, que no ha triunfado en la vida y tiene una existencia muy dura. ¿Por qué él y no yo?”. ¿Trascendencia? Le viene ancha esta palabra, tópica hasta en el periodismo. Hambre de comida, de mujer y de espíritu, dice el autor de ese Ensayo sobre el cansancio tan bien usado por el coreano Byung Chul-Han. Religión intuitiva, repetimos, que le ahorra a Handke la necesidad de cualquier doctrina. ¿Tiene el agua doctrina? Simplemente, corre con la gravedad. Posiblemente de Kafka a Zambrano, de Ligeti a Guerín, existe en cada creador un niño que siempre espera al final, a la manera de una sabiduría que linda con la necedad.

¿Niños? “Escribir y ser padre es lo mismo”, leemos en una reciente entrevista. ¿Hacerse padre es adoptar, abrazar, querer cualquier criatura o sentimiento que se te cruce? “No basta con juntar letras para ser escritor”. Es de suponer que Handke, sin citarlo, se refiere a una vieja medicina que era obsesión del psicólogo Nietzsche: desactivar el mal abrazándolo. Al fin y al cabo, una tontería, un error vivido en la verdad de su eterno retorno ya no es la misma tontería, el mismo error. Una y otra vez, es como si el dios de Handke solo fuese la ternura escondida del mismísimo diablo. Lograr el día es dejar que en mitad de la mañana advenga el corazón caliente de la noche.

El sistema del sufrimiento crea el sistema del pensamiento. ¿Lágrimas no lloradas? “Son una especie de Niágara interior, que no se escucha desde fuera”. Quien no se protege en la identidad normalizada (trabajo, casa, familia, amigos, aficiones) solo puede encontrar en el dolor su oficio y su escuela. El dolor es la única brújula del afuera. De ahí una comunión casi mística con la vida de cualquier cosa, con tal de que viva: “Caía una fina lluvia, en forma de husos, como si ella misma se alegrara del acontecimiento”.

Como dice Handke en el Ensayo sobre el día logrado, “a la nada de nuestros días se trataba ahora de hacerla fructificar”. Las pocas hojas que quedaban en los árboles temblaban al viento que empujaba la niebla. Es preciso, y él tiene algo de estoico, conformarse con la condición mortal, con una muerte que “nunca estropeó el juego del día”. Handke comenta que el cansancio, común a niños, extranjeros, idiotas y animales, nos hace porosos a la epopeya de los seres en los que habitualmente no reparamos. De algún modo, aunque sea tortuoso, el cansancio rejuvenece, nos da una juventud que nunca hemos tenido. Nos permite lo que Heidegger, otro maldito, llamaba un mirar escuchando. “Escuchando bien un sonido se nos revela la tonalidad de todo el viaje del día”. Se mira desde el parpadeo (Augenblick). De ahí que si falta esa sombra, ya no se mire, se reconoce el entorno industrial o militarmente, desde un observatorio. La primera víctima de nuestra guerra civil larvada es la percepción. Tal vez con este retiro al ensimismamiento, esta depresión sonriente que ha producido en nosotros la interactividad, se refiera este fragmento de Handke: “recordar a todo el mundo el cansancio más propio, el cansancio que narra”. ¿El cansancio adivina? El cansancio proyecta en el otro, aunque yo no sepa nada de él, su historia. Handke se pregunta, tal vez pensando en el Ulises de Joyce, que él no ama: “¿Tendrá algo que ver con nuestra época, que es una época especial, el hecho de que un solo día pueda convertirse en tema o proyecto? En la apoteosis de la Historia lo nimio adquiere tintes épicos. Pasear, demorar la mirada y el oído en un ocio despreocupado, fundido con el magma sonoro del mundo. “Gracias a mi cansancio, el mundo se liberaba de sus nombres y se hacía grande”.

¿Estamos hablando de un hombre de quien se podría decir, con palabras del mismo Handke, que sus muertos le pasaban la mano por la frente? Es posible que el cansancio pasoliniano sea más próximo al de Handke que la melancolía inactiva de Pessoa: “el cansancio daba paso a un agotamiento en el que al fin uno volvía a coger aire y podía pensar”. Se esboza así un limbo en medio del infierno de lo igual que es nuestro simulacro de opulencia. Un limbo que rescata no solo a los otros, la masa de desheredados anónimos, sino también al humano mutante que agoniza de bienestar, sedado por el confort. Si no se da esa metamorfosis, un paso del horror solipsista a una tierra común, estamos otra vez ante una tragedia sin símbolos ni palabras, eso que la expresión desgracia impeorable (a pesar de los esfuerzos del adorable Eustaquio Barjau) traduce mal al castellano.

Handke habla de los días de una madre empujada poco a poco a ese tormento sin visiones, a una muda “trinidad formada por amanecer, susurros y peligro”. El homenaje de Sebald a Walser termina con estas palabras de Nabokov: “el pequeño solitario, al que yo envidiaba a pesar de su horrible destino, se va alejando, solo, hacia un abismo de estrellas y nieve”. Aunque tal vez Sebald, conmovido por esa vida que apenas puede estar rota, ya que se parece a la polvareda de la ceniza, olvida que, asombrosamente, desde esa ausencia de la más mínima normalidad ciudadana, un ser humano que logra esa inversión de la tragedia desde dentro es quien despliega un retablo de casi todas las mutaciones del alma contemporánea. Y no de la periferia, como dicen los rancios sabios de la Academia sueca, sino de su mismo centro.

Vivo de aquello que los otros no saben de mí, insiste el escritor que siente “apego” por Castilla, esa tierra que está a mil metros sobre el mar y vacía. Se podría decir que vivimos incluso de lo que no sabemos de nosotros mismos. La muerte no es tanto un instante terminal del futuro indeterminado cuanto algo indeterminable, y no elegido, de un pasado germinal que permanece. Vibrando aquí, ahora. En esos momentos no pasa el tiempo, se cumple. Se trata de un instante de dialéctica inmóvil, concentrada en una alianza de rapidez y lentitud. Una detención que es a la vez un descubrimiento, pues esa parada nos asoma a un lugar sin tiempo donde se cuelan ecos de otras épocas donde lo muerto regresa. Pionero de sí mismo, colono de una vida que no tiene bordes, no es extraño que a veces un hombre como él parezca muy cansado, casi ausente. Veremos cómo sobrelleva los días ceremoniales que le esperan. No es de descartar el milagro. Por ejemplo, el que encarna un Leonard Cohen recogiendo el Príncipe de Asturias ante los Reyes y hablando sin pudor del personaje de su vida, un guitarrista español que le enseñó en Canadá sus primeros acordes, antes de suicidarse sin que su último alumno pudiera conocerlo.

Resumiendo. ¿Vencer la inevitable contaminación de vivir zambulléndose en la contaminación, abrazando el mal, extrayendo de él un signo? Parece obvio que bajo una moral eco-feminista, bajo esta cultura anémica de relaciones 0/0, y amigos zero, sin ninguna sustancia tóxica que pueda dañarnos, Handke representa una humanidad que debería extinguirse en las nuevas Siberias del ostracismo digital. El estalinismo democrático ha vencido al otro, que era demasiado torpe. Entendemos el premio Nobel no como un gesto de valentía, sino como una orgullosa sobrepotencia del Occidente posmoderno, con su voluntad de lograr que toda vida pase a la Historia. ¿Quién ha dicho que el gran relato ha muerto? Redoblado en versiones microfísicas, pervive en la inteligencia alternativa del sistema.

Envidias aparte, no hay ningún problema en el éxito, palabra además tremendamente ambigua. ¿Qué es el éxito? Gore Vidal reconocía, en la cumbre de su fama, que muy pocas personas (con frecuencia anónimas) le dijeron algo de sus obras. Cartas a un joven poeta es un libro traducido a muchas lenguas y, sin embargo, muy poca gente lo ha leído, menos todavía entendido. Así como El Quijote y El Principito, fenómenos mundiales y a la vez objetos de mil controversias. Speak daggers and use none (Hamlet): de algún modo el arte y la literatura expresan a gritos aquello que el ser humano solo confiesa en voz baja, desde sus horas más secretas. Es comprensible una masiva expectación mundana ante la palabra de verdad del vagabundo, durante y antes de la Edad Media. Vibra en la literatura la leyenda de un subsuelo de la especie que resiste cualquier aplauso y la trampa del éxito más idiota. Jünger recordaba que la canción que mañana entonarán millones ha sido compuesta en la buhardilla más humilde, a veces cuando su autor ya ha muerto de asco. Así es el mundo y Handke nos lo recuerda en cada línea. ¿De verdad es esto lo que han premiado las autoridades nórdicas?

Salvando distancias con Lispector y otros nombres, lo sagrado parece ser en Handke el calor, la humanidad escondida en el poder de lo diabólico. Como si el mal fuera el ser más necesitado de nuestras preces. No hay nada, por inhumano que sea, que este escritor nos ahorre. Ahora bien, ¿qué diablos pinta tal despliegue heroico de coraje ante un pretendido reconocimiento mundial? Y además, en la radiante sociedad del conocimiento. ¿Qué pueden entender de las memorias del subsuelo unos señores que, por mucho que hayan perseguido a las jovencitas becarias de la Academia, nunca han salido de una moqueta climatizada? Nada. Pero al premiar por fin a Handke, perdonándole la vida y sus pecados civiles, se premian a sí mismos. Viendo en él la exploración periférica (sic) de la condición humana, el poder público se presenta a sí mismo atento a los rincones más pequeños del orbe. Difícilmente se puede imaginar un juego más perverso. Y a la vez inocente, hay que decirlo, con lo que no hay nada que objetar ni nadie a quien apelar. Handke saldrá incólume, por algo lleva una larga temporada en el infierno. Y las señoras y señores que creen conocer el seísmo de la creación humana y literaria jamás reconocerán esto. De hacerlo, además, lo harán en el desesperanto de unas altas horas de la madrugada que tienen pocos y escogidos testigos.

Es posible que Handke, cuando habló como lector (“habría que suprimir el Nobel porque es una falsa canonización”), tuviese bastante razón. Es posible también que el inventor de la dinamita haya logrado efectos más destructivos en el campo de la literatura (y hasta la ciencia) que en un terreno militar donde cosechó bastantes muertos. Pero es un debate inútil. Si no fuese el Nobel, sería otro nombre: la humanidad necesita Juegos Olímpicos. Como en el Día del Niño, el de la Bicicleta o el del Indígena, el premio Nobel de Literatura es una excelente ocasión para que una constelación de mediocres que no tienen nada que aportar vuelvan a hablar de sí mismos.

¿Quién es Olga Tokarczuk, que Handke confiesa no conocer? Repasemos la lista de los premiados. No es solo que innumerables nombres imprescindibles hayan quedado fuera del Olimpo oficial. Vista la medianía de nombres celebrados, que poco después no serán nada (probablemente la misma respetable señora que ahora acompaña a Handke), es casi asombroso que alguien que deba durar en el corazón de la humanidad, sea Canetti o Coetzee, haya sido reconocido. La idea misma de un Nobel de literatura es, bien mirado, ridícula. Hasta para la ciencia puntera, la que se cría en la clandestinidad, debe ser un premio dudoso. Aunque las nobles almas de la academia sueca no hubieran cometido omisiones miserables, se mantendría una seria objeción. ¿Cómo va a haber un reconocimiento institucional y público de lo literariamente importante (y además, año tras año) en aquello que ha nacido precisamente de la zozobra humana, al margen de la publicidad ciega de las instituciones? La idea misma es perversa. ¿Puede haber una pantalla mundial para la soledad, tiene ésta derecho a pedir el reconocimiento de un metalenguaje imperial? La escritura se alimenta de lo inmundo del mundo, como ocurre en Weil o Lispector, en Joyce o Beckett. Pues bien, ¿cómo la luz pública del mundo va a celebrar lo inmundo? Estamos en el terreno, aunque sonría democráticamente, de los delirios totalitarios. La pulcritud policial con la que los académicos suecos discriminan quién es o no merecedor del premio, en función ante todo de su currículo civil, no hace más que confirmar una voluntad política profundamente anti-literaria.

Además, al margen de su valía y sus intenciones, cada autor premiado refuerza el canon que empujará a la desesperación a nuevos creadores que quieren decir algo distinto. Sin ninguna acritud, imaginemos el cine español que el éxito masivo de Almodóvar logró tapar. Pero todo esto en verdad no importa. Handke sigue ahí para recordarnos que, mientras la vida sea mortal, todos sus enemigos históricos son muñecos con los que debe jugar.

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Ignacio Castro Rey
Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

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