Las amarguras viejas

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Siempre dudaste de que se pudiera hacer con ellas blanca cera y dulce miel. ¿O quizá era solo un sueño?

Tenían una presencia correosa, incansable a la erosión. Creías que se habían ido, pero reaparecían por sorpresa: te asaltaban por la espalda. Pensabas de nuevo en la tristeza de que tu padre no hubiera conocido a tus hijos, o la de que tus hijos no hubieran conocido a su abuelo, y te sentías como el eslabón de una cadena rota. O te acordabas de las traiciones a los amigos. (Y de las que los amigos te hicieron sufrir). En el recuerdo afloraba otras veces de improviso la imagen de los peores adioses, los que no pudieron ser.

Pero no vas a decirlas ahora todas aquí. Está bien, piensas, que se queden en penumbra. Y paladeas a solas el amargor. Son apenas unas gotas, no vas a exagerar. Ese gusto en la lengua que te hace esbozar una ligera mueca, fruncir un segundo las comisuras de la boca. Una sensación fugaz que no deja poso, o eso quieres creer. (Tal vez el gesto vaya marcándose en la cara, poniendo en la mirada un velo turbio).

En tu sueño tenías, igual que el poeta, una colmena dentro del corazón. “Y las doradas abejas / iban fabricando en él, / con las amarguras viejas, / blanca cera y dulce miel”. Pero siempre dudaste. ¿Tan lento va el proceso o será que no funciona? Te asomas a la colmena y ahí siguen, al parecer intactas. Sobre todo en días en los que se apoderan de ti tus demonios íntimos, y piensas que nada sería capaz de devolverte la alegría. Aunque bebiste muchas veces del “manantial de nueva vida”, y sabes que bastarán las risas de unos niños, el perfil desnudo de una montaña o una palabra bien dicha, para que te olvides por un momento de las amarguras viejas.

¿Y con las nuevas qué harás? ¿Tendrás la paciencia necesaria para verlas envejecer? ¿Para que luego, en la oscuridad de la colmena, las abejas doradas del paso del tiempo hagan con ellas su obra de luz y dulzor? No sabes si esperarás. Quizá lo mejor sería bebértelas como un café caliente, que al amargar también reconforta. Pero es martes por la mañana, el día está oscuro, y llueve, y tienes ganas de no pensar en ti mismo, de volver a dormirte y olvidarte del mundo. Al fin y al cabo, ¿qué hay en él? Maldad, estupidez, feísmo, incomprensión…

Y no habrá más remedio: tendrás que volver a creer, en silencio entregarte a la espera. Las derrotas de ayer y de hoy, el recuerdo de tu padre llorando en el salón de casa, ser consciente de todos tus límites o saber que ella no volverá a darte la mano. Tendrás que armarte de paciencia, sí. Cerrarás los ojos e invocarás al sueño, confiando en la tarea callada de las abejas de oro y en la alquimia del corazón.

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Víctor Colden
Persistente prosista, Víctor Colden es autor de unas crónicas sobre el español agrupadas en "Cuaderno de lengua" (2001-2005), del relato "Veinticinco de hace veinticinco" (2013) y de la novela "Inventario del paraíso" (Libros Canto y Cuento, 2019). También del libro inédito “Gazeta de la melancolía”, del que ha adelantado en esta bitácora una selección de textos. Habla en ellos el autor... de la vida. Es decir, de la niebla y de los ríos; de la memoria y la belleza; de los amigos que se fueron, los libros queridos y los discos de antes; de las amarguras viejas y la felicidad.

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