Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (Jaroslav Hasek) y las enfermedades autoinfligidas

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—Conozco a un deshollinador de Brewnow que por diez coronas te pone una fiebre que saltas por la ventana —observó otro paciente.

—Esto no es nada —dijo otro—. En Wrschowitz hay una comadrona que por veinte coronas te disloca la pierna tan bien que te quedas inválido para toda la vida.

—A mí me han dislocado la pierna por cinco coronas —dejó oír una voz desde una cama que había junto a la ventana.

—A mí mi enfermedad ya me ha costado más de doscientas —explicó su vecino—. Decidme el veneno que queráis, no encontraréis ninguno que todavía no haya tomado. Soy un almacén de veneno vivo. He bebido sublimado, he respirado vapores de mercurio, he masticado arsénico, he fumado opio, he bebido tintura de yodo, me he echado morfina al pan, he tragado estricnina, he bebido una mezcla fosforosa de azufre y ácido sulfuroso. Me he arruinado el hígado, los pulmones, los riñones, la bilis, el seso, el corazón, los intestinos. Nadie sabe qué enfermedad padezco.

—Lo mejor es inyectarse petróleo en el brazo, debajo de la piel —afirmó alguien desde la puerta—. Mi primo tuvo tanta suerte que le cortaron el brazo hasta el codo y hoy no tiene que preocuparse por el servicio.

Así como El verdugo, de Berlanga, es el mayor alegato posible contra la pena de muerte, este libro ejerce el mismo papel como artefacto antibelicista. Bien pensado, pena de muerte y guerra son variaciones sobre un mismo tema, cuando no directamente la misma cosa.

Todos estos pobres soldados intentando enfermar para escaquearse de la guerra me recuerdan a algo que me contó mi hermano cuando fue al hospital militar de Sevilla a hacerse las pruebas de la alergia, para ver si evitaba hacer la mili. Allí reunieron a una leva de alérgicos sevillanos y los pusieron a correr alrededor del hospital. En cuanto giraban la primera esquina cogían todas las plantas que se encontraban, las arrancaban y se las restregaban por la cara, el cuello y los brazos.

Mi misma madre tenía una carpetita en la que registraba toda la documentación médica que acreditaba mis variadas taras físicas y mentales. Finalmente no hubo necesidad de recurrir al dossier médico porque con las prórrogas por estudios conseguí llegar hasta la fecha de desaparición de la mili. Mi hermano, que pasó la prueba de la alergia (es decir, que no la pasó) y yo carecemos pues de esa experiencia que debía ser el servicio militar y arrastramos esa limitación como podemos.

Pudiera pensarse, no sin razón, que la coartada científica de la entrada de esta semana está cogida con alfileres, en tenguerengue. Será una licencia que nos permitiremos siempre que la calidad del libro justifique forzar su presencia, como es el caso que nos ocupa

 

 

 

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