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Mientras tantoLas babas de Leviatán

Las babas de Leviatán


De su boca salen hachones de fuego; centellas de fuego proceden. De sus narices sale humo, como de una olla o caldero que hierve. Su aliento enciende los carbones, y de su boca sale llama.

Job 41:19-22

En la madrugada del 3 de diciembre de 1992, el petrolero Mar Egeo, de 114.000 toneladas y 261 metros de eslora, construido en los astilleros de Hiroshima, embarrancó y se partió en dos a los pies de la torre de Hércules de Coruña. Luego, a las 10 de la mañana, en medio de las labores de salvamento, se produjo en la nave una violenta explosión; el barco comenzó a arder y el personal que quedaba a bordo hubo de saltar al agua. En ese momento, el viento era del SW fuerza 8-9 con olas de 5 m. Durante las siguientes 24 horas un feroz incendio, avivado por el viento, consumió los restos del buque y unas 50.000 toneladas de petróleo. Una inmensa nube de humo procedente del barco cubrió entonces durante horas el cielo de la ciudad.

La catástrofe – escribió Maurice Blanchot en La escritura del desastre – es el enigma que perturba el orden y zanja toda cavilación acerca del ser. Constituye la excepción de lo extraordinario, la puesta fuera de fenómeno, fuera de experiencia.

Se pregunta también Blanchot si puede ser interrogado el desastre: ”¿Dónde encontrar el lenguaje en el que respuesta, pregunta, afirmación, negación intervengan quizás, aunque carezcan de efecto? ¿Dónde está el decir que escapa a toda marca, tanto la de la predicción como la de la prohibición?”

Puede que, en efecto, el desastre sea lo que se sustrae a cualquier posibilidad de experiencia, y que, como tal, constituya el límite de toda escritura; pero, precisamente por ello, no podemos dejar de intentar decirlo, al hilo de algunas reflexiones del propio Blanchot y a partir de unas cuantas imágenes – verdaderamente imborrables – de este siniestro.

 

 

El estallido. La salvaje soberanía de lo accidental: la irrupción del afuera.

El estremecimiento de la ruptura es una de las formas del desastre, al decir de Maurice Blanchot.

Solo queda encomendarse al desasosiego, la espera del no-poder e interrogar a la impotencia, al imposible, precisamente en la proximidad del desastre, la negación masiva.

Seguimos a Blanchot: “esa proximidad se convierte en la obsesión que me daña, pesa sobre mí, me separa de mí, como si la separación (que media la trascendencia de mí al Otro) llevase a cabo su obra en mí mismo, quitándome la identidad, abandonándome a una pasividad sin iniciativa y sin presente. Y, entonces, el Otro se convierte más bien en el Presionador, el Supereminente, incluso el Perseguidor, aquel que me agobia, me abruma, me deshace”. (La escritura del desastre)

 

El monstruo rondando la torre: la gran mancha injuriosa. Como insulto proferido a una beldad altiva, pero inerte, impotente: pasiva. Una Andrómeda fijada a la roca. La bella y la bestia. Babas de Leviatán.

Opacidad maléfica tratando de suprimir toda presencia, cualquier fenómeno que no sea su propia negrura informe, incesante, obstinada en su procura de la perpetuación de la sombra. Siempre el duelo inmemorial de luz y tinieblas.

Ciudad completamente expuesta al riesgo, al negro embrujo. Violencia extrema: lo ilimitado del desastre, aquello de lo que no se protege ningún presente.

Más bien la más exigente, la absoluta presencia que hace que todo tiemble y que todo se invierta.

La amenaza frente a toda individualidad.

El desorden que arrasa con toda ley, saber o programa, como antaño lo hicieron viejas enfermedades colectivas: la peste, la lepra, la muerte negra. Locura. Lo que nos excede de todas las maneras.

El desastre es la aproximación de la locura inevitable que nos obliga a acoger lo que nos sobrepasa y destruye.

Privado de cielo, lleno de la ausencia de mundo.

Resplandor de lo negativo: gloria del desastre.

Lo oscuro de la vida, ese más allá de la vida, sin vida, sin ser.

Vientos de abismo circundan el faro, la torre: emblema de lo propio y del orden, de la regularidad y la estabilidad: luz de lo común, de la vigilia en nosotros y el lugar, de repente expuesto al afuera, al que no puede acoger. “El afuera siempre nos ha afectado a la cabeza, por ser aquello que se precipita.” Blanchot

El asedio, y un exceso de ser que vela sobre la urbe.

La inminencia, la intensidad explosiva del fenómeno. La absorbente energía de desaparecer en grandiosa consumición.

La vida, pues, sobrepasada. Y toda la vecindad sin abrigo, desamparada.

Ciudad excedida, trastorno absoluto: desastrosa pesadez, siempre en suspenso. Bajo la vigilancia del desastre que destruye toda libertad, cualquier responsabilidad o consentimiento.

Lo Otro – lo exterior a mí – que gravita sobre todos con la determinación flotante de la muerte. Con una presión que nos persigue atormentando.

Un animal pasea solo sobre las arenas. Signo del desfallecimiento, la indigencia indiferente. Tras la efervescencia ha llegado acaso la calma infinita: lo que no se encarna ni se torna inteligible.

Cuando lo negativo ya se ha cumplido, se abre un tiempo después de los hombres.

Como en un conocido fotograma del film Stalker, de Andrei Tarkovski, he aquí un vivir suspenso entre la supervivencia y la devastación, en retirada y en la asunción del agotamiento: des- interesado, extenuado hasta la calma, no esperando ya nada.

Blanchot: “ahí donde la pasividad me torna inoperante y me destruye, al mismo tiempo estoy obligado a una responsabilidad que no solo me excede sino que no puedo ejercer, puesto que no puedo nada y no existo ya como yo.”

“Soledad que resplandece, vacío del cielo, muerte diferida: desastre.”

Esta es una escena en cierto modo de sacrificio. «Solo ha llegado al fondo de sí mismo y ha reconocido la profundidad de la vida aquel que un día ha abandonado todo y ha sido abandonado por todo, aquel para el que todo se ha hundido y que se ha visto solo con el infinito: es un gran paso que Platón ha comparado con la muerte» (Schelling, citado por Heidegger).

La subjetividad como exposición exhausta: “acusada y perseguida, en cuanto sensibilidad abandonada a la diferencia, cae a su vez fuera del ser, significa el más allá del ser, en el don mismo —la donación de signo— que su sacrificio desmedido entrega al otro”. (La escritura del desastre)

Inercia, vacancia, inmovilidad de ciertos estados  que lindan con la psicosis, con el penar de la pasión, la obediencia servil, la receptividad nocturna que la espera mística supone, el despojamiento, el arrancarse a sí mismo de sí, el desapego, la vela sin objeto, o bien la caída (sin iniciativa ni consentimiento) fuera de sí. Todas estas situaciones – que están en el límite de lo cognoscible, nos avisa Blanchot – designan una cara oculta de la humanidad, casi no nos hablan de lo que tratamos de comprender al dejar que se pronuncie esta palabra oscura: pasividad.

Y también: “ahí donde la pasividad me torna inoperante y me destruye, al mismo tiempo estoy obligado a una responsabilidad que no solo me excede sino que no puedo ejercer, puesto que no puedo nada y no existo ya como yo.”

Tan solo queda la aspiración, quizás, a la inocencia. Hegel: «Inocencia solamente es el no-hacer (la ausencia de operación)».

Un niño de espaldas con una pelota y otro que llega en bicicleta al cara a cara con lo desconocido. En la otra orilla del Aqueronte la humanidad inocente espera su turno.

De repente, lo inesperado, la catástrofe que todo lo anula o paraliza.

El momento del juego, la infancia, que se abre a la inminencia de la destrucción.

Juego que ahora está más allá del juego, que interrumpe todo juego sin que podamos esquivarlo.

Pero, al tiempo, lo que no se puede acoger. Y el Yo entonces aprende: se vuelve un yo que sabe, y que sabe desde ahora que está expuesto a lo Otro adverso, a una Omni-Potencia mortífera.

Infancia con balón y bicicleta y el desastre se reúnen en un mismo tiempo: se han vuelto contemporáneos.

Suponed un niño — sugiere Blanchot – : tiene siete años, ocho años quizá. Está mirando a través del cristal de una ventana. Lo que ve es el jardín, los árboles de invierno, el muro de una casa. Mientras ve su espacio de juego, el hastío lo embarga y lentamente levanta la mirada hacia el cielo ordinario, con las nubes, la luz gris, el día apagado y sin lontananza. “Lo que pasa después: el cielo, el mismo cielo, de repente abierto, absolutamente negro y absolutamente vacío, revelando (como a través del cristal roto) una ausencia tal que todo está ahí desde siempre y para siempre perdido, hasta el punto de que ahí se afirma y se disipa el saber vertiginoso de que nada es lo que hay y en primer lugar nada más allá. Lo inesperado de esta escena (su rasgo interminable) es el sentimiento de dicha que enseguida invade al niño, la alegría asoladora de la que solo podrá dar testimonio con sus lágrimas, un río de lágrimas sin fin. Pensamos que es una tristeza de niño, intentamos consolarlo. Él no dice nada. Vivirá en adelante en el secreto. Ya no llorará.” (La escritura del desastre)

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