Las consecuencias (1)

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De nuevo la angustia se apoderó de mí y mi otro yo me empujaba a sumergirme en el mundo de los sueños. Me resistía por temor a revivir la pesadilla taurina que acababa de terminar hacía unas horas en la plaza de Las Ventas madrileña con la muerte de las tres ratas toreadas. Yo sabía que mi realidad presente, no la que marcaba mi gobernante, sino la que me acompañaba día y noche mi amigo el mar era el mejor antídoto para superar la pandemia.

Me comprometí a hacer vida normal y mantener la disciplina diaria: higiene corporal, gimnasia, paseos, lecturas, almuerzos frecuentes con mis amistades, oír la radio, aunque fuera la progubernamental, que a veces me avergonzaba por el dogma que impartía con su habitual sutileza hipócrita, así como un moderado consumo de tele a la espera de que los cines reabrieran en mi ciudad accidental.

Me debatía si era bueno para mi salud mental continuar con la escritura. Tal vez no, ¿pero qué otro remedio tenía entonces para recomponer mi equilibrio? «Siempre que no exagere, siga con ello», me recomendó con esa frase lapidaria de púlpito McFarlane, cuando le llamé ayer en la tarde por videoconferencia a su gabinete psicoanalítico de Kingston. No tuvimos una larga conversación, porque, dijo, estaba viendo un vídeo del último concierto en vida de Bob Marley. «Cuídese, Mr Bosco. Y si necesita de mí ya sabe dónde encontrarme», concluyó. Qué frase tan vacua y tan formal, pensé. ¿Y si estoy muriéndome, qué hago: le llamo al móvil y le anuncio: Joseph-Marie, estoy en plena agonía. Temo que no nos veremos más?

Me di cuenta de que mi problema no era la escritura, lo que en sí siempre me había agradado y sentido como una liberación y una tabla de salvación. El nudo gordiano estaba más bien en el descanso nocturno. Tan pronto como caía en el sopor a través de la química del farmobar, mi subconsciente emprendía el galope y la fantasía se desmandaba. ¿Qué mal había en ello?, me pregunté. Practicar a diario la imaginación no puede ser dañina. Al contrario, me sirve para mantener vivas las neuronas y volcar lo soñado en el ordenador cuando retorno a la normalidad.

Sin embargo, ese razonamiento no me tranquilizaba del todo. Había leído y desde luego sentido que la desaparición de un ser querido causaba estragos en quienes lo amaban. Al principio el quebranto por la pérdida se traducía en un enorme dolor, en un vacío terrible, cuya intensidad dependía de la sensibilidad individual. Y más tarde a esa etapa le sucedía la del duelo, que podía durar lo que cada uno estuviera dispuesto a soportar y la voluntad de superar la ausencia afrontando nuevas emociones.

Concluí que lo más juicioso era rebuscar en la farmoteca particular algún producto estimulante que me mantuviera en vigilia, lejos de la cama, que a todos los efectos era un medio dañino para mi salud mental. Por cierto, entre las curiosas estupideces que había escuchado en las últimas veinticuatro horas fue la de una guía sexual elaborada, creo, por las autoridades sanitarias neoyorquinas en la que entre otras recomendaciones sugería practicar sexo con mascarilla. Estos norteamericanos son únicos, ya sea para lo mejor que para lo peor, pensé.

Tomé el fármaco cuyo nombre me es imposible recordar, al menos para mi mermada memoria, con un buen vaso de agua fría. Me vestí, me puse los cascos para escuchar jazz, me ajusté la mascarilla y salí al paseo marítimo con la intención de caminar, hablar con unos y con otros y borrar de la mente la palabra «cama». Me encontré con un matrimonio conocido, que me notaron extraño. «¿Qué te pasa? ¿Te han dado cuerda? No paras de hablar y eso que ya antes de la pandemia largabas como un lorito», me lanzó él sonriente. «Sí, ¿tú crees? Disculpadme. Será que tantos días encerrado en el piso me ha disparado la locuacidad».

Atravesé todo el centro de la ciudad y proseguí hasta las afueras donde estaba ubicado el campus universitario. Esa zona la conocía bastante menos. Me di cuenta de lo limitados que habían sido mis movimientos hasta antes de la invasión del maldito virus. En cualquier caso, de lo que se trataba ahora era resistir el cansancio. Mi enemigo principal no era el Covid-19, sino mi alocada fantasía que se disparaba una vez que me metía en la cama y me vencía el sueño. Qué paradoja, musité: mi mejor arma, la imaginación, tenía que reprimirla para evitar así la angustia y el impacto que me había causado la trágica muerte de las ratas. ¿Tendría razón mi padre cuando de adolescente me recomendó una vez en tono severo que pusiera los pies en la tierra y no volara tanto?

Estuve caminando varias horas. Me tomé entre medias unos espetos y una ensalada malagueña en un chiringuito de una de las playas lejanas a mi guarida. Obviamente huí del alcohol al menos durante esa jornada. Me tomé un café doble al que acompañé con otra pastilla estimulante. Todo ello me causó gran excitación. Notaba los latidos de mi corazón. Me asusté un poco. Pagué, me levanté y proseguí la Larga Marcha sin Mao Zedong y con la única compañía de mi cabeza y mi cuerpo. Me tomé un helado de yogur en un establecimiento de la calle peatonal y principal de la ciudad. Miré el reloj. Eran ya las siete de la tarde. Llevaba caminando más de ocho horas. Me sentía sudado pero despierto. Vaya, incluso hasta preparado para leerme, si se terciaba, 300 páginas de Guerra y Paz, con permiso de Tolstoi, de una tacada.

La fatiga aún no había aparecido. Recordé entonces aquellas noches de vigilia de exámenes universitarios en las que nos dopábamos en el colegio mayor donde yo residía en Madrid para tratar de memorizar en tres o cuatro horas lo que por pereza o confianza no habíamos hecho en tres o cuatro meses. Las consecuencias no siempre eran buenas.

Cuando regresé al piso comprobé que todo estaba limpio y ordenado y que mi discreta y eficiente ama de llaves me había dejado en la nevera una ensalada. Soporté las noticias de la radio como buenamente pude, cené y entré al salón para continuar viendo uno de los capítulos de The Crown, serie de la que confieso haberme enviciado. Además, empezaba a identificarme con el relato al ser testigo de escenas e imágenes que me recordaban a mi infancia, como la visita de los Kennedy a Londres, la recepción en Buckingham Palace y el magnicidio presidencial en Dallas.

Vaya, la situación estaba controlada. Al menos, eso pensaba. Era como esas voces que uno escucha de que el coronavirus ya no está más con nosotros. Qué optimismo el mío… ¡y el de ellos! ¿Acaso creía que podría resistir tranquilamente más horas despierto y que los efectos del fármaco iban a ser eternos? No pasó ni media hora de la serie televisiva, con un episodio de un viaje de la reina Isabel II a Ghana en contra de la opinión del primer ministro conservador, Harold Macmillan, cuando mis párpados se cerraron y caí tumbado sobre el sofá frente a la televisión.

Mi otro yo, el fantasioso, había encendido todos los fuegos y me transportaba velozmente hasta la plaza de Las Ventas. Las primeras imágenes que vi fueron las de un monosabio que con una pala metía en una bolsa negra de plástico los restos deshechos de Freddy, Teby y Abigail para llevarlos a un contenedor de basura. Sus aspiraciones de completar esa investigación sobre la conducta humana, que les había encargado la Columbia University, quedaban frustradas por el capricho violento de un francotirador apostado en el tejado de la plaza. Resultaba muy doloroso comprender el final sangriento de los tres roedores, más todavía cuando su portavoz, Freddy, había rematado un discurso pacífico instando a la unidad, la concordia y el diálogo para combatir la pandemia y sacar al país de la grave crisis económica y social causada por el virus.

Desde la barrera salí a la arena con no sé bien qué intención, porque las ratas estaban completamente desventradas, y de manera imprudente porque el asesino podía seguir disparando. Alguien desde arriba chilló cuando lo vio tropezarse con una teja y caer al vacío, milagrosamente hacia el exterior del recinto y evitar así más víctimas. Isa, la presidenta madrileña, con la blusa manchada de sangre, estaba siendo abrazada y protegida por el barbudo líder de su cuadrilla. Monaguillo parecía hipnotizado, clavados los pies en la arena, y farfullando: «No puede ser. No puede ser». Un poco más alejado de ellos, Reconquisto, completamente enloquecido, chillaba: «Todos lo han visto. Tuve que aplastarla porque iba a por mí. Actué en defensa propia», decía al referirse a la rata hembra, Abigail. Un par de agentes se lo llevaban acompañado de dos dirigentes de su partido de extrema derecha. Los vips, empezando por el Rey, el Emérito y mi gobernante, eran sacados inmediatamente del lugar por los escoltas y miembros de la policía nacional.

Vi a Horacio, mi amigo periodista, que se acercaba muy abatido: «¡Qué tragedia, chico! ¿Quién podía querer cargarse a estos pobres bichos? El discurso de Freddy fue emocionante. Toda una lección. No tenemos remedio. Todo al final lo resolvemos a tortas. Al menos, el objetivo primordial del espectáculo se ha logrado ampliamente. El presidente de Cáritas me ha comunicado que con las aportaciones de los partidos y demás gente y la recaudación en la plaza esperan haber reunido cerca de dos millones y medio de euros. Será un buen balón de oxígeno para aliviar las colas del hambre».

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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