Las cosas de aquí abajo

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Estos días el mundo abrió sus ojos con el devastador terremoto que sacudió y hundió Haití. Los efectos del mismo fueron especialmente duros en la capital, Port Au Prince, y en los barrios aledaños. De la gente misma de Haití no diremos nada de sus sentimientos, toda vez que muchos están librando ahora una lucha a muerte por la supervivencia. (Como se ve, esta frase casi es un oxímoron). Ahora los habitantes de Haití no tienen sentimientos, y por eso no es importante que hablemos de los mismos.

 

No pueden amar ni desamar, querer o malquerer si lo que está en peligro es su supervivencia. ¿Quiere saber alguien por qué Port Au Prince es especialmente castigada? La temblorosa verdad es que no lo fue especialmente, sino que los efectos sentimentales de una catástrofe se dejan sentir en las áreas habitadas, y la capital lo era, hasta ayer antes de la explosión de la fuerza interna de la tierra, en su límite extremo. Más de tres millones de hombres y mujeres con sus niños. No es tiempo ahora de preguntar por cómo surgió Haití, quiénes eran los que esclavizaban a los hombres que consiguieron la libertad ni cómo se comportó el mundo de los negreros cuando se enteró de que un grupo de hombres escapados de los bucaneros fundó una república independiente.

 

Y es que no son las únicas preguntas que quisiéramos hacer, sino que nuestras dudas irían tras la verdad que esconde el hecho de cómo una gente que fue tan valiente para escaparse de quienes los consideraban carentes de alma fueron a parar bajo el nefando yugo de Duvalier y familia. La cuestión, abordada con letras de todos los colores, pequeñas y grandes, se puede apresar con pinza de juguete si de dijera que los cimarrones que más tarde fundaron la república negra de Haití eran hombres y mujeres tratados como bestias, cuyos lomos se molían de sol a sol, alejados por ley de la mínima instrucción básica que hiciera lucir su sustrato humano básico.

 

Y como sin la ciencia no se rige una república, la sempiterna miseria de Haití se debe a la incapacidad del esclavo para regir sus propios destinos. Eso es lo que bramarían los hombres cerriles en la abyección, quienes, desde sus cubiles dorados, viendo el malvivir doloroso de los haitianos, dirían alzando el dedo: “Lo dijimos en todas las lenguas que pudimos aprender, estos son bestias, no pueden regirse por sí mismos. Cierto que con nosotros sufrían el látigo y el garrote vil cuando lo merecían, pero les dábamos de comer en un pesebre y dormían en pajas calientes, al lado de nuestras bestias”.

 

Claro que los esclavos fugados o liberados no sabían leer ni escribir, y estaban lejos de poseer la ciencia y la paciencia para regir sus destinos si se multiplicaban tanto para tener ciudades populosas como Port au Prince, pero la cuestión que se debate es el sufrimiento de este pueblo, las atrocidades que permitieron que se cometiera con ellos solamente porque se podía decir que era un asunto interno, que eran negros que se comían a otros de forma vergonzosa. Duvalier no es una potencia extranjera, sino sangre de su sangre, y allá ellos con lo que quieren de sí mismos.

 

Si se acaba este asunto aquí, tendrían razón los que esgrimieran razones semejantes a estas, pero a sabiendas de que las comparaciones son odiosas, y salvando diferencias, hemos de recordar que el pueblo judío nunca fue considerado inculto. De hecho, es un pueblo que tiene conocimientos del arameo, del hebreo, del árabe y de la cábala, y conoce los arcanos más ocultos de la humanidad, pero nunca se creyó que este saber es suficiente para abortar las acechanzas de sus enemigos, repartidos por toda Europa. De hecho, no se hubiera salvado de la barbarie nazi si otras naciones no hubieran mediado en la inhumanidad que con ellos cometían.

 

Desde que se consolidó la fuerza de las potencias intocables de la ONU se constituyó la tontería esa de la injerencia en los asuntos internos, de modo que si la cuestión que se trate no pone en peligro la hegemonía de una potencia, cualquier abuso era permitido. Con esta soberana tontería, el mundo se limitó a mirar cómo los líderes camboyanos, con Pol Pot a la cabeza, diezmaron a su población, a mirar de reojo cuando los engalonados militares de Argentina y Chile se pasaban en la comisión de sus fechorías contra su población o cuando Leónidas Trujillo extendió sus cadenas sobre la población dominicana. África es un continente de puertas infranqueables, nadie sabe lo que pasa aquí, de ahí que no queramos decir si Europa, y líderes demócratas de Europa, estuvieron detrás de los delirios megalomaníacos de Bedel Bokasa, Amín o Macías.

 

Pero si fueran simples delirios, poco importaría, pero no solamente fue esto. Sabe Dios lo que nos dolió que semejantes seres se sentaran sobre nuestros cuellos en busca de la sangre,  literalmente en muchos casos. Acá abajo, en la república de Guinea Ecuatorial, el rey que reina sobre todas las cosas abrió sus manos cuando se enteró de la desgracia haitiana y de su fortuna mandó separar 2 millones de dólares para ayudar al pueblo negro de la república de Haití. Bien; como no es la primera vez que ejerce su liberalidad no va a ser ahora cuando vayamos a hacer comentos sobre la misma.

 

Enhorabuena por el gesto y bienvenido cualquier dinero para ayudar al pueblo hermano de Haití. Ya supimos de desembolsos en montos considerables para amigos no empobrecidos precisamente o para lacayos de adulación extrema. Además, es noticia pública lo de sus dispendios en bienes inmuebles en tierras lejanas de las nuestras. La cuestión capital en este gesto es la finalidad del mismo. ¿Qué quiere el rey de aquí que la gente de Haití haga con este billón de francos CFA? Claro que de no ser por la magnitud del seísmo se nos antojaría una barbaridad. Y, efectivamente, y para nuestros cálculos, 1 billón de francos CFA es una cifra que raras veces oímos en las conversaciones de los ricos que conocemos. Claro que será que no tenemos amigos millonarios, pero 2.000.000 de dólaresx500 FCFA C/1 dólar= 1.000.000.000 de FCFA es una barbaridad. ¿Habrá tendido este cheque para que los habitantes de Port Au Prince compren coches de lujo? ¿Lo habrá hecho para que hagan hoteles para recibir a los turistas? ¿Habrá regalado este dinero para que los gobernantes hagan turismo por Asia? Está claro que no será para allanar el terreno fracturado por el terremoto, ni para adquirir ataúdes perfumados para enterrar a los miles de muertos causados por la mano siniestra de la Providencia. Tampoco creemos que nuestro rey manda este dinero para que el jefe de allá lo meta bajo su cama o lo reparta entre sus familiares y amigos para que luego lo ingresen en paraísos fiscales, comunes en la zona caribeña.

 

Nuestro rey no manda un billón de francos CFA para que los ministros mejor emparentados con René Preval adquieran con el mismo mansiones en Malibú. Pensamos que esta cantidad respetable de dinero ha sido desembolsada para que el pueblo alivie sus penosas condiciones de vida. Que dejen de vivir en infectas casas de hojalata, que dejen de hacer sus necesidades en los ríos o bosques, que tengan agua potable, que tengan mejores escuelas, y que puedan construir sus mercados y tenerlos limpios de elementos que dañen su salud. Tenemos obligatoriamente que ser reiterativos, y veraces, y decir que desde la punta Sur de la isla de Bioko hasta el extremo norte de Malabo hay comunidades humanas afectas por cotas similares de pobreza que las de Haití.

 

Tenemos que decir que desde la costa de Bata hasta el lugar más recóndito de la porción continental de la Guinea Ecuatorial hay mucha gente que vive al límite de la supervivencia. Tenemos que decir que los ciudadanos extranjeros que nos visitan pueden dar fe de los montones de basura de nuestros mercados y calles, y de las dificultades que tienen los nativos para encontrar agua, agua de cualquier calidad. No vamos a ser cínicos y rogar que nos ocurra una desgracia para que nuestro rey se acuerde de nosotros. No vamos a ser cínicos para creer que se acordaría de nosotros si sobre nuestras cabezas cayera la voluntad divina en forma de un volcán.

 

Además, es de obligada humanidad desear que las naciones azotadas por desgracias naturales encuentren la solidaridad internacional. Lo que no entendemos es que el mundo de los poderosos crea que porque seamos negros y no estemos siendo azotados por terremotos visibles desmerezcamos una vida mejor.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.