Las cuatro estaciones de Atenas. Un país ahogado por su rescate

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“Quiero tener un hijo e irme a vivir con mi novio. Pero todos los meses echamos cuentas y vemos que no tendríamos para subsistir. Nos están arrebatando nuestras vidas”, dice una joven abogada griega

 

Al otro lado de la calle, en las proximidades del Mercado Central, la gran lonja que es el corazón de la zona, hay un trajín de gente vendiendo lo que puede. Ajos, CD, ropa usada. Pero si hay un lugar en la calle Athinas donde se puede olvidar la crisis durante unos segundos, es este mercado. Lo primero que se escucha es el griterío constante de los pescaderos, con sus puestos ordenados uno detrás de otro e iluminados por lamparitas colgantes como si fueran árboles de navidad. Más allá están las carnicerías, muchas en manos de inmigrantes albaneses que gritan tan fuerte como sus colegas y no escatiman en piropos para atraer a la clientela. Y luego están los puestos de aceitunas, de quesos, de especias, de frutos secos.

 

Cuando se sale del embrujo de olores, la crisis reaparece en los detalles. Los cortes de carne expuestos no son los más preciados, hay mesas llenas de huesos y casquería, y en hora punta de un día normal no hay ninguna cola delante de ningún puesto. En las salidas del mercado, tanto en las que dan a la calle Athinas como a las vías aledañas, hay alguien pidiendo limosna en cada esquina.

 

En una de esas calles, un grupo de hombres gesticula y habla animadamente. El objeto de la pelea es la multa que le acaban de poner a un motorista por aparcar en la acera. “Le han sancionado con 80 euros por haberse parado cinco minutos”, dice un señor que contempla la escena. Otro agente de la policía municipal ordena a una mujer en moto que se detenga y la multa con otros 80 euros. “La culpa no es de los agentes, es del alcalde. Quieren recaudar dinero”, dice el mismo hombre. “Pero ¿si hay una ley que impide aparcar?”. No deja que termine la pregunta y contesta: “Con todos los problemas que tenemos en Grecia, este no es el principal”. El señor trabaja en una perfumería a pocos metros del lugar de la escena. Las ventas han bajado un 80% desde 2009. A él no le han rebajado el sueldo, pero da igual. “Vamos a ser los siguientes en cerrar”, espeta.

 

En uno de los muros de la calle hay pegado un dibujo, que aparece también en otras vías del centro. Es una parodia del cartel que anunciaba el espectáculo Alegría del Circo del Sol, que actuó en Atenas en septiembre de 2012. El dibujante retrató al primer ministro Samarás en la misma postura que la mujer vestida de ángel que aparece en el original. Debajo, una palabra: anergia. Desempleo, en griego.

 

En la acera, hay gente vendiendo ropa de segunda mano y todo tipo de baratijas. El señor de la perfumería no se descompone.

 

—Es normal. Pasaba también antes de la crisis. ¿Vosotros en España o en Italia no tenéis a gente en la calle? ¿No veis que la crisis es global? Lo que ha pasado es que mucho dinero se ha concentrado en muy pocas manos.

 

Lo que ha dejado de ser normal es la crispación que se respira en las calles, donde la rabia parece ser la única herramienta para enfrentarse a la resignación. Y la tensión, en una situación de nervios al límite, se transforma en violencia. Así, sucede que en una mañana cualquiera de otoño, a plena luz del sol, una mujer aparece, blandiendo un bate de béisbol, persiguiendo a un hombre al que acusa de haberle robado. Lo más impactante es que los que asisten a la riña parecen casi indiferentes.

 

“La violencia ha entrado a formar parte de los discursos cotidianos”, me comentará pocas horas después una joven historiadora que estaba reunida junto a un grupo de amigos periodistas en un pub a pocos metros de Athinas. Los demás asienten. Y la conversación se desliza rápidamente hacia Aurora Dorada y a cómo grupos antifascistas han empezado a organizarse para contrarrestar los raids de los neonazis contra las tiendas de inmigrantes en el centro de la ciudad. Desde hace algunas semanas se repiten las acciones de lo que llaman “patrullas”, grupos de motoristas que desfilan por las calles dispuestos a enfrentarse con la extrema derecha. Es hablar de las patrullas y ver cómo las opiniones se dividen en el grupo de amigos. Yiannis, que trabaja en Chipre pero vuelve a menudo a Atenas, cree que estas acciones solo sirven para desencadenar una espiral aún más peligrosa. Pero otros coinciden en que, llegados a este extremo, no quedan opciones. Y hay quien habla abiertamente de guerra civil.

 

A ambos lados de la calle Athinas, entre los bares de comida rápida y las franquicias, surgen viejas tiendas de ropa deportiva y militar, y de equipamiento de camping. En una de ellas los maniquíes, vestidos con sudaderas y chándal, también muestran máscaras antigás, que han dejado de ser un artículo exótico en la Atenas de las mil manifestaciones. Las hay de todos los precios, de 5 y de hasta 100 euros. Solo hay que elegir la calidad del filtro. El dueño dice que se venden muy bien, sobre todo, las de 20 euros. En la última semana ha vendido treinta de este modelo, veinte de 45 euros y alguna pieza de las versiones más caras, las que cubren toda la cara.

 

Y ahí están las máscaras. Puntuales aparecen en esta enésima huelga general en Syntagma. Es el 18 de octubre de 2012, la quinta huelga general del año. La cuarta fue hace tan solo tres semanas y concluyó con más de cien detenidos y unos cuantos contenedores de basura en llamas. Era la primera que sufría el primer ministro Antonis Samarás tras ganar las elecciones de junio y ocurría tan solo dos semanas antes de la visita de Angela Merkel, a quien Samarás recibió en el aeropuerto con grandes honores.

 

Merkel no había viajado a Grecia desde el comienzo de la gran crisis, confirmando la soledad del país tras pedir el rescate financiero. Un aislamiento diplomático que solo se rompió en el verano de 2012, cuando el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, pisó finalmente Atenas en un gesto de apoyo hacia el Gobierno recién elegido. Gestos de cara a la galería, caricias que anhelan los políticos pero que dejan fría o irritan a una población hundida en el desánimo y harta de imposiciones. Por eso, mientras Samarás hacía los honores a la canciller alemana, miles de personas protestaban en las calles con pancartas de Frau Merkel get out y caricaturas que asociaban a la canciller con símbolos nazis; imágenes que luego aparecerían en la prensa germana, estableciendo un bucle de desconfianza e indignación mutua entre ambos pueblos.

 

Hubo choques con la policía, aunque menos violentos de lo que se temía, y Merkel abandonó Atenas tras dar una palmadita en el hombro a Samarás, pero sin ofrecer una garantía firme sobre la permanencia de Grecia en el euro.

 

En este escenario, esta nueva huelga vuelve a poner a prueba los nervios. Cada vez que hay una gran convocatoria, reaparece el recuerdo de los enfrentamientos de mayo de 2010, que se saldaron con tres muertos. No eran personas que participaban en la protesta, sino empleados de una filial del banco Marfin de la calle Stadiou, donde a menudo acaban las marchas que atraviesan Syntagma. Todas las tiendas habían cerrado por miedo a los ataques, salvo el banco Marfin. Algunos manifestantes arrojaron cócteles molotov contra la puerta de la sucursal. La mayoría de los trabajadores lograron escapar, pero tres de ellos –un hombre y dos mujeres, una de ellas embarazada de cuatro meses– murieron asfixiados. En los testimonios del juicio que se abrió contra tres directivos del banco por negligencia, los testigos relataron que los empleados habían pedido, sin éxito, salir antes de la oficina por miedo a los disturbios. En primera instancia, en julio de 2013, los tres fueron condenados a un total de 25 años de cárcel. Nadie ha sido juzgado por el lanzamiento de los cócteles molotov.

 

Aun así, la memoria de aquellos enfrentamientos no es suficiente para frenar la rabia. Mientras en Bruselas se celebra la enésima cumbre de jefes de Estado y de Gobierno, más de 40000 personas marchan por las calles de la capital griega. Cuando ha pasado la mitad del cortejo de esta quinta huelga de 2012, cuando ya han desfilado el sindicato comunista Pame, los profesores con su pancarta en español de “No pasarán”, los médicos, los simpatizantes de Syriza y los grupos del frente anarquista, aparecen los antidisturbios para cerrar la calle de acceso a Syntagma por el lado del hotel Gran Bretagne, justo al comienzo de la calle Stadiou. En unos minutos se desencadena el caos y Atenas vuelve a vivir su eterno déjà vu, el tridente de cócteles molotov, llamas y gases lacrimógenos. Quienes no se embadurnan la cara de Malox, el antiácido con el que muchos manifestantes han aprendido a protegerse del efecto urticante del gas, huyen a la desesperada. Por otro lado, tener la cara pintada de blanco, el color que deja el líquido al secarse, es una peligrosa tarjeta de visita que suele atraer las porras de los agentes.

 

—Cuando te vayas, lávate la cara. Mejor no andar por la ciudad así.

 

De repente se oye la sirena de una ambulancia. Más tarde se sabrá que, en medio de las carreras, un hombre se ha caído al suelo y no se ha vuelto a levantar. Era un marinero de 65 años, sin trabajo desde hace seis, que ha fallecido de un paro cardiaco. Un año antes, el 20 de octubre de 2011, había ocurrido lo mismo. En otra protesta masiva contra los recortes aprobados por el Gobierno, un sindicalista que participaba en la manifestación murió de un ataque de corazón. Entonces, también se celebraba una cumbre europea.

 

Es quizá una suerte que no se sepa de inmediato lo que ha ocurrido. El grueso de la manifestación se dispersa y solo quedan pequeños grupos aislados que siguen enfrentándose a la policía. En un rincón de la calle Stadiou, la misma en la que se encontraba la oficina del banco Marfin, Anne Yannikou contempla las cargas policiales. Con su chaqueta de algodón fino, Yannikou, una abogada de 30 años, se aleja de la típica imagen de los anarquistas que lanzan piedras. Pero mientras observa a los últimos irreductibles, reflexiona en voz alta:

 

—Si solo es un pequeño grupo no vamos a ningún sitio. Si toda la gente que había antes –que era mucha– se plantase frente a la policía, obtendríamos mejores resultados.

—¿Y adónde nos llevan los enfrentamientos violentos?

—Me considero una persona educada, pero creo que ya no queda más que la violencia. Quiero tener un hijo e irme a vivir con mi novio. Pero todos los meses echamos cuentas y vemos que no tendríamos para subsistir. Nos están arrebatando nuestras vidas.

Desde Bruselas, el único mensaje llega ya de madrugada. Una escueta nota se limita a

 

“acoger

con satisfacción

la determinación del Gobierno

de cumplir sus compromisos

y apreciar

los considerables esfuerzos

realizados por el pueblo de Grecia”.

 

 

 

 

Este fragmento pertenece al libro Las cuatro estaciones de Atenas (Crónicas de un país ahogado por su rescate), que acaba de publicar Libros del K. O.

 

 

 

 

Mariangela Paone (Roma, 1980) comenzó a trabajar con 18 años en un periódico local de Calabria. Más tarde se mudó a Roma, donde se especializó en información internacional. En 2006 entró por primera vez con el español. Fue en Venezuela. No sé podía imaginar entonces que se convertiría en su lengua de trabajo. Tras cursar el Máster de El País se quedó a vivir en Madrid, donde sigue trabajando para el mismo periódico. Le apasionan las historias de gente que lucha para derribar muros y atravesar fronteras. En Twitter: @mapaone

 

 

 

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Autor: Mariangela Paone