Las edades del hombre

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Leía hace un momento los capítulos que tiene Pedro Mejía reservados a las edades del hombre en su Silva de varia lección y me decía a mí mismo, a tenor de lo leído, que yo había entrado ya, claramente, en la edad del declive, esa edad en la cual, según Shakespeare, uno se dedica a hacer el papel de juez y

 

con su oronda panza llena de capones,

ojos graves y barba recortada,

suelta sabios aforismos y citas consabidas

 

La conciencia de morir es espantosa, pero ¿no resulta acaso más espantoso saber que envejecemos, que perdemos fuerzas, que dejamos de ser atractivos, que nos fallan las piernas, que perdemos memoria, que nos volvemos malhumorados, impacientes, ridículos? El elefante, el mono o esa mosca que revolotea por mi escritorio podrán acaso tener un atisbo de su finitud, pero yo creo que nunca saben si son niños, jóvenes o viejos. En las Elegías del Duino se lee:

 

El libre animal tiene su final siempre detrás

y delante de sí a Dios, y cuando anda,

anda en la eternidad, como andan las fuentes.

 

Nosotros, en cambio, andamos sin rumbo fijo, de un lado para otro, por caminos pedregosos y por extensas llanuras, atravesando puertos de montaña o atracando en puertos de mar, y si acaso un día echamos la vista atrás, lo único que vemos a lo lejos, en la olvidadiza marisma del pasado, es el reflejo de una piel rugosa surcada por la nostalgia, por el fracaso y por la futilidad de todas nuestras empresas.

 

Precisamente me acuerdo ahora, según escribo, de un documental ideado por la BBC, allá en los sesenta, el Up series, que consiste en entrevistar a un grupo de catorce personas cada siete años. La cosa empezó en 1963, cuando eran todos niños. Unos venían de colegios de pago y otros de escuelas estatales o de orfanatos; unos eran niños de clase media y otros de la clase trabajadora; algunos eran ricos y, al menos dos de ellos, incluseros. El propósito era demostrar que la sociedad británica era inmovilista y que el destino de un niño estaba marcado casi desde el principio por el origen de su clase y el entorno familiar y educativo, premisa que, según pasan los años, se va más o menos demostrando, aunque también, de una manera quizá no prevista por los creadores del invento, vamos observando, con una fascinante precisión y veracidad, el paso de las distintas etapas en la vida de un ser humano.

 

Los antiguos dividían la vida en siete edades. La primera era la infancia, hasta los cuatro años. De los cuatro a los catorce, la puericia. Entre los catorce y los veintidós, la adolescencia. Luego venía la juventud, que comprendía catorce años, de los 22 a los 36. La edad viril, de los 36 a los 49. De ahí hasta los 63 pasábamos por la edad de la declinación y, por último, la senectud, esa segunda infancia en la cual, según Shakespeare, se termina “sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything”.

 

En el documental británico se han completado las primeras cinco edades. Ahora los participantes en el experimento andan por los 55 años. Casi todos ellos están fondones, calvos, avejentados; algunos tienen ya nietos, otros albergan todavía ridículas pretensiones de hacer algo de lo que no hicieron antes. El humanista que uno lleva dentro cree –quiere creer– que el hombre y la mujer mejoran con el tiempo, pero la realidad de este documental demuestra dolorosamente que esto no es ni mucho menos así: que los años suelen tener un efecto devastador en las personas y que a partir de los cincuenta –y probablemente mucho antes– somos un despojo sin otro sentido que el sentido que puedan darnos los hijos o los nietos. No es fácil ni bonito envejecer.

 

Quizá me siento un poco deprimido hoy y no estoy siendo del todo justo ni con los participantes del programa de Up ni con las edades de la vida. ¿Me cambiaría yo ahora por el joven que fui con 30 años? No lo creo. Acaso pediría algún recambio en el chasis de mi cuerpo, pero no mucho más. En esta mi quinta edad me siento más sabio y más equilibrado que lo era en mi tercera o hasta en mi cuarta edad, seguramente porque el papel de juez, propio de la edad en la que me encuentro, me divierte más que el de “amante” o el de “soldado”, que son los papeles que uno interpreta cuado es más joven. Solamente me falta bajar un poco la panza y lograr que alguno de mis juicios no sean recibidos a broma por mi hija…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.