Las estadísticas, el suicidio y la felicidad

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Dijo Mark Twain que hay mentiras, mentiras cochinas y estadísticas, pero la cochina verdad de las estadísticas es que el crecimiento económico en Europa será una vez más de solamente el 0.1% mientras que la economía en EEUU, con una política de estímulo opuesta a la austeridad europea, se espera que crezca entre un 2% y un 3%, que no es gran cosa, pero que en comparación resulta envidiable, especialmente si nos fijamos en el paro, el otro gran parámetro para medir la salud de una economía. Ayer mismo se anunció en EEUU la creación de 650,000 nuevos empleos y con ello el paro volvía a bajar casi medio punto más, quedándose en 7.5%, lo cual no es para tirar cohetes, pero al lado de Europa (12%) y no digamos España (27%) parece una cifra salida del País de la Jauja. En concreto el dato español me resulta tan abracadabrante que tiene por fuerza que ser una cochina estadística. ¿Cómo se puede vivir, si no, con un cuarto de la población de brazos cruzados?

 

La economía, en todo caso, no es mi fuerte ni mi interés, aunque las estadísticas me han interesado siempre mucho. Hace unos días leía en el New York Times que el número de suicidios había aumentado exponencialmente entre la población madura, gente de 35 a 65 años, cosa que hasta hace poco afectaba mayormente a los muy jóvenes y a los ancianos. Las razones esgrimidas eran varias, desde las estrechuras económicas causadas por la actual crisis al hecho de que muchos “babyboomers”, como se los llama aquí, carecían de la fuerza de sus mayores, esa generación aguerrida que se había hecho en el fragor de la Segunda Guerra Mundial.

 

Las interpretaciones son siempre cuestionables. Hace más de un siglo, en el famoso estudio sobre el suicidio, Durkheim concluyó, en base a los datos que manejaba, que los hombres se suicidaban mucho más que las mujeres y que cuanto menor es el control social mayor resultaba el número de suicidios, y de ahí que, según el eminente sociólogo francés, los protestantes, más libres, se suicidaran más que los católicos, mucho más atados a la tradición y al principio de autoridad. Algunos luego han cuestionado tal aserto, pero las estadísticas, mientan o no, nos dicen que el frío, el aburrimiento, la buena vida y la paz son un buen abono para que uno se descerraje la cabeza, se cuelgue de una viga o ingiera un bote de barbitúricos. Desde luego no hay suicidios en las guerras, tras un terremoto o en una sociedad caótica. Haiti, según leo, tiene 0% de suicidios. Y es que la felicidad es algo muy relativo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.