Las grandes ventajas del Bronx

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Muchos negros ¿no?─ me dijo ella. Ella los miraba con cautela mientras caminaba por la vereda de Bedford Park Boulevard. Entre asombrada y temerosa. No supe si molestarme ahí mismo, si explicarle. Ella era mi hermana. Yo era el hermano mayor, el que la había traído a conocer mi barrio.

No dije nada. La miré con una cara en la que intenté combinar mis reparos ante su falta de criterio, un comentario sobre su ignorancia. Quería decir algo más. Sin embargo, como aquella mañana en que caminaba hacia las puertas de Lehman College con ella, muchas veces cuando quiero decir algo me detengo: porque recuerdo que del mismo lugar de donde vienen algunos de mis familiares y amigos vengo yo: de ese universo en el que no se entiende lo de multitudes civilizadas sin los rastros visibles del hombre blanco.

Lehman College se llamaba Hunter College hasta 1967, cuando Hunter se mudó al centro de Manhattan. Sirve a una comunidad que es, mayoritariamente, afroamericana y latina. Enseño en Lehman, en el departamento de Journalism and Media Studies, desde 2004. Sin pretender que la experiencia haya borrado todo rezago de los 28 años que viví en el Perú ─en una sociedad racista y clasista─, 16 años enseñando en el Bronx me han convertido en una mejor persona. Creo yo.

Hacia finales de junio la comediante Ziwe Fumudoh explicaba la tendencia entre sus conocidos blancos a negar que fueran racistas con la frase “I have 4 to 5 black friends”. Al ser confrontados, estas personas reparaban en que no lo hacían conscientemente, pero se daban cuenta cómo la frase era blandida como un arma, una herramienta útil para negar una vida en que su contacto con gente negra estaba muy restringido. Llamemoslo segregación involuntaria o racismo sistémico: la verdad es que una gran mayoría de personas blancas en los Estados Unidos interactúan muy poco con personas de raza negra. Crecer blanco o negro en Estados Unidos suelen ser dos experiencias que marchan paralelas, muy pocas veces de la mano.

Mi experiencia en el Bronx ha sido importante por eso. Mi universo está compuesto de nombres, de personas. No de razas. Sin pretender que soy “color blind” (ese punto en el horizonte del crecimiento personal que alguna amiga progresista quisiera que sus hijos alcanzaran), creo que la raza de una persona, en mi consideración por ella, no cumple un rol.

Me parece que me fijo mucho en detalles de su apariencia: maneras de vestirse, maneras de hablar, maneras de escribir, formas de opinar. La raza del estudiante sólo empieza a ser visible cuando discutimos en las clases “Racism and the Media”, del mismo modo en que el sobrepeso se vuelve visible cuando hablamos en clase de temas como “Health and the Media” (El documental FedUp es un buen ejemplo de cómo la ingestión de azúcar, más los intereses de la industrias de la comida, están en el centro de los grandes problemas de salud de este país).

La sola experiencia de compartir la clase con ellos, de escucharlos, de discutir con ellos, de reir con ellos, entiendo que me ha servido para pertenecer a otro tipo de mundo que aquel en el que parecen estar muchos de mis familiares y amigos. Aquel del que venía mi hermana, la primera vez en que la llevé a conocer el Bronx.

Para entender el racismo sistémico en los Estados Unidos, no hay mucho mejor material en Internet que esta discusión entre el comediante Jon Stewart y el periodista Bill O’Reilly. Stewart desmantela punto a punto, con claridad ─para quien quiera ver la claridad: oh querido y racista lector─el mito de que no hay un “Privilegio blanco” en el meollo de muchos de los problemas que tienen que ver con las desventajas económicas y sociales de los estadounidenses de raza negra. Aferrándose a datos circunstanciales (la elección de Barack Obama, la preeminencia de Oprah Winfrey en la televisión de los EEUU) O’Reilly no puede contradecir los argumentos que sustenta Stewart, ni negar (convincentemente) lo obvio: el sueño americano es una construcción en la que hasta hace muy poco se le negaba oportunidad a los afroamericanos.

El privilegio blanco es un problema sistémico que cancela, una y otra vez,  los esfuerzos esporádicos contra el racismo.

Alguna vez en mis clases de inglés, recién llegado a los EEUU, un profesor judío me explicaba que vivir en Nueva York, en alguno de los tantos edificios de la ciudad en el que conviven pacíficamente musulmanes, cristianos, ateos y judíos, debería ser el requisito indispensable para gobernar cualquier país del mundo. Me atrevería a insinuar que enseñar en el Bronx es, del mismo modo, un ejercicio de crecimiento personal que cumple la virtud de eliminar aquella percepción nociva de una humanidad calificada en base a los colores de la piel.

Otra memoria que me parece pertinente, es aquella que escuché cuando yo era aún un adolescente: alguien contó la historia de un muchacho peruano que llegó a España, huyendo de la ciudad en penumbras, de la violencia de Sendero. Un estudiante español lo había acusado de sudaca miserable y terrorista. En aquella historia, el estudiante se había levantado en la clase y había explicado ─con rabia en los ojos, levantando la voz─ que él venía huyendo del terrorismo y que no iba a aceptar que lo acusaran de aquello. El esterotipo, la ignorancia, la falta de experiencias con personas que llegaban a Europa buscándose un mejor mañana, habían colocado a este joven en un paquete en el que todo sudamericano representaba una amenaza. Me parece que España tuvo en aquellos años también su cuota de aprendizaje. Y que algo cambió.

Cuando no es opresión voluntaria, el racismo es pura ignorancia.

 

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