Las guerras de nuestros electrodomésticos

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El primer electrodoméstico revolucionario de mi vida fue la televisión. Aquel aparato de la General Eléctrica Española, con pantalla de 19 pulgadas y un estabilizador amarillo.Qué imborrables primeros recuerdos, un cine en casa en sesión continua, que podía verse gratis a diario, y además, mientras se estaba cenando.

 

El magnetófono fue el segundo en transformar nuestro hogar audiovisual. Se compró en nuestra casa, para ver y grabar el Festival de Eurovisión.  Aquel Grundig de cintas marrones -enormes como «ruedas de carro»- con tantas teclas y mandos. Cada pista duraba más de 12 horas, con lo cual, buscar una canción no resultaba tarea fácil.

 

En nuestra casa sobrevolamos discretamente por encima del tocadiscos, y nos pasamos directamente al casete. Eso sí que eran cintas y no aquellos Mamuts del Grundig, que podían partirse, cada vez que se les daba la vuelta. El casete fue al magnetofón, lo que la cazadora a la chaqueta. Se rejuveneció el negocio, disminuyó la duración temporal y el tamaño, tanto, que podías llevar tu música a una fiesta, dentro del bolsillo de la camisa.

 

Con los años el teléfono pasó a ser como la máquina de escribir, un instrumento de trabajo. Luego llegaron los vídeos: «¡Porno en casa, como en los clubs más calientes!», exclamamos al saberlo. Además, adiós a las revistas pornográficas. Cuánto espacio íbamos a liberar en casa. Ingenuos pronósticos. Cada nuevo soporte trae tantas ventajas como esclavitudes. ¿Quién no ha deseado alguna vez tirar toda su colección de cintas de video, y dejar libre de una vez por todas, ese armario empotrado?

 

Los contestadores automáticos se adhirieron a los teléfonos, como otrora lo hicieran con las motos, los sidecares. El contestador fue como adquirir de pronto un mayordomo, contratado exclusivamente para recogerte los recados telefónicos, cuando estabas ausente.

 

El advenimiento del Cedé fue bendecido como el soporte definitivo para la reproducción musical, para terror de los discos, que aunque ya casi nunca se ponían, seguían reinando y cogiendo polvo en sus estanterías. Han llorado tantos coleccionistas por tener que desprenderse de los discos de toda una vida, para entregarse a reconstruir su personal fonoteca en soporte digital.

 

La llegada de los deuvedés desató una tragedia entre los videos, como la de los cedés entre los viejos discos de vinilo. Décadas más tarde, nos hemos enterado que el soporte electromagnético de los videos,destruye sus imágenes con el paso de los años, y que los cedés han resultado un fiasco como soporte. Lo que más vale de ellos, por lo visto, es el diseño de sus cajas transparentes.

 

El ordenador ha ido absorbiendo todo este mundo como una Multinacional ineluctable del audiovisual y la palabra escrita. Hoy ha empezado a convertir Faba sus video diarios de hace más de 15 años, a señal digital, para poderlos fijar, (¿inalterables?), en Internet.

 

Quizá, en vez de perder tantas horas, volviendo a gastar tanto espacio y tiempo en preservar la imagen o el sonido de nuestro pasado, lo más sensato sería hacer salir de nuestra casa tanto a los libros, como los discos, los casetes, los vídeos, los disquetes, los cederom, y tanto estúpido y voluminoso álbum de fotografías; y empezar a cultivar el vacío. Sólo así, podrá quedarle algún sitio al futuro en nuestros hogares.