Las ínsulas extrañas

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El general omeya Uqba Ibn Nafi alcanzó las costas del Atlántico en la playa de Massa, en la costa del actual Marruecos. Entró en el agua con su caballo y exclamó “A Dios pongo por testigo de que no hay más tierras hacia el ocaso”. Más tarde llegó a Tánger y a Ceuta, donde estableció contacto con un notable local llamado por las crónicas árabes Ilyan, el gobernador bizantino de la plaza, a quien conocemos por el Conde Don Julián, cuya peripecia vital deslumbró a Juan Goytisolo hasta el punto de convertirlo en su alter ego. De Julián Uqba Ibn Nafi y Tarik obtuvieron valiosísima información sobre la debilidad crónica del reino al otro lado del Estrecho, tan cerca de Tánger y de Tetuán.

Los árabes creían que Marruecos era una isla que constituía un non plus Ultra. Por esa razón uno de los nombres de Marruecos es Yazirat al-Maghrib, “la isla del ocaso”. Al otro lado del estrecho de Tarik, los conquistadores árabes sabían que existía otra isla (un continente o una gran península no deja de ser nunca una isla), la isla de la Atlántida, Yazirat al-Andalus. Del mismo modo que no solemos pronunciar la “t” en Atlantico o Atleta, los árabes geminaron esa “t” de Atlántida en Alˑlandalus. Y aquella isla mítica de la que habló Platón en el Critias y en el Timeo, la Atlantis nēsos, ubicada más allá de las Columnas de Hércules, Ceuta y Calpe (más tarde, el monte de Tarik, Gibraltar), se convirtió en algo definido, con horizonte, justo lo contrario de lo que designa en griego el tiempo verbal aoristo. La mirada de Ulises en el poema de Dante exhortaba a sus hombres en los versos 118-120 del Canto XXVI del Infierno a continuar su viaje más allá de las columnas de Hércules, el último confín del mundo hasta entonces conocido. Ulises concluye así su exhorto: 

Considerate la vostra semenza:
fatti non foste a viver come bruti,
ma per seguir virtute e canoscenza

Esos versos son la cifra de la pasión del navegante, en la que vivir no parece necesario, pero navegar es la propia materia de la que está hecha la vida. El navegante, como el Abdul Bashur de Mutis, sueña navíos y sueña ínsulas extrañas que descubrir. Como esa portentosa Yazirat al-Andalus que llevó a los árabes y bereberes de Tarik a cruzar el estrecho, el Bósforo de Hércules, y enfrentarse a lo desconocido para conocer ese sueño ancestral que era para los marinos del Mediterráneo la Península Ibérica.

Muchos mapas antiguos, como alguno de los que tiene mi amigo el polímata macaronesio Roberto Quevedo, además de la expresión hic sunt leones reproducen algunas de esas ínsulas extrañas. Como la de Brandán o Barandán el navegante, que algunos marinos porfiaron en ver al aproximarse a La Palma o al Hierro. Esa “isla de los benditos” a la que San Brendán o San Brandán, llegó en 512 con otros catorce monjes irlandeses, tal y como nos cuenta en su Navigatio Sancti Brendani Abbatis, un paradigma de ese género literario tan propio del alma irlandesa que es el Immran o viaje marino hacia el más allá. Esa extraña ínsula aparece en numerosos mapas de la época de los descubrimientos colombinos y tanto el príncipe Henrique el Navegante como Colón creyeron a pies juntillas en su existencia. Esa octava Isla Afortunada (novena si incluimos La Graciosa, que legalmente ya es la octava isla canaria), a ocho leguas al oeste de La Gomera. Una isla cuya existencia se les antojaba tan real como la de las Islas salvajes, esos roquedos inhóspitos, más cerca de las Canarias que de Madeira, que han sido objeto de un contencioso internacional entre Portugal y España, como lo sigue siendo la disputa por Olivença/Olivenza, uno de esos contenciosos internacionales que tienen un cierto punto surrealista, como la disputa por la Isla de Perejil/Leila entre Marruecos y España.

Ínsulas extrañas son todas las de la Macaronesia, “las islas de la felicidad”, como las llamaban los griegos desde antes de que Platón universalizará a la Atlántida. Las Canarias, Madeira, las Salvajes, las Azores y las Islas de Cabo Verde. Extrañísima ínsula era Hibernia, la patria de San Barandán, o la Thule a la que creyó llegar Pytheas de Massalia, que podría ser Islandia, o las Shettland, o las Orcadas, o las Feroe, o la propia Escandinavia. Y la Isla de Brasil. Y Santa Helena. Y Tristan da Cunha.  La Atlántida está llena de ínsulas extrañas, siempre al alcance de la imaginación y de su yesca perenne, la literatura.

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