Las lecturas neoyorquinas

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Pensé dedicarle esta entrada a mis lecturas del invierno. Sin embargo, se me ocurrió que sería más interesante una lista de los mejores lugares para leer en esta ciudad. Ustedes ya habrán ya escuchado lo confortable que es leer en el tren subterráneo. Supongo que esa cualidad Newyópolis la comparte con unas 20 ó 30 ciudades con buenos sistemas de transporte. Así que me voy a concentrar en sitios específicos, que aún existen ¿Cuáles son los mejores lugares para sentarse (o echarse) a leer un libro en esta ciudad? ¿Dónde puede uno abandonarse con mayor comodidad para sumergirse en las aventuras y desventuras de sus personajes de ficción?

 

Para confeccionar mi lista, he hurgado entre experiencias que se han acercado a la que mejor he tenido como lector: una mañana, con 22 años, echado sobre la grama frente a la fortaleza de Sacsahuamán, fresco después de una caminata desde la Plaza de Armas del Cuzco. Momentos como aquél, sólo los he revivido en Nueva York en estos lugares:

 

1. Sillas reclinables de la terraza de Pier17, segundo piso: Leía The Wind-Up Bird de Haruki Murakami, la escena en que un anciano sobreviviente de la guerra narraba como se desollaba a un prisionero. Cuando se me revolvieron las tripas del asco miré por encima del libro y vi las barcazas pasando bajo el Brooklyn Bridge. Hay muchas palomas dando vueltas pero en general son inofensivas. Si uno se aburre de estar echado puede pararse y asomarse hacia el final de la terraza desde donde se alcanza a ver la Estatua de la Libertad y los ferrys que van y vienen a Manhattan desde Staten Island. La mejor hora es el atardecer pero la terraza está protegida del sol y casi siempre hay buena sombra. No es recomendable en días de invierno crudo.

 

2. Las mesas de Bryant Park. Las sillas son pequeñas e incómodas pero el ambiente es especial. Allí me llevé mi traducción Maude de La guerra y la paz y almorcé un sánguche de pollo de la cadena Ranch#1 (ya desaparecida) mientras leía que el príncipe Andrei era herido en la guerra y en su delirio veía a Napoléon, el «Anticristo». Bryant Park es uno de los parques más acogedores de la ciudad. Los rascacielos que la cercan por el norte y la gran biblioteca pública de Nueva York por el este, la mantienen más o menos protegida del ruido. En la primavera y el verano es posible echarse a leer sobre la grama. Prefiero las mesas porque allí siempre es posible encontrar sombrita. Cuando se llena de gente, Bryant Park no es tan buen lugar de lectura como cuando está semi vacío.

 

3.En Brooklyn, Prospect Park tiene varios jardines idóneos para apoyarse contra el tronco de un árbol y leer. Eso hice yo: me tumbé a leer El avaro de Luis Loayza, aquél cuento donde un personaje homérico, un soldado reclutado para destruir Troya, vierte sus opiniones en lenguaje coloquial peruano sobre el héroe de la gesta, el «colorado» Aquiles. A cierta hora aparecen los mosquitos. En todo caso, la  acogedora sala de lectura de la Brooklyn Public Library está muy cerca.

 

4.Central Park es ideal para echarse en la grama debajo de uno de sus árboles gigantescos. Allí empecé a leer White Teeth de Zadie Smith,  esa primera página en la que Archie Jones intenta suicidarse dentro de un carro y, tras fracasar, se mete a una fiesta sicodélica.  Smith me pareció muy original, hasta que leí Midnight Children y descubrí que sólo era una buena discípula de Salman Rushdie.  En Central Park también leí «El perseguidor» de Cortázar y, como casi siempre que me tropiezo con Johnny Carter, me vinieron las ganas de volar a París.

 

4. Las bancas del Brooklyn Promenade: Son las mejores para sentarse a leer. No hay mucho sitio entre ellas y la barandilla que se asoma al río, así que es posible leer tranquilo sin que se crucen los turistas. Eso es lo que pensé cuando me senté para comenzar Crime and Punishment, en la elogiada traducción de Pevear y Volokhonsky. Allí leí el asesinato de la malvada Aliona y su dulce hermana Lizaveta. Nunca había leído nada de Dostoyevski (de niño dejé a medias una versión mexicana de Los hermanos Karamazov ) La descripción del sentimiento de culpa fue tan buena, que supuse que más de un asesino potencial había cambiado de opinión tras leer la tragedia de Rodion Raskolnikov.

 

5. Un excelente lugar para leer poesía es la mesita que mira a la ventana, en el café del cuarto piso del Barnes and Noble de la calle 62. Antes, uno se podía asomar por encima del libro y espiar por los ventanales de la Tower Records (ya liquidada) que quedaba cruzando Broadway. Eso es lo que yo hacía mientras leía The Quartets de T.S Eliot, mientras imaginaba ese ventarrón de la vida golpeando los ventanales de mi ignorancia.

 

6. En invierno es mejor leer en la cama, con buena luz. En verano, hay muchas mesitas de cafés al aire libre en las veredas del Village (al este y al oeste), donde se puede ser un gran lector y un gran curioso al mismo tiempo. En esos cafés he tenido mis mejores encuentros con Faulkner, con Fitzgerald, con Dryden y con Swift. Al despedirse de Nueva York, en el avión, es aconsejable leer a Oscar Wilde. De preferencia The Importance of Being Earnest  y The Portrait of Dorian Gray.