Las madres del INE

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En mi micromundo, que aseguro es muy micro, ocho embarazos han decidido coincidir. Dos ya han culminado en dos niñas, y otros seis, entre ellos el de mi hermana, irán perfeccionándose en pequeños seres, que nacerán de su padre y de su madre. Es decir, habrá un nacimiento por cada hombre y mujer.  También tengo otra amiga en busca de descendencia en solitario que anda consultando precios y probabilidades de éxito.  Ni ellos ni ella aparecen en ninguna estística. 

 

He pensado en  todo esto mientras escuchaba la noticia del descenso de la natalidad en España, por primera vez en diez años. He pensado que, en primer lugar, mi micromundo no se corresponde con las macrocifras, y en segundo lugar, que el Instituto Nacional de Estadística (INE), parece un ginecólogo tradicional que no sabe muy bien qué hacer con el padre en su consulta.

 

La fecundidad sigue siendo una estadística con referencia femenina

 

Las mujeres a la hora de parir, estadísticamente hablando, se diseccionan en solteras y casadas, nacionales y extranjeras, menores y mayores de edad, jóvenes y maduritas, estudiosas y con formación básica. Vamos, que sólo falta que sepamos el color de pelo y lo que querían ser de mayor antes de ser madre. De quienes no sabemos nada es de ellos. Parece que no hubiera padres, que todas mis amigas hubieran decidido inseminarse en solitario para tener descendencia en eso que llaman «familias monoparentales» y que suelen ser  en su mayoría «monomaternales».

 

En cambio, la única referencia, y por supuesto nunca oficial, de fecundidad protagonizada por varones, suele ser la calidad de su esperma, bastante perjudicado por su ajetreada existencia, los malos hábitos de vida y la moda de los pantalones ajustadísimos. Ahora bien, una vez producida la transcendental misión de fecundar el óvulo, (cuya calidad como gameto desconocemos, a pesar de que las mujeres llevamos ropas mucho más imposibles que los hombres),  ellos desaparecen, de nuevo estadísticamente hablando, hasta los 13 días de paternidad, que desde hace apenas dos años dan alguna entidad jurídico-política al hecho de ser padre.

 

Los hijos son de las madres. Decía la mía. Y de los padres voluntarios y voluntariosos, como los de mi micromundo, que  cuentan con 13 días, siempre optativos, a diferencia de las madres para las que 42 días de su permiso son obligatorios.

 

Los hijos son de las madres.  Y las madres del INE.  De los padres, la estadística, no quiere saber nada. A lo mejor y sólo a lo mejor, si los estudios, diagnósticos y sobre todo las políticas públicas, tuviesen en cuenta que los hijos se suelen tener entre dos, nuestras políticas de fomento de la natalidad consistirían en algo más que dar unos moribundos 2500 € por nacimiento.

 

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.