Las mentiras tienen un aspecto simple

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Mentir en lo público no es complicado. Sólo hay que hacer simple lo complejo, reducir a un slogan la estructura más compleja, polarizar para generar bandos a los que adherirse.

 

Las afirmaciones sin matices o que no son resultado de una argumentación seria son mentiras. Y miento al afirmarlo porque en un post no voy a tirar del hilo. Sólo me queda «confiar en su confianza» y esperar que ustedes intuyan que detrás de mis palabras hay algunas verdades aliñando la sentencia.

 

Estoy cansado de tanta mentira, de tanto slogan, de tanta frase hecha, de tanto titular mentiroso (quizá un titular no puede dejar de ser una verdad a medias o un simple rótulo de neón). Si obligáramos a los titulares y a los fabricantes de los mismos a pasar por la prueba de la memoria otro gallo cantaría. Los «ajustes estructurales» mostrarían su rostro de atracos planificados, la «paz social» olería a podredumbre de cementerio, la masa de ciudadanos «silencioso» que tanto gusta a algunxs políticxs alimentaría una banda sonora de balidos sin sorpresas.

 

Hoy las palabras me faltan (y me sobran). Podría estar escribiendo durante horas para demostrar que el silencio de algunos pueblos nunca es casual; que el trabajo de represión, miedo y adocenamiento nunca es casual; que el individualismo con el que nos han preñado en contra de nuestra historia de comuneros es un lastre difícil de esquivar; que las mentiras que todos los días reproducen los medios y los que trabajan en ellos a razón de la necesidad de comer son una manera de tortura colectiva, lentita, genocida, brutal…

 

Pero las palabras que me sobran están atragantadas y las que me faltan se mecen en este estúpido cansancio para resistirse a hacer comunidad y mostrar las verdades que la historia oficial y el periodismo oficioso ocultan de forma sistemática.

 

En la México decepcionada, en el Perú engañado por enésima vez, en la España prepleja, en el Estados Unidos de cartón piedra, en el Israel de la indignación, en la Rusia silenciada, en las Áfricas de la estafa postcolonial… el cansancio me puede, aunque prometo -y es el único compromiso al que me mantengo fiel- que me rearmaré de sílabas imprescindibles para cavar unos metros más de trinchera donde resistir. Lo haré de forma compleja, quizá, incluso, aburrida, pero es lo que tiene explicar la vida: poco espectáculo y mucha fontanería.  

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.