Las mudanzas

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Quería mudarme. De la apacible vida suburbana, a la experiencia de vivir bajo trenes sacando chispas. Es que me sentía un impostor ¿Vivir en Nueva York y dormir en los suburbios? No. Quería la vida ultra rápida de las películas, quería despertarme movido por los temblores del metro, ver salir al sol detrás del perfil escalonado de los edificios, dejar las huellas de la nieve en la acera entrando a mi casa. Quería mudarme al centro de todo.

 

Y me mudé. El plan era empezar a estudiar en una universidad pública en el Bronx. El precio, caro para alguien mal acostumbrado –como yo– a que la educación se la pagaran los papás; era módico al compararlo con el costo de las universidades privadas. «Eres el único peruano que conozco que se ha pagado la universidad en Estados Unidos» me dijo un amigo a manera de reproche, insinuando que yo hubiera podido estudiar y vivir bajo el amparo de alguna institución educativa norteamericana. Mi buen nivel académico limeño me hubiera facilitado una beca en Nueva York. Lamentablemente,  quien escribe esto jamás había planificado su vida. Recuerdo una sentencia terminante declamada al finalizar mi carrera universitaria: «No quiero estudiar más. Ahora a ser profesional, a ganar dinero, etc, etc «. El sueño de un joven aburguesado.

 

Así sin planificar había empezado a ganarme la vida. Así, sin mucho plan, había renunciado a un trabajo bien remunerado para intentar convertirme en editor de mi propia revista de comics y de música. Sin plan había conseguido un trabajo muy mal  pagado en una compañìa de carteles donde aprendí lo poco que sé de diseño gráfico; y sin plan me convertí en el profesor más joven de la Universidad de Lima y me transformé–de acuerdo a ningún plan, de un día para otro– de diseñador mal pagado en director de una editorial, en redactor a tiempo completo de una revista de televisión por cable y en catedrático a medio tiempo con mucho estrés. Tampoco tuve un plan cuando decidí salirrme de la casa materna, acogiéndome de un día para otro a la invitación informal de un amigo que tras la muerte de su padre se mudaba con sus hermanos a un departamento de múltiples dormitorios. «El que se va sin que lo boten, regresa sin que lo llamen» me espetó mi hermana, bloqueándome el paso con los brazos estirados en el pasillo de la casa, mientras yo me apuraba en sacar mis pocos pertrechos hacia el camión de la mudanza antes de que llegaran mis padres.

 

Esa fue mi primera mudanza. La que haría años después hacia la ciudad de Nueva York debería de ser menos espectacular. Total, después de haber decidido quedarme a vivir en los Estados Unidos cualquier cambio de dirección tendría que ser un trámite insignificante. Así y todo llegó la voz de la experiencia en llamadas internacionales. Era mi madre: «¿Para qué te tienes que mudar tan lejos de tu familia?» ¿Para qué?

 

No para seguir ningún plan, eso estaba claro. Aquella mudanza también avanzó por caminos no planificados y poco previsibles.

 

Debería haberme movido a un cuarto a quince minutos de la universidad, en el Bronx. Sin embargo, la mañana anterior a la mudanza se me ocurrió llamar a mi futuro casero, un muchacho albanés, para enterarme de que le había alquilado la habitación a un familiar de Tirana que acababa de aterrizar en Newyópolis. Ese mismo día, en Manhattan, un músico de jazz cordobés que se ganaba la vida dando giras por Estados Unidos haciéndose pasar como el vocalista de la banda uruguaya Los Iracundos, me ofreció un cuarto en Brooklyn. Quedaba sobre la calle Dean y cerca de Prospect Park –donde suceden tantas de las historias narradas en sus libros por Jonathan Lethem y Paul Auster. Este argentino que sobrevivía con otros cachuelos temporales y con clases particulares de guitarra, me alquilaría su habitación, por dos semanas– las que él estaría de gira como un Iracundo impostor–, pero a su regreso yo y mis cachivaches podríamos mudarnos a la habitación contigua, donde se hospedaban –solo hasta finales de aquel mes– un muchacho francés homosexual y una abogada parisina y coquetísima.

 

El departamento en la calle Dean quedaba a 90 minutos de la universidad y a cuatro horas en bus/tren/caminata de mi empleo–estacionando automóviles en un club de golf suburbano, trabajo con el que pude pagar mi carrera universitaria en periodismo, mantenerme, viajar por Estados Unidos y teminar mi maestría en literatura inglesa. Fue una mudanza inapropiada, impráctica, pero de otro modo jamás hubiera sabido lo que significaba vivir en Brooklyn, aquella hermana de Manhattan: la libidinosa, la bohemia, la que atrae a los jóvenes inquietos cuyos ingresos no les permiten compartir edificio  con los yuppies, los engreídos de familias adineradas o los viejos habitantes con alquileres controlados, que viven en Manhattan. Brooklyn tenía barrios como el mío, de familias africanas y árabes entremezcladas con caribeños e inmigrantes del sudeste asiático. Una iglesia nigeriana musulmuna era el edificio más emblemático de nuestra cuadra, pero dos cuadras más allá era común ver sobre las veredas de los renovados brownstones a parejas judías arrastrando los coches de sus pequeños. Blancos y negros se mezclaban bastante bien en aquél barrio que empezaba a renovarse, conforme aumentaba la demanda de vivienda en vecindarios cercanos como Park Slope o Williamsburg.

 

Mi casero era dominicano. Además, era dueño del edificio de al lado, transformado en un taller que alguna vez casi se nos incendia (los bomberos entraron a medianoche, a través de nuestro edificio, rompieron la puerta de mi dormitorio y se llevaron algunos de mis trapos para amarrar sus mangueras.) El casero solo aparecía en Brooklyn –vivía en una casa en los suburbios de Long Island– para recoger la renta y alguna vez, muy furioso e insolente, cuando lo llamamos una noche para recriminarle que a mitad del invierno a su edificio le fallaba la calefacción, y que vivíamos noches de frío inclemente. Durante el verano tuve una bicicleta y aprendí la rutina de amanecer en Brooklyn dándole vueltas a Prospect Park, pedaleando  por la calle Washington hasta el gran Arco de Triunfo donde comienza el parque, rondando durante una hora la calzada para los ciclistas y los alrededores de su pintoresca laguna.

 

Años después, aprovechando la oferta de una secretaria del departamento que ofrecía rentarme un pequeño cuarto, me mudé al Bronx. Me acomodé en una habitación a pocas cuadras de la universidad donde ya enseñaba. Ella –como casi la totalidad de mis nuevos vecinos– era dominicana; el casero era albanés. Por las mañanas caminaba hacia mi oficina y ya no necesitaba madrugar para llegar hasta el club de golf. Había espacio para tener un automóvil. Tomaba desayuno en un restaurante de esquina, abierto 24 horas, donde siempre era posible leer en paz. En ese cuarto recibí algunas visitas: algunas discretas, otras ruidosas. Algunas amables, otras veleidosas, llenas de complicaciones. Familiares, amigos, amantes; me vieron sobrevivir y a veces compartieron días y noches conmigo en ese pequeño hogar dominicano donde aprendí tantas cosas. Una de las características más interesantes de mi pequeña habitación con balcón a la calle Villa fue que temblaba con el recorrido de los trenes. No solo de uno, sino de dos: El tren elevado, el 4, chirriando sobre los durmientes tendidos sobre estructuras de hierro macizo sobre la Avenida Jerome; y el tren D, llevando su grave retumbar subterráneo debajo de la avenida Grand Concourse.

 

Pasarían unos años y otros hilos no planificados me llevaron hasta un edificio al otro lado del Bronx, en un barrio llamado Riverdale. Una mañana desperté en mi nuevo departamento y desde mi ventana pude ver los imponentes riscos de los Palisades en New Jersey; y los barcos que surcaban entre una cruda neblina la corriente del río Hudson. Vendrían tiempos de crisis y de oportunidades y, –como muchos otros de los inquilinos de aquél edificio en Riverdale– nos mudaríamos hacia el norte, siguiendo la ruta del río, como si fuera un círculo que se cierra, hacia los suburbios.

 

Dice George Steiner que leer es comparar. Dice también que para entender todo cambio el ser humano necesita apoyarse en referentes que le son familiares. Mudarme ha sido comparar. Todo el tiempo. Mudarme del tercer mundo al primero, de un barrio de clase media a un barrio obrero, de los suburbios a la ciudad y otra vez a los suburbios, de una casa a un departamento, de un cuarto individual a otro compartido. Mudarme de un trabajo de subsistencia a otro con cierto prestigio.

 

Las mudanzas son viajes, comparaciones permanentes, lecciones.