Las niñas ya no quieren ser Corinnas

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Apenas leo la prensa últimamente. Entre que son noticias que lo fueron y que todo es lo mismo repetido, como los bucles de conversación en los que entro cuando me paso con los gintonics, se me quitan las ganas de abrir un periódico. Internet lo piso poco, por no manchar. Y solo a veces me asomo a tuiter, donde no me espera nadie y entonces puedo irme sin pagar la cuenta. Jasmín nunca estuvo aquí, dirá mi último tuit, cuando se derrumbe la red social porque se haya convertido en un enorme bucle de periodistas tristemente sobrios peleándose por contarse unos a otros la noticia que acaban de leer en el Washington Post.

 

Pero he de confesar, y lo confieso, con taquígrafos y poca luz, como los políticos dicen cuando quieren parecer honrados, que estoy enganchada a las noticias sobre la señora Corinna zu Sayn-Wittgenstein, princesa postprusiana, rubia elegante, dama de malas compañías y quebradero de cabeza real. Busco sus fotos y sus noticias con avidez, como las niñas buscábamos, cuando nos obligaban a ser niñas, los cuentos donde los príncipes azules siempre eran rubios y siempre encontraban princesas con corsé con quienes casarse. Soy, y pocas veces lo he sido de algo, fan de Corinna. Ya está, ya lo he dicho.

 

La veo en las revistas mostrando joyas y pienso en Merkel revolviéndose en su cancillería con tanta ostentación y propaganda contra la austeridad germana. La leo hablando del rey como un amigo entrañable y me suena a pobrecito abuelo con bastón. La escucho contando trabajos delicados y confidenciales para el Gobierno español y la imagino a bordo de un Aston Martin por las calles de Mónaco con misiones secretas en la guantera que nuestros políticos, infelices, no sabrían resolver porque las instrucciones vienen en inglés.

 

Después espero las reacciones oficiales como se espera la explosión tras ver subir el destello de los fuegos artificiales. Y me regodeo ante una tele que ya apenas enciendo y casi nunca entiendo cuando descubro a los nuestros, zapateristas y marianeros, escondiendo la cabeza, haciéndose cruces cuando escuchan el nombre de la dama o renegando de ella ante la mismísima Biblia. Nadie la conocía. Solo su amigo, al parecer. Y nunca ha constado para nadie.

 

Pero ahí estaba. Y ahí está. Y por mucho que algunos se empeñen en pisar su cabeza para hundirla en el lago donde se hunden las miserias españolas, sale a flote. Quizá porque ya está el pantano lleno y no caben ni una mentira ni un cadáver más. O, seguramente, pienso, porque la señora Sayn-Wittgenstein, doña Corinna, como la llaman los de Izquierda Unida, juguetones y guasones tricolores, tiene branquias. O que simplemente es más lista que los otros y sabe que en el mundo de hoy importan las relaciones públicas más que las relaciones internacionales. Que es rubia, pero no tonta. Y que como en las serie esa de Juego de tronos ella tiene una bandada de cuervos que lleva sus mensajes desde el otro lado del Muro, donde se oculta en el invierno, a todos los rincones de un reino que, quizá, pronto deje de serlo. Aunque, como no leo mucho la prensa últimamente, quizá no me entere cuando eso suceda. Lo que sí les aseguro es que en tuiter no me pillarán dando la exclusiva.