Las noches de los miércoles

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Inés se marcha mañana de Beirut. Bebe una mezcla de vodka y zumo de arándanos pensando, tal vez, en todo lo que quedará atrás al volver a España. Estaba cansada, harta, pero ha sido siempre lo suficientemente sobria como para no tratar aquello que la inquietaba.

 

Cuando se abre la puerta de la casa, iluminada como en una celebración navideña, lo primero que se divisa son unas palabras chillonas que retumban como una orden: “Life is beautiful”. Un vestido rojo largo de gasa cuelga de una percha, desempolvado como si la dueña tuviese que salir a participar en un aquelarre en cualquier momento. Pequeñas luces ondean entre los muebles vintage o sencillamente viejos de los que no han podido deshacerse. En el coqueto salón fotografías antiguas en blanco y negro, el rostro de Edith Piaf, sonido de música, collares y anillos, un grupo de extraños libaneses y más consignas que solo podrían inflamar una sangre joven: Create the things you wish existed…El ambiente es agradable, el sueño infantil de una mujer adulta que celebra la vida en un salón cerrado, con unos ventanucos que lo asemejan a una prisión y por los que apenas se colará la terrible luz del día.

 

La anfitriona, seductora, de piel lechosa y dientes ennegrecidos por el tabaco, recibe cada miércoles a su propia corte de seguidores; una prole de frikis locales y extranjeros en busca de nuevas experiencias. En la esquina de un sofá se expande un inmenso gordo silente que sujeta entre sus manos una guitarra española. A su lado, una chica de pronunciado escote y aspecto de tonta suelta vaguedades en inglés, se ríe estúpidamente como si estuviera protagonizando uno de los momentos estelares de su carrera. El guaperas de la reunión ensalza las bondades estéticas de unos taburetes, supongo que obra suya, en los que han pegado trozos de fotografías y que luego algún listo intentará vender por doscientos dólares. No falta un marica de poblada y larga barba, pantalones cortos y ojos pintados de negro aportando el toque exótico y equívoco a la fiesta, ni el dulce francesito, pálido y con gafas, camisa perfectamente planchada, que saborea a bocados ese Beirut “nocturno y  salvaje”, lo menos salvaje de esta ciudad….

 

Un amigo me cuenta que hace un par de años la comitiva de los miércoles se afanaba en cosas diferentes. En el particular reino creado por la anfitriona, -una niña bien obligada por las circunstancias de su infancia en Arabia Saudí a divertirse, gozar y ver como pasaban los años encerrada en el hogar-, se bebía, se bailaba, se pintaba, y se follaba hasta que ella decidió que iba a casarse. Algunas cosas tienen que torcerse para que el resultado sea una buena novela…Me invita con sus historias a que vuelva a echar un segundo vistazo a los invitados. El gordo se ha lanzado a acariciar con extrema delicadeza las cuerdas de la guitarra después de meses practicando en el mismísimo Jerez. Un mexicano que encontramos en un bar rebate borracho y sarcástico a la dueña tras asegurar ella que en la vida hay que estar siempre enamorado…La chica con cara de tonta, y que ha resultado ser huérfana, se retira pronto, quizá para dedicarse a sus negocios, quizá para dormir…

 

Inés se marcha mañana de Beirut. Bebe una mezcla de vodka y zumo de arándanos pensando, tal vez, en todo lo que quedará atrás al volver a España. Estaba cansada, harta, pero ha sido siempre lo suficientemente sobria como para no tratar aquello que la inquietaba. Su retirada, de pausados pasos, se acercó callada pero firme, sin grandes aspavientos, como una pequeña planta que un día, de repente, ha asomado en medio del asfalto. No puedo utilizar un símil con connotaciones negativas porque conozco muy bien la aspereza que deja sobre la piel Beirut. Una aspereza que ya no va a irse, que te acompaña, que irrita pero que vuelve a uno más fuerte.

 

Sí, los presentes de esa noche son todos unos supervivientes, duros, mil veces más duros que yo, que cualquiera de nosotros. Han nacido durante una guerra que se prolongó  15 años, saben cómo arreglárselas, saben que nada es gratis, han salido adelante, volverían a hacerlo si fuera necesario. Pero nosotros, aunque infinitamente lejos de sus dramas particulares, también, a nuestra manera, hemos cambiado aquí, seguimos creciendo aquí. Y Beirut, tan abierta y acogedora como desleal, tan poco compasiva y sentimental, tan egoísta y centrada en su propia supervivencia, tan trepidante y olvidadiza, te consume y te agota; es un vieja ladrona de sueños e ilusiones que en ocasiones sienta a tu lado, junto a un Martini y un vodka, a alguien con el que finalmente bajarse del mundo un rato.