Las olas, el miedo, la línea del borde

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El mar ruge tras nosotros, siempre más allá de nuestro alcance. Después cada uno avanza como una ola, una cresta efímera que sólo posee la espuma del momento, una velocidad específica, la masa de su impulso. En este sentido, lo queramos o no, vivimos en el uno a uno de la existencia, una ex-sistencia que no tiene metalenguaje que la abarque y la interprete desde fuera, ninguna totalidad que nos permita sentirnos como «el maestro en su morada» (Freud). No hay más que entregarse a la lógica de la discontinuidad, de una sorpresa inanticipable donde uno encuentra siempre más y menos de lo que esperaba, una contingencia que hay que navegar con instrumentos del momento. Cualquier sensación se compone ahí con el vacío, con la distancia insalvable de un Sáhara. Lo que se logra con este método es una planicie inmanente sostenida por una trascendencia meramente sensitiva, una eternidad que coexiste con la más breve duración.

 

Deleuze recuerda que no hay un solo artista o pensador que no atraviese estas crisis. El pensamiento de Foucault, por ejemplo, más que evolucionar y dejar atrás estadios, conquistando nuevos niveles de estabilidad definitiva, procedía por crisis, a sacudidas. Nadie en el fondo puede librarse de estas crisis, un suelo sísmico del que también habla Jünger [1]. Es ese rasgo de tartamudez, de torpeza, el que les concede a algunas personas un encanto peculiar, a un paso de volverse imperceptibles. En todo caso, ese temblor confiere a los pensadores una coherencia superior, la facultad de desviar la línea, de cambiar su orientación, de encontrarse de nuevo en alta mar y, por tanto, de descubrir e inventar. Se trata, podríamos decir, de un registro clandestino del pensamiento, un estado nómada: mientras los demás siguen hablando de cualquier cosa, alguien se fuga a un volcán y vuelve con los ojos enrojecidos.

 

Si la vida es así, la perpetua inquietud marina, espejeando sobre un fondo insondable, sería una de sus metáforas privilegiadas. Como decía Leibniz: cuando creíamos haber llegado a puerto, nos encontramos de nuevo en alta mar (allí donde Zaratustra puede hacer unas preguntas terribles a sus compañeros de viaje, uniendo superficie y abismo). Desde esa piel que tiembla, la única comunicación a la que podríamos aspirar se conformaría según el modelo de Adorno (la botella arrojada al mar) o según el modelo de Nietzsche (la flecha que un pensador lanza para que otro la recoja). Desde este modelo de vida, del cual incluso el arte sería un reflejo externo, la regla es un instante que no tiene continuidad en el tiempo, que no está protegido por la cobertura (curiosa palabra) del tiempo social. En la Monadología de Leibniz, en la «nomadología» de Deleuze, reaparece la verdad de esta experiencia. Todo en ella se pliega, se despliega y se repliega, se percibe en pliegues. El mundo entero reaparece plegado en cada alma, que descubre en cada momento tal o cual de sus regiones. Se trata de una situación extrafilosófica a la que la vida siempre nos remite. Como una capilla barroca «sin puertas ni ventanas» en la que todo es interior, o bien una música barroca que extrae la armonía de la melodía. El Barroco eleva al infinito el pliegue, como vemos en los cuadros de El Greco.

 

El plano de inmanencia de la tierra, la fuerza política del deseo. Una violenta actualización de cierta polaridad irredimible («A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César») es la que Deleuze ha tratado con una inusual energía a lo largo de Mil mesetas, un libro que permanece prácticamente enterrado por esta época de ruidosa comunicación. Se trata de la diferencia entre lo liso y lo estriado: es decir, el espacio nómada por un lado, y el espacio sedentario, por otro. En un caso, la primacía de las líneas, la velocidad de un trayecto en el cual los puntos son sólo abstracciones provisionales, momentos inestables. En otro caso, la primacía conservadora de los puntos, estaciones estables de las cuales parten líneas seguras que los unen. Quizá habría que decir que todo progreso se realiza por y en el espacio estriado, mientras que es en el espacio liso donde se produce todo devenir. Y aquí nunca se acaba nada. Lo Liso es el espacio de la visión próxima, el espacio háptico. Lo Estriado es el espacio más seguro de la visión lejana, óptica. En relación a la cercanía háptica, Cézanne habla de una proximidad, de una inmersión en el «absoluto local» que ya no permitía ver los campos de trigo. El arte integra necesariamente su propia catástrofe y lo que surge después es una suerte de potencia de ilocalización, asegurando el desvanecimiento de los cuerpos. Se trata de un «fenómeno de borde» que le permite a Cézanne hablar de la necesidad de ya no ver los perfiles figurativos de la inmediatez, de estar inmerso en ella, de perderse, sin referencia, en un espacio liso [2].

 

Pero lo estriado y lo liso no se oponen simplemente como lo global y lo local. Pues, por una parte, lo global todavía es relativo, mientras que, por la otra, lo local ya es lo absoluto, como en el resplandor del espacio esquimal o en la infinita complejidad de la arquitectura árabe. El peligro de lo liso y la defensa del estriaje. Tenemos un pie en cada polo, y no podemos vivir exclusivamente de uno u otro. Lo liso sin defensas lleva a un desfiladero suicida, a una autodestrucción estéril. Lo estriado sin línea de fuga, que es la norma mayoritaria, nos convierte en policías, en funcionarios de la vieja inquisición de la Historia contra la vida. En cada caso tenemos que estar relativamente protegidos en un estriaje para desde él abrir una vía de agua que nos permita fugarnos. Como si fuéramos prisioneros de una cárcel cuyas paredes se desplazan con nuestra fuga, una fuga que, sin embargo, ha de renovarse ante cada nueva pared para liberarnos puntualmente.

 

Esta diferencia entre el devenir e historia [3], punto de fuga que reproduce constantemente un afuera, minando cualquier nivel de la organización social, se prolonga a lo largo de Mil mesetas con nombres distintos. El rizoma (o la hierba) crece bajo el árbol, la manada se fuga de la masa, lo molecular escapa a lo molar, lo maquínico a lo mecánico, lo minoritario a cualquier mayoría (escapando incluso a las minorías fijadas). Lo háptico y lo óptico, el espacio liso frente al espacio estriado, la máquina de guerra frente al Estado… No se trata de otro dualismo, sino de una «doble articulación» que hace que la estratificación histórica siempre sea corroída por la mala hierba de un afuera que se multiplica, bebiendo de una relación afirmativa con la muerte.

 

Es un bloque de devenir siempre asimétrico. Achab forma un bloque con el devenir-blanco de Moby Dick, pura muralla blanca. Él encuentra la línea de separación, la sigue o la crea, hasta la traición. Moby Dick es seguido por Achab como si fuera el Único, el Leviatán, el Anomal, el Monstruo con el que hay que medirse [4]. En efecto, algunos hombres tienen con el viaje, con la manera de viajar hacia otras civilizaciones (Oriente, América del Sur), y también con la droga y sus viajes in situ, una relación totalmente distinta que la de unos europeos que, dice Deleuze, siempre nadan en la cercanía de sus padres. Una verdadera ruptura es algo sobre lo que no se puede volver, que es irremisible, puesto que hace que el pasado deje de existir. Según Fitzgerald no se trata de partir hacia los mares del Sur, no es eso lo que determina el viaje. No sólo existen extraños viajes en la ciudad, también existen viajes in situ. Y un pensar que es viajar. Por ejemplo, Toynbee precisa que los nómadas son los que no se mueven; no quieren moverse, pues se aferran a una mítica región central que les obliga a abandonar cualquier sede, a fugarse de toda empalizada [5]. Deleuze recuerda aquí una inolvidable frase de Beckett: «Que yo sepa, no viajamos por el placer de viajar; somos imbéciles, pero no hasta ese punto» [6].

 

El viento, el trayecto, el rumor de las quillas. El mar es quizá el principal de los espacios lisos, el modelo hidráulico por excelencia. Pero el mar también es, de todos los espacios lisos, el primero que se intenta estriar, transformar en un anexo de la tierra, con caminos fijos, direcciones constantes, movimientos relativos, toda una contrahidráulica de los canales o conductos. Una de las razones de la hegemonía de Occidente fue la capacidad que tuvieron sus aparatos de Estado para estriar el mar, conjugando las técnicas del Norte y las del Mediterráneo, y anexionándose el Atlántico. Como señala Virilio, el mar será el lugar del fleet in being, en el que ya no se va de un punto a otro, sino que se ocupa todo el espacio a partir de un punto cualquiera: en lugar de estriar el espacio, se le ocupa con un vector de desterritorialización en constante movimiento [7]. Y del mar, esta estrategia moderna pasará al aire como nuevo espacio liso, pero también a toda la Tierra considerada como un desierto o como un mar [8]. Transformador y capturador, el Estado no sólo relativiza el movimiento, sino que vuelve a producir un simulacro de movimiento absoluto. No sólo va de lo liso a lo estriado, sino que vuelve a producir un espacio liso virtual, vuelve a crear una apariencia de lo liso al final de lo estriado.

 

Aquí es donde se replantea el problema muy especial del mar. Siendo el espacio liso por excelencia, sin embargo es el que más pronto se ha visto confrontado con las exigencias de un estriaje cada vez más estricto. El problema no se plantea en la proximidad de la tierra. Al contrario, el estriaje de los mares se ha realizado en la navegación de altura. De esta forma, el mar, arquetipo del espacio liso, ha sido también el arquetipo de todos los estriajes: estriaje del desierto, estriaje del aire, estriaje de la estratosfera (que hace que Virilio pueda hablar de un «litoral vertical» como cambio de dirección [9]). Lo que no contradice la otra tesis de Virilio: al término de su estriaje, el mar vuelve a producir una especie de espacio liso, ocupado primero por el fleet in being, luego por el movimiento constante del submarino estratégico, que desborda todo cuadriculado e inventa un neonomadismo al servicio de una máquina de guerra todavía más inquietante. El movimiento continuo del submarino atómico o del avión supersónico permite vigilar la quietud de la tierra, sus pueblos rebeldes o atrasados. El mar, luego el aire y la estratosfera vuelven a ser espacios lisos, pero para mejor controlar la tierra estriada, en la más extraña de las inversiones, con técnicos militares que vigilan día y noche las pantallas de radar, que habitan o habitarán por mucho tiempo sofisticados submarinos y satélites. Qué ojos, qué oídos de apocalipsis… todo esto para recordar que lo liso puede ser trazado y ocupado por potencias de organización diabólicas [10].

 

Por tanto, no sólo el mar, el desierto, la estepa y el aire, son el lugar de una confrontación entre lo liso y lo estriado, también lo es la propia tierra (según que exista, por ejemplo, una agricultura en espacio-nomos o una agricultura en espacio-urbe). Es más: ¿no habrá que decir lo mismo de la urbe? La ciudad sería incluso la primera fuerza de estriaje. Contrariamente al mar, la urbe es el espacio estriado por excelencia. Pero así como el mar es el espacio liso que se deja fundamentalmente estriar, la urbe sería la fuerza de estriaje que volvería a producir, a abrir por todas partes un espacio liso, en la tierra y en los demás elementos. Fuera de ella, pero también en ella, mutando en sus resquicios.

 

La ciudad es el correlato de la ruta. Sólo existe en función de una circulación y de circuitos. El máximo de desterritorialización aparece en la tendencia de las ciudades comerciales y marítimas a separarse de las regiones interiores. En este aspecto, hasta la ciudad más estriada segrega espacios lisos, que permiten habitar la ciudad en nómada, en troglodita, en rebelde. A veces bastan movimientos, de velocidad o de lentitud, para rehacer un espacio liso. Evidentemente, los espacios lisos no son liberadores de por sí. Pero en ellos la lucha cambia, se desplaza, y la vida reconstruye sus desafíos, afronta nuevos obstáculos, inventa nuevos aspectos, modifica los adversarios.

 

Nunca hay que pensar que para salvarnos baste con un espacio liso. Pero de su vértigo, esa reunión centelleante de superficie y abismo, vértigo que se reproduce en todas partes y en ninguna está garantizado, sigue siendo imagen el mar que palpita lejos, fuera de nuestra fortaleza.


O Picón, 14 de julio de 2012

 

 

 

1. Hay que recordar que, frente a Heidegger, Deleuze apuesta por el «traspasar la línea» que defiende Jünger. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-Textos, Valencia, 1988, p. 429.

2. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., pp. 484-501.

3. Dualidad que tiene un largo eco: idea (sol) y cosa (caverna), Ciudad de Dios y Ciudad terrenal en S. Agustín, Dioniso y Apolo en Nietzsche; hasta cierto punto, la tierra y el mundo de Heidegger, el bosque y la nave en Jünger (incluso verdad y saber en Lacan, el acontecimiento y la situación en Badiou). Ahora bien, en cualquiera de estos ejemplos (muy distintos, pero hermanados por una especie de «principio de radicalidad suficiente») no se trata de dos mundos simplemente opuestos. Sobre todo, esa cadena de pares no equivale sin más a la relación entre «lo privado» y «lo público». Y ello porque, en virtud de la extremada metamorfosis de la muerte común que realiza, la selva de la vida singular rodea, antes y después, a lo mediado del tiempo social pactado.

4. La teología, dice Deleuze, tiene que ser tajante en este punto: no existe el hombre-lobo, el hombre no puede devenir animal. Y sin embargo, todo Mil mesetas está recorrido por la fascinación de esa posible mutación, por un afuera in-humano sin el cual la humanidad quedaría reducida a una caricatura demasiado dócil. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., pp. 249-257.

5. Ibíd., p. 490.

6. Ibíd., p. 203.

7. «El fleet in being es la presencia permanente en el mar de una flota invisible que puede golpear al adversario en cualquier parte (…) El submarino estratégico no tiene necesidad de ir a ninguna parte, le basta con mantenerse invisible mientras navega (…) La localización geográfica parece haber pedido definitivamente su valor estratégico y, a la inversa, ese mismo valor se atribuye a la deslocalización del vector, de un vector en movimiento permanente». Citado por Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., p. 427.

8. El satélite artificial que gira desde los años cincuenta en torno a la tierra compone una suerte de reloj global que convierte al planeta entero en una esfera de medición. Se trata del ensayo de un automatismo universal donde el hombre, lejos de la materia que calla, encuentre su hábitat entre máquinas complejas. Ahora, en la época planetaria, es la entera Tierra viviente lo que se nos pretende escamotear y es su doble metafísico lo que se nos desvela progresivamente. En el orden de un simulacro que debe ser general, el Mal se habría convertido, pura y simplemente, en la presencia real, en lo real que aún se cuela eventualmente entre la multitud de los sistemas analógicos y digitales (al menos desde Hitchcock, todo un amplio género de terror vive de esa posible irrupción). El Bien consistiría en superar esa atrasada inmediatez, en erradicarla o corromperla.

9. ¿La carrera espacial ha concluido porque se ha conseguido embarcar a las poblaciones en la ingravidez orbital de la información y las redes, este “arresto domicilario” que nos paraliza? Con la alta tecnología, ¿no se busca la asepsia ingrávida de lo espacial en la tierra, masivamente, con unos arriesgados experimentos siderales que sólo jugarían el papel de modelo, ejemplarizante e inalcanzable? Quizá el fin de la coreografía espacial sea enseñarnos a vivir aquí abajo igual que seres flotantes, aislados y multiconectados. Por lo pronto, con los viajes interplanetarios se trata de diseñar un espectáculo que permita mirar lejos, apartar la mirada de aquí, del escenario común (y hoy en día peligroso, se dice) del encuentro físico. Este es el significado último de la aventura espacial, lo que justifica los desorbitados gastos, no unos resultados «científicos» absolutamente dudosos para la existencia diaria. La inversión en la nave Mir (por parte de un país arruinado como la Rusia actual) o en la Mars Global Surveyor, las excursiones por Marte con el vehículo Pahtfinder, y ese drama intermitente de la aventura espacial (tan cinematográfico y rentable para los estadounidenses: recordemos en particular los incidentes de Apollo 13), es mantenernos en vilo con las miradas dirigidas hacia arriba, hacia el poder de elevación de la alta tecnología.

10. Entre otros, ya Heidegger había adelantado la eficacia mundial en la negación de la proximidad: «La provocación total a la tierra para asegurarse su dominio tan sólo puede conseguirse ocupando una última posición fuera de la tierra desde la cual ejercer el control sobre ella». Martin Heidegger, De camino al habla, Serbal, Barcelona, 1990 (2ª ed.), p. 190.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.