Las palabras secretas. Visiones de Madrid

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En cierta ocasión contemplé cómo un hombre saltaba del tranvía en marcha y otro gritaba a sus espaldas: “La cartera, me han robado la cartera”. Los dos me parecieron tristes y pobres, con una pobreza distinta a la de los campesinos de mi tierra

 

Conocí Madrid de refilón, cuando apenas había yo cumplido los ocho años. Fue un 7 de enero y el cielo estaba gris y los árboles eran tocones secos, y a mí, que llegaba de Valencia, no me gustó el color de esas fachadas de granito y suciedad, ni el tubo del metro, poblado de ruidos, que no eran humanos, sino metálicos. También el color de las gentes y de sus ropas me pareció hosco. Pero a la salida de la ciudad, camino de Ávila, descubrí desde la ventanilla del tren enormes superficies de blanca ropa tendida sobre las rocas pardas. “Es la nieve”, me dijeron los mayores que me acompañaban, y yo empecé a pensar que la ciudad y sus alrededores, cuanto acababa de ver, tenían una belleza secreta y lejana que no había sido capaz de descubrir.

 

Me esforcé por indagarla en posteriores viajes. Un par de veces al año, durante un decenio, crucé Madrid de paso hacia tristes internados. Vi las zanjas en que trabajaban los obreros y que despedían un olor dulzón, de tierra podrida; subía a tranvías abarrotados de pasajeros, entre los que sentí por primera vez el miedo a la multitud, el desamparo; me asomé a los merenderos cerca del río en los que sonaba la música y, por encima del cerco de cañas, se adivinaba a las parejas que bailaban sin la compostura que la vigilancia pueblerina imponía; espié a las prostitutas que se aburrían en las aceras de la calle Echegaray con los ojos marchitos que me parecieron de fuego. Un aire de pobreza se escapaba entre los pliegues de las chaquetas de los hombres.

 

En cierta ocasión contemplé cómo un hombre saltaba del tranvía en marcha y otro gritaba a sus espaldas: “La cartera, me han robado la cartera”. Los dos me parecieron tristes y pobres, con una pobreza distinta a la de los campesinos de mi tierra. Alguien, a mi lado, dejó escapar palabras de conmiseración y una mujer lloraba de rabia.

 

Para entonces ya había empezado a seducirme Madrid. Había descubierto las enormes carteleras de cine que deslumbraban en la noche, la agitación de las estaciones de ferrocarril, los bares en los que discutían los banderilleros en los alrededores de la calle de la Cruz, los zapatos elegantes que se asomaban tras las puertas de los taxis, los escaparates, y a los limpiabotas con camisas azules cargadas de erráticas medallas.

 

Madrid se había convertido en un escenario desmesuradamente humano para un adolescente y le comunicaba un afán de libertad que él creía escondido entre los pliegues de las aceras grises, de sus bares con olor a churros y con el suelo cubierto de cáscaras de gambas. El adolescente que fui también buscó en Madrid los misteriosos lugares en los que se imprimían revistas y libros que hablaban de vidas extraordinarias u ocultas, de películas, de obras de teatro representadas sobre escenarios increíbles. Ese adolescente persiguió en Madrid las palabras que nadie, en el sórdido internado, pronunció jamás.

 

 

 

 

En julio de 1992, la revista La Capital, del consorcio ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’, publicó este texto de Rafael Chribes. A lo largo de los doce números de la revista se pidió a distintos escritores que habían nacido fuera de Madrid que narraran sus impresiones y recuerdos del descubrimiento de la capital.

 

 

 

 

Rafael Chirbes, escritor y crítico literario, premio Nacional de Narrativa y premio Nacional de la Crítica en 2007  2014, murió el pasado 15 de agosto en Tabernes de Valldigna, la misma localidad valenciana en la que había nacido en 1949. Entre sus obras destacan Mimoun, En la lucha final, Los disparos del cazador, La larga marcha, Por cuenta propia, Crematorio y En la orilla.

Autor: Rafael Chirbes