Las suplicantes, hondos llantos que no cesan

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Hay dos tragedias homónimas –una de Esquilo y la otra de Eurípides– cuyos argumentos son dispares aunque están unidas por el hecho de que en ambas son mujeres las que solicitan justicia; en un caso, piden no ser obligadas a un  matrimonio forzoso, y en el otro, reclaman el cuerpo de sus hijos muertos en combate. La helenista Silvia Zarco (Sevilla, 1972) ha urdido una dramaturgia que trenza con brillantez, habilidad y coherencia ambas obras y logra un texto emocionante, desgarrador, vehementemente reivindicativo y, sobre todo, esperanzado.

Esquilo, el padre de la tragedia griega, escribió Las suplicantes en una fecha que se supone comprendida entre los años 467 y 458 a. C. En esta pieza, las cincuenta hijas de Danao, llamadas Danaides por ese linaje, llegan junto a su padre a Argos, tierra de sus ancestros, en busca de protección, pues huyen de un impuesto compromiso matrimonial con sus cincuenta primos, hijos del rey Egipto (da la impresión de que las descendencias mitológicas eran tremendas y ahuyentadoras de cualquier atisbo de baja natalidad). El dramaturgo coloca a Pelasgo, rey de Argos, en una interesante tesitura dramática entre la conveniencia política y el deber humanitario, haciéndole dudar entre acoger a las jóvenes, lo que conllevaría una guerra con los vástagos de Egipto que reclaman sus derechos de propiedad sobre ellas, o rechazarlas, lo que haría caer sobre los argivos la cólera de Zeus por no haber respetados las sagradas reglas de la hospitalidad, que, por encima de cualquier otro interés coyuntural, protegen a esas mujeres defensoras de su libertad y su dignidad. Tras consultarlo con su pueblo, el monarca acoge a las fugitivas rechazando las amenazas bélicas de sus perseguidores y subrayando el carácter democrático de la ciudad. Al parecer, esta obra es la única parte conservada de una tetralogía integrada además, según se supone, por dos tragedias, Los egipcios y Las Danaides, y un drama satírico, Amimone

Las Danaides reman hacia Argos. En el centro, Danao (Cándido Gómez) y la corifeo encarnada por Carolina Rocha (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Las suplicantes de Eurípides, datada en torno al año 423 a. C., detalla el conflicto planteado tras la guerra entre Argos y Tebas, cuando Creonte, rey de esta última ciudad, impide que los cadáveres de los argivos vencidos reciban sepultura y se les rindan honores fúnebres (este hombre, como pudo comprobar su sobrina Antígona, tenía un serio problema con los cuerpos de los enemigos muertos). Las madres de los difuntos y Adastro, el derrotado rey de Argos, ruegan al monarca ateniense, Teseo, que interceda para recuperar, ya sea por vía diplomática o por la fuerza militar, los restos mortales insepultos. Este reprocha a Adastro haber iniciado una guerra para apoyar a su yerno Polinices, hijo de Edipo, en sus pretensiones de acceder al trono de Tebas y en principio se niega a hacer nada al respecto, aunque conmovido por las súplicas de las madres de los fallecidos y convencido por los argumentos de su propia madre, Etra, que le persuade de que debe hacer respetar las leyes sagradas en toda Grecia de dar reposo a los muertos, decide interceder. La llegada de un arrogante heraldo tebano, que conmina a Teseo a no interferir en las órdenes de Creonte si no quiere provocar una nueva guerra y se burla de la democracia ateniense, refuerza la decisión del primero, quien, tras consultarlo con su pueblo, marcha hacia Tebas con su ejército y logra la victoria, aunque no traspasa las murallas de la ciudad, pues su objetivo era solo recuperar los cadáveres. 

Silvia Zarco, profesora del instituto Siberia Extremeña en la localidad pacense de Talarrubias y creadora del multipremiado grupo teatral Párodos, en el que los alumnos se acercan al teatro grecolatino y revisitan los mitos clásicos, ha realizado una extraordinaria labor dramatúrgica, subrayando los vínculos entre las obras de Esquilo y Eurípides, podando con delicadeza y buen criterio los frondosos textos originales y realizando sutiles cambios para que los argumentos de ambas confluyan en un todo armónico y bien hilado. Así, por ejemplo, el comprensivo Pelasgo de Esquilo ocupa también el lugar del Adastro de Eurípides y es el mismo rey de Argos el que acoge a las hijas de Danao y quien después, tras ser vencido en Tebas, ruega a Teseo su intermediación. Por su parte, las Danaides –que aquí, por razones de economía escénica son once, y no son pocas, en lugar de las cincuenta de la obra original– se suman al coro de madres argivas y apoyan y refuerzan las razones de estas ante el rey de Atenas. Tanto Pelasgo como Teseo desoyen anticipadamente esa conocida máxima de Goethe que asegura que “es preferible la injusticia al desorden”, y optan por lo justo antes que por lo conveniente.  

Teseo (Valentín Paredes) flanqueado por Danaides (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

El latido dramático de esta función se fundamenta en tres pilares primordiales: el derecho de las mujeres a su propio cuerpo, el urgente derecho de asilo y el derecho a enterrar a los muertos; tres asuntos esenciales que hacen que estas obras escritas hace tantos siglos nos conciernan hoy como entonces y, sin quebrantar su sentido, puedan llamar a las puertas de la sensibilidad contemporánea. De inmediato, al escuchar a las jóvenes que viajan a Argos en busca de protección contra la violencia machista de los maridos impuestos y a las madres que claman por sus hijos muertos en Tebas, asaltan la conciencia imágenes de conflictos como el que vive actualmente Afganistán y llegan ecos del tañido mudo de las campanas que nunca doblaron por aquellos enterrados de mala manera en cunetas o fosas comunes.

Todo este material bullente de vida y cuestiones acuciantes lo encauza la directora Eva Romero, profesora y directora de la Escuela Municipal de Teatro de Guareña (Badajoz), en una representación fluida, ordenada, espectacular, plena de fuerza teatral y sentido dramático, que es un canto a la democracia y la libertad e incide en su talante antibélico y su feminismo no excluyente, proclamando la igualdad entre hombres y mujeres y abogando por la colaboración y las iniciativas comunes, sin jerarquías por sexo. Autora y directora firman un texto conjunto como pórtico de la obra en el que hacen hincapié en su intención de “bordar un lienzo que refleje la lucha histórica e intergeneracional de las mujeres y de los hombres que la defienden”.

La corifeo de las mujeres argivas (María Garralón) abraza el cuerpo de su hijo muerto (Eduardo Cervera) (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Presentan especial desarrollo los poderosos coros de Esquilo y Eurípides, tanto que, aunque todos tienen su preceptivo corifeo que lleva la voz cantante, puede hablarse de un protagonismo plural. Un estupendo trabajo de dirección, que tiene algún altibajo y alguna caída final en el ternurismo, pero que se alza como una de las mejores propuestas de la 67ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, clausurada por este magnífico espectáculo de factura cien por cien extremeña (un inciso, pese a este detalle ninguna autoridad autonómica de relieve asistió, salvo error, al estreno: ni presidente, ni vicepresidentes, ni consejera de Cultura).

Decisiva relevancia tienen la aportación coreográfica de Gema Ortiz Iglesias, que mueve sabiamente a los treinta intérpretes que actúan en el montaje (a los que hay que sumar los componentes del Coro Amadeus-IN de Puebla de la Calzada, que colocan el número de participantes por encima de la cincuentena), y la arrebatada música de Eugenio Simoes, autor de una vibrante banda sonora que envuelve y potencia la acción. Eficaz la sobria escenografía orgánica de Elisa Sanz y brillante el vestuario y la labor de caracterización de Pepa Casado. El trabajo de interpretación alcanza un nivel medio estupendo y, entre tan numeroso reparto arduo de pormenorizar, merece la pena resaltar el buen hacer de Carolina Rocha y María Garralón, en los cometidos de corifeo de las Danaides y las mujeres argivas, respectivamente, y la solidez del Pelasgo de David Gutiérrez, el Teseo de Valentín Paredes y el Danao de Cándido Gómez, además de la puntual y espléndida aportación al cante de Celia Romero. Montajes como este honran y justifican el Festival de Mérida; lástima que probablemente tendrá poco recorrido fuera del ámbito del certamen, lo que me parece bastante injusto.

Panorámica de todo el reparto con el Coro Amadeus-IN de Puebla de la Calzada en primer término (Foto: Jero Molares /Festival de Mérida)

(Una nota final: Resulta irritante ver que muchos espectadores, especialmente los de la “zona noble” de la orchestra, se pasan la función con los móviles encendidos, consultándolos o haciendo fotos, con las consiguientes molestias para los actores, a los que afecta el resplandor de los aparatos conectados, y el resto del público, cuya atención se ve perturbada por las luces de las pantallas y los movimientos de esos maleducados energúmenos a quienes, más que el espectáculo al que asisten, parece que solo les importa atesorar repetitivas imágenes del mismo para su propia satisfacción y la probable aflicción de sus amistades, martirizadas por las muestras de esa constatación innecesaria de los lugares visitados por el palurdo de turno; algo semejante a esas inscripciones del tipo “Tiburcio ha estado aquí” con las que gente incívica ensucia y deteriora monumentos).  

Título: Las suplicantes. Autor: Traducción y versión libre de Silvia Zarco sobre las obras homónimas de Esquilo y Eurípides. Dirección. Eva Romero. Escenografía: Elisa Sanz. Vestuario y caracterización: Pepa Casado. Iluminación: Rubén Camacho. Música original: Eugenio Simoes. Coreografía: Gema Ortiz Iglesias. Espacio sonoro: Adolfo Sánchez Mesón. Coproducción: Festival de Mérida y Maribel Mesón, producción y distribución teatral, con la colaboración del Ayuntamiento de Guareña. Intérpretes: Carolina Rocha, Cándido Gómez, David Gutiérrez, Eduardo Cervera, María Garralón, Valentín Paredes, Rubén Lanchazo, Javier Herrera y Roberto Monago González / Víctor Pulido Barrero, además de los componentes de los coros de Danaides, madres, y egipcios y soldados, y del Coro Amadeus-IN de Puebla de la Calzada. Cante: Celia Romero. 67º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida. Mérida (Badajoz). 18 de agosto de 2021.

 

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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