Las vidas de Grace

0
184

Con una buena mezcla de tragedia y comedia, Cretton nos recuerda que el sentido del humor es necesario hasta en el infierno. Cada punto oscuro, a veces en exceso dramatizado, va seguido de otro que le quita hierro. Si no hilarante, la ligereza de la siguiente escena arroja un poco de luz en el claroscuro de esos seres intermedios que no son ni ángeles ni demonios. Todos ellos hijos de un dios menor, tan tullido como sus inestables criaturas.

 

Destin Cretton (Maui, 1978) maneja las emociones difíciles de la rehabilitación, un terreno donde es fácil hacernos caer en el bochorno, con una buena mezcla de inteligencia y pudor. Podría ponerse entre los defectos, quizás, una cierta satanización de la labor paternal de los mayores. También un posible regodeo en el larvario de las víctimas, con desgracias que a veces se encadena con excesiva continuidad. Son dos zonas de duda en un conjunto precioso, punteado a veces con delicados toques de humor y de belleza.

 

El escenario es la educación especial en USA. Jóvenes al borde de la exclusión; padres desaparecidos, irresponsables o violentos; la medicación y el sufrimiento; el amor, el odio y la indolencia adolescente; la herencia del hermetismo y la crueldad mutuas… No es otra película más sobre profesores, sino más bien sobre el desamparo. Una historia dura (alguna gente se va de la sala), pero llena de ambivalencia y de matices. Con preguntas además muy actuales, tal como está el pantano educativo en medio de la obscenidad mayoritaria.

 

La poderosa indiferencia de Jayden (K. Dever) nace del estrago. Hosca, distante, aislada del mundo por la amargura que alimenta sin cesar un padre violento y alcohólico, Jayden se autolesiona cada vez que sufre otra decepción inesperada. A diferencia de tanto cine hecho a medias, en Las vidas de Grace cada personaje habla desde la tensión de su piel. En este punto, incluso el encantador Nate (R. Malek), ingenuo hasta la irrisión, emana credibilidad. Sobre todo, el triste y meditabundo Marcus (K. Stanfield), herido por una zorra materna que nunca le ha dejado en paz y le obliga a una vida silenciosa, oscilante entre la rabia y el mutismo. Y también ese frágil chico rubio (A. Callowey) que de vez en cuando intenta escaparse y no puede vivir sin unos muñecos que los expertos conductista le acaban quitando porque «tiene que aprender a vivir con la falta».

 

Toda esta coreografía un poco límite resulta aliviada, curiosamente, por el hecho de que los monitores, Grace (Brie Larson), Mason (John Gallagher) y sus ayudantes, no están mucho mejor que los chicos a los que cuidan. Es precisamente esta convergencia oculta, a través del sufrimiento de cada pasado, lo que permite la eficacia del cuidado. Y esto tanto en la resolución constante de Grace, más allá del cumplimiento del deber y los protocolos, como en su compañero Mason y los demás. Incluido Nate, el encantador chico inexperto que aparece como un pijo becado por la Universidad.

 

Short Term 12 es el título original y, efectivamente, la obra de Cretton habla de plazos cortos, de vidas aplazadas en franjas espaciotemporales. El orden social se basa en esta precariedad, con frecuencia arbitraria, en un relevo continuo de protocolos que permiten una alta dosis de irresponsabilidad impersonal. Contra este metalenguaje variable luchan Grace y sus compañeros en un centro estatal para jóvenes «desfavorecidos».

 

Con una buena mezcla de tragedia y comedia, Cretton nos recuerda que el sentido del humor es necesario hasta en el infierno. Cada punto oscuro, a veces en exceso dramatizado, va seguido de otro que le quita hierro. Si no hilarante, la ligereza de la siguiente escena arroja un poco de luz en el claroscuro de esos seres intermedios que no son ni ángeles ni demonios. Todos ellos hijos de un dios menor, tan tullido como sus inestables criaturas.

 

Buena factura, pegada a los seres y los detalles en curso. Es particularmente creíble la personalidad de Grace, sonriente y resuelta, cargada de humanidad y sentido del humor, capaz también de ser fría y gritar con autoridad cuando una emergencia lo requiere. Tanto Grace como Mason no son primeramente funcionarios. Lógicamente, funcionan con las normas estatales como referente, pero improvisando continuamente en función de la situación. Como si el pequeño y bendito estado de excepción de ese centro estatal, una especie de limbo jurídico fuera del cual no tienen ninguna autoridad (si un chico logra escaparse, ya no pueden tocarle), justificase una excepcionalidad continua.

 

«No somos su padres, tampoco sus colegas. No les dejes acercarse demasiado. Empieza por el NO». Éste es el consejo de Grace al primerizo Nate. Frente al esencialismo genérico de los protocolos, que también en los Estados Unidos actuales es la norma, lo propio de Grace y su equipo es un esencialismo personal que les obliga de vez en cuando a pasar miedo, sufrir cierta indecisión y también a una dosis de vergüenza. ¿Hay algo que merezca la pena que no nos obligue a cambiar de color? A Grace y Mason les unen varias cosas, también una buena relación con la vida en estado crudo. Por tanto, con la duda.

 

Impulsiva de corazón, a Grace no parece importarle mucho un universo de reglas que puede, al menos por omisión, permitir el maltrato. Su jefe, casualmente negro, puede no obstante tener razón cuando le pide que cuente hasta diez antes de actuar por su cuenta y riesgo. En casa, por lo demás, los pantalones los lleva ella. Mason es demasiado honesto como para no reconocer que es ella la que sabe, la que tiene el valor que pocos tienen. Sin dejar de amarla y admirarla, Mason mantiene la distancia y no puede dejar de reconocer que ha de estar a la expectativa de alguien que, en varios sentidos, está de vuelta.

 

Es cierto que no resulta del todo creíble que en ambos (más todavía en ella), hijos de una infancia maltratada por sus respectivos padres, se dé tal solidez emocional, esa generosa empatía con los seres indefensos. Tal capacidad de escuchar y actuar, poniendo en suspenso toda normativa, Grace la corona con su poder elemental de mando. Mason, borda su labor con la palabra y unas historias que convierten todo lo que ocurre dentro en una leyenda donde no es fácil separar realidad y ficción.  

 

El desarrollo de Short Term 12 es impecable. Subsiste la duda de una satanización de los mayores que se ha convertido en un tópico sospechosamente funcional. Cuando además, tampoco las generaciones siguientes lo han hecho de maravilla. No obstante, los errores un poco maniqueos de Cretton están tan bien puestos al servicio de amar las vidas que antes hemos destrozado, que se le puede perdonar esta vehemencia. Acaso sólo busca acentuar un justo efecto de contraste.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.