‘Lear’, celebración versus resultado

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Cartel de "Lear" - Teatro Real
Cartel «Lear» – Teatro Real – Aribert Reimann

El estreno de Lear de Aribert Reimann en el Teatro Real es un motivo de celebración. Y hasta ahí se puede celebrar, porque otra cosa es el resultado concreto de ese estreno. Que no ha sido bueno, a pesar de lo que diga la crítica oficial, la que se publica en los periódicos de tirada nacional y que lo único que no ha encajado unanimemente es un hombre mayor desnudo en escena.

Lo primero que falla es el libreto. Ininteligible para alguien que conozca la obra, así que para quien no la conozca, no te quiero ya ni contar. Por lo menos si se siguen los sobretítulos en español. Una ininteligibilidad por la distorsión entre lo que sucede en escena, incluida la música, y lo que según los sobretítulos citados se están diciendo, es decir, cantando sobre una base musical.

En este aspecto, en que se está hablando también de lo musical, hay que incidir porque debido a la costumbre se tiende a considerar que si la música está bien, todo está bien. Las óperas se escriben para ser puestas en escena, por favor, pregunten a los compositores contemporáneos o lean sus memorias si están muertos y enterrados.

Empezando, pues por el libreto Claus Hennberg. En el que parece que alguien dice algo y otro personaje sale por peteneras de forma habitual, aunque no siempre. Lo que tiene delito ya que se parte de una obra de Shakespeare, su famosa, hiriente y sangrienta El rey Lear.

Esa en la que un rey mayor, decide, como muchos reyes ahora en Europa, jubilarse y repartir el reino. Un reparto que hace en función de las muestras de amor públicas que hagan sus hijas. Una decide que no va a decir ditirambos. El rey se lo toma mal. Deshereda a la hija, y, no solo eso, la casa con el Rey de Francia, como castigo, cuando parece que este rey y su pueblo la adoran.

¿Qué pasa luego? Que el anciano decide vivir la vida padre. Y las hijas que han recibido la herencia se hartan e intentan cortarle las alas y los gastos. El rey elige el destierro, los fríos bosques, la soledad de los desarrapados y el calvario de la pobreza, antes que una dorada jubilación sin fiesta o con una fiesta recortada.

Mientras tanto, las hijas luchan por quedarse con todo. Y en esa lucha sacan lo peor de sí mismas. La hija enviada a Francia vuelve para socorrer al padre. En este río revuelto, el hijo bastardo de un conde trata de quedarse con lo que considera que es suyo e incluso más. Y quien no muere, vuela.

Menudo lío, ¿verdad? Pues ni la música, ni la letra que le acompaña, ni la dirección musical de Asher Fisch, ni la escénica de Calixto Bieito ayudan. Y no queda claro si por el material de base del que parten, es decir, la música y el libreto de Lear, o si es por su intervención o es la conjunción de todo.

Lo cierto es que la orquesta suena como si fuera un conjunto de instrumentos y no un conjunto musical, que hacen música todos juntos. Un comentario que no tiene nada que ver conque tenga melodía o tono. Ahora suena la percusión, ahora la cuerda. Mejora en la segunda parte, porque recurre a Wagner, o eso parece desde la platea. Como los músicos son buenos, pues cuando les toca tocar suena bien. Que se está ante una de las mejores orquestas de España.

Y lo de Calixto lo tendría que explicar él. La escena inicial del rey repartiendo pan, es facilona no, lo siguiente. El que no se tenga en cuenta las características actorales de Bo Skovhus, muy limitadas, y su cuerpo, muy musculado, hace que no se le pueda creer como anciano, ni de lejos. Un anciano no es una persona que tiembla y menos este rey fiestero. No le ayudan ni lo que canta ni cómo lo canta, si la partitura coincide con lo que se oye en directo.

Algo similar pasa con el resto de personajes y los cantantes que los representan. Quizás, haya una excepción, Andrew Watts, que cuando no tiene que rascarse, se le oye cantar bonitas arias, tanto en lo vocal y en lo musical.

Es esto último lo que hace pensar que es la producción que se presenta en el Teatro Real lo que no funciona. Quizás tenga que ver con que la puesta en escena es una reposición, en el sentido que no es Calixto Bieito quien la dirige y quien ha estado en el día a día. Porque hay cosas en este montaje que, independientemente de que gusten o no sus puestas en escena, un profesional como él no se permitiría. Pero que una persona que dirige una reposición tiene que hacer porque lo que se le pide es reproducir lo más fielmente que pueda la puesta original.

Como tampoco queda claro la calidad de la música por la forma en la que suena y por la manera en la que se canta. En la que se nota y se siente que los cantantes no saben desde que temperatura emocional y mental están cantando sus personajes, contribuyendo a la impresión de montaje fallido.

Cuando se dice esto, muchas personas hacen notar los aplausos y los bravi. Con esto de la moda de grabar los aplausos para subirlos a Instagram o YouTube se pueden hacer comparaciones no subjetivas. Lo habitual es que los aplausos duren cinco minutos en un montaje normal en el Teatro Real. Esta vez llegaron a los cuatro a duras penas, mientras había espectadores que se levantaban de sus asientos y se iban sin decir nada.

Y no, no es porque no se hayan enterado o sean unos rancios que quieren siempre lo mismo. Es que la propuesta en su conjunto no funcionaba como lo que es, un drama. Comenzando por la música, por lo menos por cómo se oía, lo que no permitía apreciar si lo compuesto valía la pena. Claro, siempre y cuando no se fuera con la lección aprendida, en vez de escuchar lo que pasaba en el coso madrileño.