Lecturas estúpidas para un estúpido planeta donde la estupidez es gratis

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Entender el mundo actual es tan difícil como debía serlo hace 50 o 75 años, pero este es el que nos tocó vivir y estamos escasos de intérpretes y saturados de comentaristas (y blogueros). Lo cierto es que yo no entiendo nada y solo puedo compartir dudas y esquirlas para sentieme más acompañado y menos idiota. Bueno… o leer revistas para idiotas y así, al menos, me siento parte de una tribu que me puede proteger en caso de tormentas imprevistas.

Esta mañana, sin ir más lejos ni recordar sucesos enquistados en mi desmemoria, le eché un ojo (o varios) a algunas de estas revistas para mujeres que me recuerdan por qué es imposible acabar con el machismo o con la estupidez (pleonasmo doble y persistente). Confieso que un reportaje sobre juguetes eróticos me llego a perturbar porque a pesar de cierto saber acumulado en el tema y de los blogs sexuales (los cuasi unicos con comentarios y lectoría) descubrí que hay aceite de masajes comestible y dildos triples que pueden excitar vagina, clítoris y ano al tiempo (un exceso de lubricación casi mortal). Por lo demás, terminé con atracón de bolsos y diseñadores que se toman su vida en serio; textos semiesotéricos sobre cómo triunfar en pareja, y bazares de productos todos ellos «imprecindibles» para ser feliz, triunfar en sociedad o, al menos, echar un buen polvo para el que, en realidad, hace falta poca ropa.

En estos momentos de intimidad de peluquería me volví a sentir un cafre, un amargado, un ser incapaz de gozar de esas perqueñas cosas que definen a las sociedades del primer mundo y a las suciedades que en ellas se esconden. Claro, el empacho de estupidez diagramada llegó después de varios días en el interior de Otramérica, de reuniones con campesinos que tratan de no perder sus tierras; de lograr los 70 dólares para que Adolfo pueda enterrar a su sobrino, un chico epiléptico que dejó de respirar gracias a los gases lacrimógenos de la Policía; de escuchar de unos amigos la lucha del Frente de Resistencia de esa Honduras que ya todos hemos olvidado… Amargado como ando por la vida me encanta leer los diarios de allá, de esa Otraeuropa, donde se combinan estúpidos suplementos de verano con reportajes sobre las miserias del no autodenominado tercer mundo. Y pienso si no será que la combinación es necesaria: lecturas estúpidas para mantener dormida la conciencia y reportajes dramáticos sobre el Otro para generar esa estúpida sensación de tranquilidad que proporciona vivir en el lado amable -y estúpido a ratos- del planeta donde la estupidez es casi gratis. 

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.