Leer en la piscina

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'Ensenada canadiense' (1940), Milton Avery.
‘Ensenada canadiense’ (1940), Milton Avery.

Vuelvo a mi cruzada estival: criticar de todas las maneras posibles -y plausibles- al lector de hamaca y bordillo de piscina; al lector de posado de verano, que lee como si fuera Belén Esteban o Ana Obregón escondiéndose de los paparazis tras un tomo de Ken Follett o una novela de Dan Brown. Y los critico, básicamente, porque hojear un texto cerca del agua me parece una temeridad, una inconsciencia y, sobre todo, una estupidez.

Yo, como lector perenne y vivaz, también leo de vez en cuando al lado de la piscina, pero lo hago como puedo hacerlo en el metro, en la consulta del dentista o subiendo a mi despacho en ascensor; es algo circunstancial, y, personalmente, sigo sin encontrarle el atractivo: al fin y al cabo, el reflejo de la superficie contrarresta con la opacidad de la página, con el contraste del negro sobre blanco de las letras y con el placer de disfrutar del día con los ojos abiertos, y no entrecerrados u ocultos tras unas prominentes gafas de sol. Ya hablamos de esto por aquí, pero creo que hay personas que estructuran su rutina -y sus actividades- simplemente para combinar sus gafas de sol, tanto en interiores como en exteriores.

Si pueden evitarlo, repito, alejen sus lecturas de los azulejos de una piscina. Báñense o lean, pero las dos cosas no; ¿o es que también llevan toallas y sombrillas a la biblioteca? Una piscina, en todo caso, servirá para leer aquellos libros de los que no queremos presumir -sino deshacernos-, y nada más. Como hacía Umbral, que tenía la elegancia de no haber aprendido nunca a nadar y de tirar los ejemplares que no le gustaban al fondo de la piscina de su casa de Majadahonda. O como nos contaba Laura Ferrero en el relato que daba título a su primera recopilación de textos, ‘Piscinas vacías’ (Alfaguara, 2016), donde nos decía, precisamente, que las piscinas vacías se habían convertido en un «eterno símbolo de duelo», llenas de «cosas ridículas» y de «desperdicios» acumulados «en un extraño hueco del jardín». Para eso están, queridos lectores estivales; para eso y para poco más.

Que yo entiendo que es vistoso tomar el sol y protegernos de la radiación con un best-seller, pero al igual que la crema no es efectiva si se pone sólo una vez al día, tampoco es efectivo leer novelas u obras de teatro exclusivamente durante los meses de estío -es decir, junio, julio y agosto-. Es lo que sugieren Umbral y Ferrero: si se usan las piscinas que sea, al menos, para amontonar los desperdicios; si no, quizás el desperdicio seas tú. ¡Por Dios, si hasta en la novela de Allan Hollinghurst, ‘La biblioteca de la piscina’ (Anagrama, 1990), sus protagonistas hacían de todo entre las estanterías de aquel cuartucho lleno de libros y pegado a la pileta olímpica menos leer! Cada cosa tiene sus momentos y sus espacios; y, vaya, si alguna vez me encuentran a mí enfrascado en algún texto y estoy pegado al agua, no duden ni un momento en tirarme directamente a ella; con el libro en la mano, con el móvil en el bolsillo y hasta con las gafas de sol puestas para leer.

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