Leer(nos)

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No somos nunca plenamente conscientes de quién ni cómo nos leen.

Y quizá ahí radique el secreto que todos perseguimos en la escritura. Ese no saber que sabemos. O dicho de otra manera: ese no querer saber lo que no sabemos.

Porque lo que es claro es que nuestra percepción del mundo es nuestra y solo nuestra y creemos fervientemente que así se transmite nuestro mensaje (con nuestras palabras) de manera clara, diáfana, inamovible. Pero no. Porque las mismas palabras no dicen siempre lo que nosotros querríamos decir.

Y es lógico, porque a esas mismas palabras que sí que dicen lo que queremos decir (en nuestra mente, en nuestras manos, pero ya no cuando se hacen públicas), los lectores les adhieren el manto de sus expectativas y prejuicios.

Y ya está bien que así sea.

Escribe Manuel Vilas en Alegría: “Somos una forma de hablar, y debemos ser fieles a esa forma de hablar, porque es nuestro patrimonio moral”.

Igual que la magia de los Reyes Magos de hoy, sea así la magia de la escritura de todos los días: una magia necesariamente mediatizada.

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