Leiro

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Publiqué
hace unos años un ensayo
sobre la obra de Doris Salcedo
y sus trabajos en torno a la
masacre del Palacio de Justicia en que decía


Que
su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo
pretende. No necesita de la explicación, del folleto, para poder ser
apreciada, porque es bella más allá de lo que significa, como lo es
la de Richard Serra, la de Chillida, la de Oteiza, la de Rachel
Whiteread. El espectador puede limitarse a admirarla sin necesidad de
interesarse por lo que hay detrás. La autora no impone el
significado, no obliga a recordar con ella. El recuerdo que se quiere
evocar se impone solo: como no es imprescindible entender la obra
para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del
espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está
viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…


Me
acuerdo de que mi amigo el psicoanalista bogotano Simón Brainsky, de
quien precisamente heredé la amistad con Salcedo, me peleó
por eso de “que su obra sea estéticamente atractiva añade
a lo que Doris Salcedo pretende..
.” y aunque no recuerdo muy
bien los términos exactos de la conversación sé que entonces, tal
vez como ahora, me costó explicar qué quería decir. Y sin embargo
tengo muy claro que es un elemento estético, una base estética, lo
que hacen que el arte sea arte y no simplemente teoría, crítica
política, sociología…


La
obra puede llevar un folleto, claro, que explique por ejemplo por qué
una grieta en un museo, qué significa, cuál es el referente de su
autora. Pero sin apelación a una sensación estética, y sin la
eventual posibilidad por tanto de un juicio estético, yo no creo que
podamos hablar de arte. La grieta en la Tate, como los chinos sin
mirada de Juan Muñoz, los tejidos de Elena del Rivero, los espejos
de Oscar Muñoz, las fotos de Shirin Neshat, las acciones de La
Ribot… tienen sin duda una narrativa que los explica y completa su
significado. Pero, como decía entonces, no
es imprescindible entender la narrativa de la obra para apreciarla
,
queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir
más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa,
qué pasó, cómo, dónde, por qué…


Pensaba
en esto el jueves pasado en la inauguración en la galería
Marlborough de Madrid de la exposición del escultor Francisco Leiro.


Me
lo imagino en su taller en Cambados tallando y quitando madera a la
madera para que surjan esa figuras suyas tan propias y lo recuerdo en
el taller que tenía en Tribeca, tan distintos tal vez uno de otro,
zona de bosque y madera el de Galicia y de industria e hierro el
neoyorquino, la madera y el hierro dos de los materiales principales
del escultor -el otro es la piedra, claro-, y me doy cuenta de cuanto
me conmueve Leiro, me emociona, me da ganas de seguir mirando y
viendo y rodeando sus piezas y volviendo. No sé si quieren decir
algo más de lo que a mí me dice verlas ni creo tener que saber
inglés o gallego ni que leer ningún folleto ni la jerga de ningún
crítico ni la narrativa en jerigonza de ningún comisario para
entender nada que no sea eso que veo y me emociona.

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).