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Mientras tantoLenguaje y palabra

Lenguaje y palabra

La soledad del creyente   el blog de Stuart Park

¿Cómo acercarnos al dilema planteado por Derrida?  La fe que me ha ocupado a lo largo de los años, y que deriva en último término de las palabras de un texto escrito, ¿no es más que una quimera sin realidad objetiva, como los molinos de viento que Don Quijote tuvo por gigantes?

El asunto no es baladí: la duda radical forma parte de la soledad del creyente en el mundo y no admite de simples afirmaciones, como si la repetición de un credo resolviera la cuestión.

Para abordarla tomaré prestada una metáfora sugerente de un libro de Ortega titulado ¿Qué es la filosofía? publicado en 1958, con la que ilustra gráficamente su propia manera de aproximarse a los grandes problemas filosóficos que le ocupaban:

«Nos iremos aproximando en giros concéntricos, de radio cada vez más corto e intenso, deslizándonos por la espiral de una mera exterioridad con aspecto abstracto, indiferente y frío, hacia un centro de terrible intimidad. (…) Los grandes problemas filosóficos requieren una táctica similar a la que los hebreos emplearon para tomar a Jericó y sus rosas íntimas: sin ataque directo, circulando en torno lentamente, apretando la curva cada vez más y manteniendo vivo en el aire el son de trompetas dramáticas».

José Ortega y Gasset

Huelga decir que nos sirve la metáfora sin la menor pretensión de compartir la agudeza analítica de Ortega ni de disponer de erudición filosófica alguna; tan solo pido licencia para aproximarme poco a poco a nuestro tema, con la espera de poder aclarar, con la venia de mis lectores y sin dar demasiados rodeos, mi propio acercamiento al problema del lenguaje de la fe.

En una ocasión, para responder a la incomprensión de sus detractores, Jesús invirtió la relación lingüística habitual entre continente y contenido, diciendo:

«¿Por qué no entendéis mi lenguaje (λαλιὰν)? Porque no podéis escuchar mi palabra (λόγον)» (Juan 8:43).

Resulta evidente que si no entendemos el lenguaje de nuestro interlocutor no podremos escuchar su mensaje, pero Jesús afirmó, contrariamente, que la incomprensión por parte de sus oyentes no se debía al desconocimiento de sus palabras (λαλιὰν), sino a la incapacidad de ellos para escuchar su contenido (λόγον).

El sentido de la advertencia es claro: las palabras de Jesús —llanas y perfectamente entendibles por quienes hablaban el mismo idioma que él— poseían un significado espiritual que sus interlocutores no podían, o no querían, escuchar, un asunto que atañe no solo a las palabras pronunciadas por Jesús sino abarca la naturaleza de toda la Escritura como Palabra de Dios.

Podemos ilustrar el asunto si recordamos el empleo que hizo Jesús de las parábolas para comunicar su Palabra, el modus operandi característico de la enseñanza de Cristo, que descubría a quienes deseaban pasar de la «mera exterioridad» de las cosas, y acceder a aquel «centro de terrible intimidad» que revela el reino de los cielos, a la vez que ocultársela a quienes no la querían recibir.

George Herbert

Vienen a la mente unos sencillos versos del poeta galés George Herbert (1593-1633) con los que inicia su célebre poema ‘El elixir’:

Quien mira un cristal
en él puede quedar;
o si lo desea traspasar,
el cielo vislumbrar.

La idea es clara (esperamos que no oscurecida excesivamente por nuestra prosaica traducción): podemos quedarnos en la superficie de las cosas, o ver más allá para descubrir una realidad espiritual. Me llama la atención la frase si lo desea, poniendo el énfasis en el aspecto volitivo de la visión, la responsabilidad que se nos ofrece de ir más allá de lo tangible, que a fin de cuentas es la misión de la poesía en general. Es, también, como no podía ser menos, la finalidad de la Biblia en su presentación de un reino invisible a nuestros ojos, perceptible por la fe.

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