Leyendas urbanísticas

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Ya entonces se hablaba de la oscuridad del personaje, comúnmente aceptada como los habitantes de Maycomb aseguraban la de Boo Radley, en la que sin embargo sólo se ha podido vislumbrar un ático donde incluso se dice que dio una fiesta el pequeño Nicolás...

 

Hace siete años Rafael Martínez Simancas le invitó a uno a ver, desde las tripas, su programa de televisión donde aquel día iba a ser entrevistado Ignacio González, en aquel tiempo vicepresidente de la Comunidad de Madrid. Ya entonces se hablaba de la oscuridad del personaje, comúnmente aceptada como los habitantes de Maycomb aseguraban la de Boo Radley, en la que sin embargo sólo se ha podido vislumbrar un ático donde incluso se dice que dio una fiesta el pequeño Nicolás, lo que conforma un mito casi mayor que el de la teta explotada de Ana Obregón. El caso cobra tintes cada vez mayores de leyenda urbana, o urbanística,  que resiste al paso de los años incluso con aspectos de serial fantasmagórico, donde a veces hay y otras no testaferros californianos, políticos, empresarios, comisarios, policías y hasta una esposa que es como la mujer de la curva que según el día puede ser la de Galapagar, la de Orio o la de Barbate.

 

Uno casi podría decir, en su sugestión, que una noche de camino a Marbella desde Fuengirola se le apareció el ático vestido de blanco. Se ignora lo que se dice entre bambalinas. Algo de contexto de tramoyistas, pero González sale a defenderse y a uno le resulta razonablemente sincero oyendo quebrársele la voz igual que si fuera a llorar como un niño martirizado por el bullying. Aquel día en el programa de Martínez Simancas apareció González con un traje impecable como si se lo hubieran cortado en Gieves & Hawkes, sastrería en la que probablemente se vistieran los invitados a ‘La Cacería’ victoriana donde James Mason, Edward Fox o John Gielgud presumían, frivolizaban o cometían adulterio.

 

Llamativamente delgado, parecía Rango, aquel lagarto vaquero de dibujos animados que se perdía en el desierto, con la piel dura, también la cara, estigmatizado ya de primeras (uno le observaba todo el rato con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados) y con su característico mechón blanco en la coleta de líder gremlin, que es lo que parecen todos cuando se calientan en la Asamblea.  Ni en su propio partido tienen claro si es de los buenos o de los malos mientras Rajoy piensa (cualquier día un periodista preguntará y un portavoz con pinta de institutriz le responderá: “¡sshhh!, el presidente está pensando”). Uno tampoco lo tiene claro y ese es el problema, pues no acaban de servirle los hechos y en cambio sí las sospechas. Se equivoca González, quizá imbuido por el suave tacto de sus ternos, porque esto no es ‘La Cacería’ sino ‘La Escopeta Nacional’ donde no sólo explotan tetas en los aviones sino que los hombres se quedan ciegos de tanto vicio.