Leyendo a Carrère, buscando a Pablo

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Pablo fue a lo largo de su vida un buscador que se atrevió a iniciar a un diálogo con los otros. Probablemente sea un rasgo que lo define a lo largo de su biografía. Emmanuel Carrère también.

 

Recomiendo la lectura de El Reino porque no podrán acabarla sin que algo (autobiografía, fe, escritura o historia) haya hecho que se detengan a reflexionar. Emmanuel Carrère es una de las voces más peculiares de la literatura francesa contemporánea. La prosa de Carrère está atravesada por su “yo” presente en las páginas de sus obras de manera constante: El adversario, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, De vidas ajenas, Una novela rusa o Limónov. Él mismo ha reconocido en más de una ocasión que en la reconstrucción de los protagonistas de sus libros hay mucho de él. Y eso que son personajes reales. El multifacético El Reino nos habla de su conversión al catolicismo cuando en la treintena, en un contexto de crisis personal y laboral, se encontró con la religión gracias a la mediación de su madrina, Jacqueline, una acompañante vocacional mística y profunda. Comenzó entonces un camino de conversión tras escuchar en boca de un sacerdote un pasaje del evangelio de Juan. Se convirtió en un católico practicante de misa diaria y dedicó parte de su jornada diaria a comentar una frase de Juan y llenar varios cuadernos (dieciocho si queremos ser estrictos). Pero su fe no duró y terminó por anotar en uno de esos cuadernos su abandonó. Se convertía en un agnóstico que, años después, se sumergirá en la búsqueda de las figuras de Pablo y Lucas con el trasfondo de Jesús de Nazaret y su propuesta del Reino.  Pero no sólo, también se trata de una reflexión sobre el propio acto de la escritura.

 

Carrère es una maestro en este tipo de literatura y pronto nos sumerge en la historia de los primeros cristianos recorriendo las biografías del apóstol Pablo y del evangelista Lucas desde su propia vida. Sin darnos cuenta estamos en el siglo I y conocemos las disquisiciones religiosas que enmarcar este texto. Es un recuento de sus dudas, no dando por supuesto nada. El Reino es, por tanto, una búsqueda espiritual de la que somos partícipes, pero creo que su búsqueda está equivocada. Carrère lee a Pablo desde su conversión anterior y lo interpreta como una conversión. Ahí es donde se equivoca y estropea su mirada. Aunque el lector sabe que no va a encontrar un ensayo historiográfico (o teológico), Carrère nos hace creer que domina la época y las figuras de Pablo y Lucas. Cuando uno descubre que su acompañante es en demasiadas ocasiones Ernest Renan, uno de los primeros estudiosos críticos del cristianismo en el siglo XIX al que Pío IX calificó como “el gran blasfemo europeo”, las cosas cuadran mejor. En un momento dado incluso señala que le “gusta su forma de escribir la historia, no ad probandum, como él dice, sino ad narrandum: no para demostrar algo, sino simplemente para contar lo que sucedió”. Y en su narración Carrère apuesta por usar la imaginación donde hay lagunas.

 

El uso de la imaginación para rellenar los vacíos no es el problema. El problema es que pretende ser verosímil y no me ha convencido (un dato que no me resisto a señalar: en las propias fuentes neotestamentarias, pese a la tradición, no se dice nunca que se cayera de un caballo camino a Damasco en el relato de Lucas en los Hechos como narra Carrère). Su reconstrucción de la historia me ha hecho torcer el morro en más de una ocasión (y no sólo por algunas comparaciones que pueden llamar la atención y epatar al lector, pero que no son demasiado logradas). Voy a poner especial énfasis en lo relacionado con Pablo por lo que tiene de central a la hora de replantearnos los problemas sobre el personaje. En cualquier caso, no para llegar a ningún lado en concreto porque son demasiadas las dudas sobre el personaje. En el fondo, me permito servirme de Carrère, al que pongo como excusa, para este ejercicio historiográfico sobre Pablo, problema y reto para los interesados en el nacimiento del cristianismo.

 

¿Pero quién fue Pablo?


 Probablemente una de las cuestiones biográficas más apasionantes para los especialistas en la historia de las religiones sea descubrir el perfil del Pablo precristiano (que abarcó, no lo olvidemos, unas tres décadas de su vida), ya que la respuesta que ofrezcamos nos ayudará a conseguir claves para interpretar al Pablo cristiano y su posterior actuación. Conocer la vida de Pablo antes de su vocación (c. 36 d. C.) es una tarea indispensable para el cristiano y el estudioso del cristianismo. No en vano, la biografía paulina esta dividida por esta “conversión”, más o menos en la mitad de su vida, como el momento que transformó completamente tanto a Pablo como a la historia. Y es que la literatura paulina y su adecuada comprensión sigue siendo actualmente un reto, siempre pensado como un “problema”.

 

Martin Hengel en un breve y sugestivo libro sobre el Pablo precristiano era consciente de las dificultades: “here, as often in our discipline, I can offer only a hypothetical reconstruction, but it is one which seems to me to be relatively plausible on the basis of all the evidence in the sources and after weighing up all the other hypotheses”. Y es que Pablo siempre ha sido interpretado en una red de prejuicios y de múltiples deseos contaminantes de sus intérpretes: fundador del cristianismo, traidor al judaísmo, revolucionario romano, pensador, místico, teólogo, misógino… Se trata de coger algún dato histórico para poder escapar de la complejidad del personaje, recrearlo y amoldarlo a lo que queremos creer.

 

Los diversos enfoques de la actualidad contrastan con siglos de unanimidad en relación a la figura de Pablo. Era evidente que al cruzar las cartas que la tradición asignaba a Pablo y el relato de los Hechos de los Apóstoles, el perfil que nos aparecía no entraba en demasiadas, ni aparentes, contradicciones. Por esa razón, hubo una lectura acrítica ante estas dos fuentes, principales a la hora de analizar la figura paulina, que conseguía convertir a Pablo en un modelo para la vida cristiana (imago Pauli) ya en el siglo II en un proceso de construcción cultural dentro de las comunidades cristianas.

 

Siendo bastante generalistas, podríamos hablar actualmente de dos perspectivas: una tradicional, muy pegada al testimonio neotestamentario; y unas interpretaciones tan alternativas como diversas, que se reconocen como las nuevas perspectivas, asentadas en una lectura crítica de los Hechos de los Apóstoles y las cartas paulinas. Si en la primera el depósito judío de la teología paulina se desdibuja, en las nuevas perspectivas se afianzan hasta llegar a considerar que Pablo sólo quiso redefinir el judaísmo. También podríamos hablar de una perspectiva radical, que considera que las nuevas perspectivas aún siguen adoleciendo de un mirada estereotipada y marcada por el cristianismo del judaísmo de la época. En cualquier caso, y después de la lectura de bastantes trabajos sobre la materia, me parece evidente constatar que los juicios rotundos son complicados de mantener, ya que asisten muchas razones para mantener una u otra hipótesis sobre Pablo. En demasiadas ocasiones, la asunción o no de algunas propuestas se debe más al perfil general que se quiere transmitir que a los datos particulares que tenemos.

 

El origen judío de Pablo sí que es un lugar común indiscutible entre los estudiosos. Pablo se presenta, siguiendo la tradición de la época, como hebreo, israelita o “descendiente de Abraham” (2 Cor 11, 22; Rom 11, 1 o Flp 3, 5). Es decir, nos encontramos ante la conciencia de pertenecer al pueblo elegido por Dios. Pablo mantuvo después de su vocación la idea que el pueblo de Israel era el medio de salvación elegido por Dios para todos los demás pueblos de la tierra. El Pablo precristiano lo creyó también. Los datos neotestamentarios sobre su nacimiento en Tarso tampoco son discutidos, aunque es probable que residiera desde joven en la ciudad de Damasco. No es extraño, ya que es en esta ciudad donde aparece en los momentos de persecución a los cristianos. Además, contra la idea convencional, en el mundo helenístico era habitual una gran movilidad geográfica.

 

La ciudadanía romana de Pablo, sin embargo, está puesta en duda en la actualidad por la crítica historiográfica. Para algunos autores el testimonio de Hechos sobre esta aspecto es claramente apologético y tendría en contra el testimonio del propio Pablo, “cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno, tres veces recibía los golpes de las varas” (2 Cor 11, 24-25). No cabe duda de que si esto fue verdad, Pablo no podría ser ciudadano romano, ya que estaba prohibida está práctica sinagogal a los ciudadanos del Imperio. Hay constancia de que los hubo, pero siempre en contra de la ley. Asimismo, el recurso de Pablo ante el tribunal del Emperador no era privativo de ciudadanos romanos en casos de penas capitales. A favor de la ciudadanía, otros autores defienden que sin ésta es muy complicado entender el traslado de Jerusalén a Roma. Asimismo, Borkmann señala que Pablo era un nombre “bien romano” y eso le hace hijo de una familia que “disfrutaba de todos los derechos”. Parece difícil aceptar esta rotundidad ante las pruebas contrarias recogidas anteriormente. Pero las dudas se mantendrán.

 

Tampoco hay un acuerdo sobre los estudios jerosolimitanos de Pablo. Aunque suele ser defendida la perspectiva neotestamentaria, en este problema también aparecen datos e incógnitas que permiten dudar de la narración de Hechos. Pablo se muestra en muchas ocasiones con un producto típico de la diáspora helenista (Gál 1, 13s) y no se ha podido demostrar la influencia de métodos rabínicos. Probablemente, según estos críticos, sus conocimientos fueron los ordinarios de un judío helenista, ni más ni menos. Y tampoco parece que recibiera una educación profunda en el arte de la retórica, ya que en 2 Cor 10, 10 se puede leer “y su palabra ridícula”. Esto hace dudar de la veracidad de sus estudios con el sabio Gamaliel. Vidal considera que esta información de Hechos también trata de hacer cuadrar el personaje al perfil que se había pretendido transmitir e, incluso, habla del incidente con su sobrino como una “típica narración novelesca”.

 

La Tanak que conoció y utilizó fue la versión griega de los Setenta, como puso de manifiesto en un estudio seminal E. Earl Ellis. Con todo, estudios más reciente, como el de Brian J. Abiasciano sobre la Carta a los Romanos, reconocen que: “our previous study supported the scholarly consensus that Paul generally relied on the Septuagint for the text form of his scriptural quotations. But I noted that this in no way argues against the possibility that Paul sometimes made use of Hebrew”. En relación a este tema, otros se hacen una pregunta interesante: ¿de haber estudiado en Jerusalén durante largo tiempo no habría conocido el ministerio de Jesús de Nazaret? Puede que Pablo habría visitado Jerusalén, pero es difícil de creer que “entraba por las casas arrastrando hombres y mujeres y metiéndolos en la cárcel” (Hch 8, 3).  No tendría sentido, si no, la referencia en Gálatas de que no era conocido por las iglesias de Judea (Gál 1, 22). Para Becker puede que esto se debiera a que persiguió al grupo de Esteban y no al de los apóstoles.

 

Asimismo, se han despertado dudas sobre su filiación farisaica, porque cuadra con la intención de remarcar que Pablo ya era un personaje religioso importante antes de su conversión. Lo que no parece estar en duda son sus convicciones religiosas y su manera estricta de entender la Ley. Tanto en Hechos como en la glosa de Flp 3, 5, que probablemente sea una interpolación posterior, algunos especialistas creen intuir la imagen que se tenía del fariseo en el cristianismo de la década de los setenta. Es decir, en los textos evangélicos de Marcos, Mateo y Lucas el fariseísmo aparece muchas veces como equivalente a judío, y ese podría ser el uso que se da en estas citas. En realidad, se pretende remarcar que Pablo había dejado atrás su pasado para ganar una nueva vida en clave cristiana. Asimismo, no existe ningún dato que permita conocer la existencia de grupos fariseos en el judaísmo helenista, lo que dificultaría mucho (más si se considera irreal la educación paulina en Jerusalén) la filiación religiosa de Pablo. Para Raymond Brown, éste hecho remarcaría su preparación en Jerusalén con Galamiel siendo adolescente ya que, además del griego, sabía hebreo y arameo.

 

¿Y qué se dice sobre el celo? ¿No sería este uso una demostración del faiseísmo paulino? Parece que esta expresión señala mucho más que Pablo fue un judío piadoso antes de su “conversión”.  Como señala Jürgen Becker, Pablo nunca habló directamente de su etapa anterior porque la vivió como “una reorientación radical y una crisis de identidad profunda”. Será el mismo Becker el que defienda que Pablo no fue educado por un rabí concreto, sino que realmente lo fue en “una mentalidad farisea como actitud vital”.

 

Con todo, hay autores que siguen defendiendo que Pablo fue un fariseo. Por ejemplo, Pamela Eisembaum no tiene dudas de ello al considerar que Pablo estudió con los fariseos y ello le hizo ser un pensador profundo. Esta especialista señala que siempre usa el presente cuando habla de su filiación judía, pero también cuando lo hace del fariseísmo. Eisembaum cree que “afirmar que uno había pasado un tiempo en compañía de los fariseos es el equivalente judío antiguo de presumir de haber estudiado en las universidades de mayor prestigio de Estados Unidos”. Por tanto, desde esta perspectiva, se trata de relativizar la propuesta que hemos reseñado anteriormente de Becker: Pablo no pretendía borrar su pasado (ser judío y haberse especializado en el estudio de la Torá), porque lo conjugaba en presente. Eisembaum, además, también crítica la asunción de que Pablo fuera un ciudadano romano, pese a la referencia de Hechos, ya que siempre definirá su estatus desde la perspectiva judía. Otra vez aparece Pablo como problema y como reto. El especialista Nicholas Thomas Wrigth sabe muy de que habla cuando escribe: “the question of Pauline hermeneutics in the twenty-first century may well turn out to be a matter not so much of comprehension, but of courage”.

 

Sobre el Pablo perseguidor, tampoco hay un consenso. Algunos consideran que estuvo en el martirio de Esteban y participó del mismo, mientras otros niegan con rotundidad esta cuestión. Pablo aparece a la investigación moderna como paradójico y problemático, pero como una figura clave para entender lo que sucedió en las primeras décadas después de la muerte y resurrección de Jesucristo en la Iglesia naciente. Vidal y Bornkann son dos de los autores que más dudan sobre la verosimilitud de la narración neotestamentaria. No creen que fuera tal y como se cuenta en Hechos. Vidal da razones geográficas y considera que el enfrentamiento se produjo sólo en el ámbito local de Damasco, mientras Bornkmann duda de la importancia que se aporta a la labor de Pablo en esta persecución. Muchos de los atributos con los que se dibujan, difícilmente podían recaer en su persona. Parece más bien, por tanto, que Hechos intenta representar en el Pablo precristiano no tanto la figura de un perseguidor, como la persecución misma.

 

El Pablo precristiano parecía tener claro que la Torá era incompatible con el Crucificado. Al final, tuvo un encuentro personal con Jesús resucitado. Kirster Stendhal prefirió hablar de una “llamada profética” más que de conversión: “thus in Galatians Paul describes his experience in terms of a prophetic call similar to that of Isaiah and Jeremiah”. ¿Por qué al hablar de la conversión miramos tanto a Hechos y no a la voz del propio Pablo? Pablo se entiende mucho mejor desde sus propias palabras. Para él, nace una vocación profética que le asimilaba a personajes de la talla de Isaías, Jeremías o Ezequiel. Hay otra confesión paulina sobre ese momento en 1 Cor 15, 3-8 donde habla de la aparición de Jesús resucitado entre sus seguidores. Pablo también dice haber vivido lo mismo. Para lo que ahora nos concierne lo importante no es tanto lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Utiliza el término ophthé que debe ser entendido desde las propias claves bíblicas. Es el mismo concepto que se utiliza cuando Dios se presenta en la historia. No es que los seres humanos lo vean, sino que se deja ver. El matiz es importante porque está cargado de significado teológico. En este caso, se quería remarcar que Jesús había sido hecho visible por Dios a los discípulos y al propio Pablo, quien se convirtió, entonces en un activo misionero con los nabateos en Arabia o en Siria y Asia Menor después. En realidad, es bastante probable que fueran los cristianos sirios los que transmitieron a Pablo la fe, donde ya se había producido una piedad diferenciada a Jerusalén antes de la llegada de Pablo: lo central no era lo que Jesús había dicho o hecho, sino lo que Dios había hecho con él, Dios lo había resucitado de entre los muertos. Pablo no había conocido al Jesús terreno, lo que era una desventaja con respecto a otros apóstoles con los que se enfrentó, pero sí lo había experimentado resucitado. Y esto se terminaría por convertir en el centro de su misión apostólica.

 

Pablo fue a lo largo de su vida un buscador que se atrevió a iniciar a un diálogo con los otros. Probablemente sea un rasgo que lo define a lo largo de su biografía. Quiso conocer las razones, las creó y las tradujo. Era un hombre de su tiempo, entre culturas, que supo asumir nuevos lenguajes e integrarlos a los ya existentes. Su diálogo miraba siempre hacia el horizonte de la fe. Probablemente, el lugar que ocupa Pablo en estos primeros momentos del cristianismo ayuda a comprender el éxito que tuvo esta primera inculturación (no una simple asimilación) que se produjo en la fe de los seguidores de Jesús para insertarse en un mundo nuevo, el grecorromano. Pablo nos enseña en pleno siglo I d. C. a vivir (no sólo sobrevivir) en la frontera en el siglo XXI. Quizá el propio Pablo diga más de nosotros que de él mismo. Carrère es un buscador, perturbado y perturbador. El Reino es un texto de un antiguo converso que quiere reconocerse en un converso histórico del alcance paulino. Su relato interpela tanto a cristianos, como creyentes de otras religiones, ateos o agnósticos. Léanlo, faltaría más.

 

Bibliografía escogida:


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Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.