¡Liberad las piscinas!

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Tomemos las piscinas, por ejemplo. Las piscinas son lugares donde prácticamente todo está prohibido. Imaginen un restaurante donde estuvieran prohibidas las patatas fritas porque suben el colesterol, donde estuviera prohibido probar el plato del de al lado quién sabe por qué y donde estuvieran prohibidos los postres porque engordan y también los saleros porque la sal es mala para el corazón. Imaginen un teatro donde estuviera prohibido reírse. Imaginen un mirador donde estuviera prohibido mirar. Imaginen una biblioteca donde estuviera prohibido leer. Las piscinas son un experimento de modificación de la conducta y de arquitectura social similar.

            En las piscinas de mi apartamento en Calpe, Alicante, desde donde escribo, está prohibido estar vestido dentro del recinto de la piscina, comer en el recinto de la piscina, meterse en el agua con manguitos, con flotadores o con churros, bañarse con gafas (de bucear y normales), correr, saltar, tirarse al agua a estilo bomba, tirar a otro al agua, dispararse con pistolas de agua o incluso gritar. Es obligatorio ducharse antes de entrar en el agua cada vez que uno se baña y es obligatorio llevar zapatillas de goma cuando uno camina por las zonas que no son de baño y está prohibido caminar con zapatillas de goma cuando uno camina cerca de la piscina y está prohibido acercar las tumbonas a la piscina, y probablemente muchas otras cosas más que no recuerdo.

            Mi mujer se tira a la piscina haciendo un mortal, y aparece el socorrista y le dice que está prohibido tirarse a la piscina haciendo un mortal. Mi mujer le pregunta que por qué, y él le dice que es por su propia seguridad. Mi mujer le pregunta si no le parece que ya es mayorcita como para ocuparse ella misma de su propia seguridad. Y le dice también que no pone en ningún sitio que esté prohibido hacer mortales para entrar al agua. Ese ha sido un fallo tuyo, le digo. Dado que la piscina está llena de carteles con dibujos y rótulos en varios idiomas enunciando todo lo que está prohibido, les faltará tiempo para añadir esa nueva cláusula. Sólo se puede saltar a la piscina tirándose de cabeza a la manera clásica. Por su propia seguridad.

            Mis hijos tienen los dos formidables rifles de agua que yo miro con envidia retrospectiva. Pero en la piscina no pueden usarlos. El socorrista les dice que están prohibidos porque podrían mojar a alguien. ¿Sería tan trágico, le digo yo, que mis hijos mojaran accidentalmente a alguien en una piscina? Y ya puestos, le digo, ¿no es penosamente absurdo que en una piscina de unos apartamentos de la playa que están llenos de familias con niños esté rigurosamente prohibido jugar a la pelota dentro de la piscina o bañarse con flotador? ¡Si está todo el mundo deseando jugar a la pelota! ¡Si las piscinas prácticamente se han fabricado para jugar en ellas a la pelota! Impresionado con la fuerza de mis razones, el socorrista me dice que está de acuerdo conmigo, pero que en el momento más inesperado puede aparecer un inspector de piscinas y ponerle las orejas coloradas.

            Esto sí que es grandioso. De modo que existe en España, en el Mundo, en el Sistema Solar, un trabajo que consiste en inspeccionar piscinas y vigilar escrupulosamente que en ninguna piscina haya ningún niño corriendo ni disparándose una pistola de agua ni lanzándose una pelota inflable. ¡Y dicho trabajo existe, en efecto, es un trabajo real, no me lo he inventado yo! ¡Inspector de pelotas de piscina! Y si alguno de estos feroces y sagaces inspectores descubre un niño con manguitos dentro del agua, al dueño de la piscina se le cae el pelo. ¿Hasta qué extremos de ridículo y estupidez llegará la pasión por controlar todos nuestros actos?

 

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.