Librepensadores

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Me pregunto qué pasaría si los gobiernos del Mundo estuvieran compuestos por librepensadores. Es evidente que sería una Revolución, pero ¿cómo habría que adjetivarla? ¿Revolución espiritual? ¿Revolución racional? ¿Revolución liberal? Esto último puede resultar chocante, pero lo cierto es que los librepensadores son todos liberales, aunque no todos los liberales declarados son librepensadores. Un liberal puede ser un energúmeno dogmático en materia religiosa y reservar su liberalismo para proponer una economía de Mercado sin Estado. O un liberal en materia religiosa puede ser partidario de la ingeniería social en asuntos éticos o culturales. La palabra liberalismo define bien a un librepensador, pero el término librepensador no define en absoluto a un liberal moderno.

            Un librepensador, por ejemplo, sería partidario de sustituir la política de los derechos por la política de las oportunidades. Por ejemplo: se entiende la educación como un derecho obligatorio hasta cumplir los dieciséis años de edad. Parece un logro filantrópico, pero no lo es. Un librepensador argumentaría que el dinero que financia la educación procede todo él del trabajo asalariado. No es sólo dinero, es trabajo, fuerza de trabajo, como diría Marx. Es absurdo y humillante dedicar ese dinero a quien no quiere estudiar. Igualmente absurdo es intentar convencerlo de lo contrario mediante programas de apoyo social, psicológico o algún otro trasunto de un lavado de cerebro. Estos programas también cuestan dinero, es decir, trabajo asalariado. Un librepensador razonaría del modo siguiente: la educación pública debe ser gratuita por completo, pero no obligatoria. Si alguien renuncia a esta oportunidad, allá él. Siempre podrá enmendar su yerro, si comprende que es un yerro renunciar a la formación. Si no asume el yerro como yerro, será para él un acierto; quizá quiera dedicar sus esfuerzos y su vida a una ocupación que no requiera competencia intelectual. Su vida es su vida. Es injusto forzar a quien no quiere y es injusto gastar dinero público para violentar esta negativa.

            En otros asuntos, el librepensador razonaría de modo parecido: por ejemplo, reformaría los subsidios de desempleo diversos. Es absurdo que el trabajo del asalariado sirva para pagar la holganza de otro. Mucho más razonable es dedicar ese dinero bien a trabajos para la comunidad, bien a contribuir a la nómina de un nuevo empleo. En el primer caso, los desempleados cubrirían carencias evidentes en innumerables servicios públicos: los parques estarían mucho mejor cuidados, en los hospitales habría mucho más personal pendiente de las cuitas de los enfermos, en las calles no habría socavones. En el segundo caso, los empleadores emplearían más, todo fuera por trincar dinero fácil y cuadrar las cuentas de la empresa. Es probable que muchos crearan puestos de trabajo ficticios, sólo pensados para la trincancia. Pero los habría que aprovecharían la ocasión para reforzar sus negocios con trabajadores competentes.

            En materia de costumbres, los librepensadores razonarían del siguiente modo: las únicas costumbres indeseables son las que perturban directamente a terceros. Uno puede elegir sus vicios y sus extravagancias, pero no imponerlas a los demás. Un librepensador legalizaría las drogas, la eutanasia activa o molondrocking, práctica consistente en machacarse el miembro viril con dos ladrillos. Argumentaría  que cada cual puede moderar sus vicios como le convenga, del mismo modo que el bebedor modera el suyo. Cualquiera sabe que beber una copa de vino es bueno, pero beber de golpe tres botellas es bastante malo.

            Un librepensador invertiría esa pésima costumbre de la administración pública consistente en burocratizar la vida. Por ejemplo, cualquiera que quiera emprender cualquier actividad debe ser autorizado, controlado, certificado, inspeccionado, etc. Un librepensador eliminaría todos estos farragosos prólogos. La administración entregaría un manual de instrucciones advirtiendo que un buen día no lejano un funcionario comprobará que se cumple lo que hay que cumplir.

            Un librepensador también revolucionaría el tráfico rodado: suprimiría los semáforos. Es algo que ya han ideado en la India, que es la cuna de la civilización. Eliminando los semáforos, el tráfico se vuelve lento, la velocidad de los vehículos apenas supera la de un mediocre corredor de maratones. A cambio, es fluido. En la India los vehículos rara vez se paran. Los peatones apenas corren peligro. La distancia entre puntos alejados de una ciudad siempre es la línea recta (tampoco se respetan las manos y contramanos, evidentemente).

            En materia política, un librepensador establecería el referéndum como mecanismo preferente de participación en los asuntos públicos. Es un procedimiento rápido y barato en la era digital, si es frecuente. Una vez a la semana, por ejemplo, los ciudadanos votarían por medios electrónicos sobre las más variopintas cuestiones. También podrían deponer por el mismo medio a gobernantes incapaces o corruptos.

            Pensándolo bien, dejemos a los librepensadores dónde están. En los márgenes. Mejor decaer lentamente que aventurar revoluciones. En tiempos de tribulación, no hacer mudanza. ¿O no?