Librería Sempere y la empatía por el personaje

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Durante el segundo día en Barcelona escribí en la libretica lo siguiente: “Ahora voy caminando por el Paseo de Gracia, en dirección del barrio Gótico y a la Parroquia Santa Ana, donde según la novela de Zafón está la Librería Sempere, uno de los lugares más representativos de la saga y una de mis visitas obligatorias”.

Desde el primer día que caminé por Barcelona supe que nunca escribiría sobre su equipo de futbol tan famoso. También recordé mi pobre capacidad para describir calles, para escribir entornos y atmósferas. ¿Cómo aprender algo de la prosa de Zafón para contar lo que estaba viendo?

Las calles de Barcelona no eran del otro mundo, pero eran del otro mundo. No solo se trataba de algo nuevo que veía, sino que se trataba de algo nuevo que sentía. Las calles, al atmósfera, su gente, y cómo se alojaban en mi alma. La calle y mi espíritu, dos entidades que se encontraban: Barcelona y lo que llevo a todas partes, el torpe espacio por el que miro el mundo.

En el diario escribí lo siguiente: “Ahora recorriendo la ciudad tengo la certeza de que algo está cambiando, un grabado a fuego en mi corazón, algo que no alcanzo a definir con certeza. Ruego a la vida y a ese dios en el que no creo para que este momento no sea gratuito”.

El cielo estaba abierto y luminoso, un azul entre los edificios. La gente caminaba por las aceras y yo me decía: “vamos a ver si esto es verdad”. Los carros se deslizaban por el pavimento negro y liso como si no existiera la fricción ni el ruido, como naves flotando. -Las calles en Medellín están llenas de baches y los carros y buses corcovean como si fuera por terreno abierto-.

También fui consciente del olor. Sentí un irrigador celeste esparciendo una fragancia fina a lo largo del Paseo de Gracia, un aromatizante urbano muy agradable, un ambientador callejero. Pero no era “callejero” de mugroso, una asociación que en Medellín, en Colombia, es natural: calle-polvo-basura, sino de otra índole muy diferente, tal vez de calle pero en armonía con la tranquilidad y la limpieza.

En ese momento estaba sufriendo lo que Pessoa llamaba “el síndrome del provincianismo”. Dice Pessoa en su ensayo El provincianismo portugués que quien lo sufre “comporta, por lo menos, tres síntomas flagrantes: el entusiasmo y admiración por los grandes ambientes y por las grandes ciudades; el entusiasmo y admiración por el progreso y por la modernidad; y, en la esfera mental superior, la incapacidad de ironía”.

Provinciano, montañero, paisano, eso era yo.

Pensando en esto, había concluido que, si no era capaz de escapar del “entusiasmo por el ambiente” y del “entusiasmo por el progreso”, tendría que esforzarme en la ironía.

Una de las ventajas que se tiene al caminar sin compañía era pensar en cualquier cosa sin caer en la tentación de compartirlo. Por ejemplo, en ese momento recorriendo Barcelona pensaba en dos de los trucos más rudimentarios en el diseño de cualquier historia de entretenimiento.

Por un lado, despertar la empatía del lector por el protagonista, y por otro, la antipatía por el villano. Estas conexiones emocionales son indispensables.

El lector debería vivir las alegrías y las tristezas del protagonista. Debería sentir suyos los triunfos, las penas y los problemas. Y debería odiar al villano y aborrecerlo. Al lector se le carcomerán las tripas si el antagonista gana un amor o una fortuna.

Sin el adhesivo emocional de la empatía y la repulsión es muy difícil que el lector se conecte con la historia. ¿Pero cómo lograr esa conexión emocional?

Zafón zanja la empatía con varios trucos. Uno muy común en sus novelas, consiste en recrear la historia de un chico huérfano que busca su lugar en el mundo al lado de su padre.

Tanto en La sombra del viento como en el Juego del ángel la engañifa funciona de la misma manera. El niño huérfano o maltratado es una trampa dramática y un lugar tan rastrillado, como efectivo, usado por los expertos de la literatura del entretenimiento. Además, justifica la violencia de ese niño con los años, cuando crece.

Esa tarde, caminando por Paseo de Gracia, pasé junto a la vitrina de una panadería. Me salía la baba ante esa cantidad de panes acaramelados. Entré y pedí café negro con croissant relleno de chocolate. Luego, una galleta de azúcar blanca, un palito de dulce de leche. Quería seguir comiendo y picando hasta explotar.

En el café pude buscar la siguiente cita de Zafón:

“Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responder­me. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vi­víamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis ma­nos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún con­servo en las manos.”

La sombra del viento

Después de despachar semejante café, y mortificado por la panza que nutriría durante el viaje, pues ya me veía dejándome caer una y otra vez por las panaderías, seguí caminando por Paseo de Gracia, en dirección al barrio Gótico, pensando en las técnicas narrativas para generar empatía por el personaje: El papá y el niño huérfano que gustan de los libros. Busqué la Parroquia de Santa Ana, la casa de los Sempere, protagonistas de la saga de Zafón.

Ahora en el estudio, mientras releo las notas que tomé en la reportería, no me imagino tener que hablar de este tema con MartínLimón y todos los contraejemplos que le vendrían para contradecirme todo esto sobre “las técnicas narrativas para generar empatía por el personaje”. Por ejemplo, me imagino a MartínLimón citando a Ricardo Piglia que, hablando de la empatía, dice que debe despertarse por el escritor y no por sus personajes. Buen punto. Yo a Piglia le creo y por lo mismo me enfrento a MartínLimón, porque tiene lo suyo, con sus citas y autores.

MartínLimón es un escritor colombiano de novela negra y comentarista literario. Alguna vez escribió algo que me gustó y, de manera impune y abusiva, le copié y lo puse como mío en una crítica publicada en un periódico de Medellín. La cita dice lo siguiente: “La literatura ha perdido lectores porque los escritores no se han preocupado por saber contar bien a sus personajes”.

Mi robo fue un tanto pendejo. Pues, porque, una frase así la dice cualquiera. ¿Qué significa contar “bien” a los personajes? Podría interpretarse de varias formas. Una de ellas consiste en que el lector los quiera o los odie. El lector debe establecer una conexión emocional con ellos. Amarlos u odiarlos. Sentirlos. Eso significa escribirlos “bien”. Me robé la frase pendeja pensando en que MartínLimón hablaba mucho y practicaba poco. Lo fácil que resulta ser profesor. MartínLimón es un gran catedrático que pontifica en diferentes maestrías de Escrituras Creativas on-line, desde Envigado-Antioquia, y a la vez diseña pésimos personajes para sus novelas. No me imagino su método para calificar a sus alumnos.

Luego de mi hurto literario, y en venganza, a los quince días MartínLimón cobró lo suyo y me robó una frase para su comentario crítico. Su columna semanal se llama La inmortalidad literaria Envigadeña. Lindo nombre. Sencillo y sin pretensiones. En su artículo me cobró el robo que le hice y puso en su columna literaria que “La literatura de la línea dura no crea una conexión emocional con el lector”.

Hay que anotar que MartínLimón llama “literatura de la línea dura” a lo que simplemente podría llamarse metaficción o metaliteratura. Pero el hombre es tan pomposo. “Línea dura” como si fuera un riel de tren.

La suya era una crítica a la vanguardia. El hombre cree que escribe literatura de entretenimiento, pero en realidad no sé qué diablos produce, pues él mismo no es capaz de crear empatía por sus personajes. El fastidioso y pretencioso MartínLimón provocando a otro fastidioso y pretencioso: yo.

Mejor sigamos con Zafón. Parroquia de Santa Ana. Caminando por Barcelona había encontrado la entrada de la plazoleta de la iglesia de la Parroquia de Santa Ana, donde es vecina la librería Sempere. Caminé por el pasillo estrecho de una calle que cerraba en el atrio, una puerta gruesa escapada de la edad media.

Ya en mitad de la plazoletilla fui fusilado por la mirada de varios jóvenes. Estaban al pie de la puerta de la iglesia. El brillo violento de sus ojos me hablaba con toda claridad: con esa libretica en mano, y carita de pendejo, no tenía nada que hacer allí. Sintiendo sus miradas amenazantes, mejor dicho, caras muy feas, tuve que reprimir las ganas de tomar una foto.

La Parroquia de Santa Ana es un centro de rehabilitación para personas en situación de calle, nada parecido a lo que cuenta Zafón. Lo mejor era seguir buscando y recordar que una esperanza es un huevo del que puede salir una serpiente o una paloma.

Luego de la visita a la Parroquia de Santa Ana sumé un punto a favor: tachar un destino en mi recorrido desprogramado. Para no sentirme tan miserable anoté en mi libreta: “Parroquia de Santa Ana, gran éxito en la búsqueda del mapa”.

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El Diario de Barcelona continúa con: Castillo de Montjuic y el problema narrativo sobre la antipatía

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