Libros de libros

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Entre varios ensayos sobre la devastación de los libros, destaca una obra que narra el hallazgo de un manuscrito y su incorporación a nuestro acervo cultural. En El giro, galardonada con el National Book Award 2011 y con el Premio Pulitzer 2012, Stephen Greenblatt nos sumerge en el universo de Lucrecio, que describió un mundo sin dioses. Una exaltación del placer y una propuesta para este estallido primaveral.

 

En los últimos meses se han publicado varias novedades sobre los libros y su historia, trágica por lo general. No deben ser ajenos a esta tendencia editorial los tambores apocalípticos que anuncian la agonía de nuestro acreditado soporte –el papel– y la manifestación de lo que Umberto Eco (siempre juguetón) denomina la “alfabetizazione distratta”: lectura rápida y fragmentada que busca información a través del texto electrónico y no se detiene en la coherencia y totalidad de la obra. Confieso que nunca he entendido del todo esta insistencia en el determinismo del soporte (como siempre creí que no era más que una provocación aquello del medio y del mensaje, o del masaje); hay frases que me han impactado en la vida y no soy capaz de recordar si las leí por primera vez en un libro, en la pantalla de un ordenador, escritas en la pared o las escuché en una canción.

 

El venezolano Fernando Báez publica, en dos editoriales diferentes (Destino y Océano), su Nueva historia universal de la destrucción de libros, con aportaciones que completan la primera edición de 2004 referidas a China, África, Oriente Medio y a la famosa ‘hoguera de las vanidades’ de Savonarola. No puede sustraerse de su encanto y añade también un capítulo sobre la destrucción de libros (“bibliocausto”, según su terminología) en obras de ficción, empezando por el Quijote y terminando con Umberto Eco y Arturo Pérez-Reverte. Estas obras con vocación de manual que, como la de Báez, tienden a abarcar todos los frentes hacen que el lector eche de menos, por ejemplo, algún desarrollo mayor de uno de los libros más deslumbrantes de la historia de la imprenta: El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jean Potocki. Fernando Báez mantuvo en 2006 un interesante encuentro con Arsenio Sánchez Hernampérez –en cuyos trabajos se basa para la sección dedicada a los enemigos naturales y microscópicos del códice– y trasmitió entonces a la audiencia el gran valor de su trabajo: su militancia en defensa del patrimonio artístico, lo que le costó que el Gobierno de Estados Unidos le declarara persona non grata por sus investigaciones en torno a la destrucción del patrimonio cultural en la invasión de Irak de 2003.

 

Más suelto en la redacción, el alemán Werner Fuld ofrece una Breve historia de los libros prohibidos (RBA, 2013) que recorre el encono de la censura y de la autocensura a lo largo de los siglos. Fuld comienza con un caso sorprendente que merecería figurar en el apartado de las obras de ficción. El pintor Dante Gabriel Rossetti enterró en 1862 a su idolatrada esposa –una costurera que posaba como modelo– con un cofre que contenía el único manuscrito de sus poemas, de cargada sensualidad. Siete años después, sin embargo, el éxito llamó a su puerta y Rossetti desenterró el cadáver en busca del cofre, cuyo contenido se publicó en 1870. Más que en las guerras y catástrofes de Báez, Fuld se fundamenta en las relaciones entre los libros y el poder, entendido éste como enemigo casi natural del desarrollo de las ideas. No hace falta añadir que se trata de un tema de rabiosa actualidad.

 

Pero frente a tanta devastación libresca, yo me quedo con otra propuesta: El giro, de Stephen Greenblatt (Crítica, 2012), que narra el hallazgo de un manuscrito y su incorporación a nuestro acervo cultural. En el invierno de 1417, a lomos de su caballo, un hombre cruzó los montes boscosos del sur de Alemania a la búsqueda de un monasterio remoto. No era un cortesano ni un clérigo, tampoco un prófugo ni un vagabundo, aunque tenía algo de todos ellos. Poggio Bracciolini había perdido su rango y su posición, pero decidió emprender un camino incierto hacia un destino desconocido, apostar su último aliento hacia la consecución de un sueño. En la biblioteca del monasterio, lo tuvo entre las manos.

 

Las cumbres europeas de nuestros días son una mediocre reunión de mercaderes al lado del Concilio de Constanza, que se celebró en la localidad alemana de 1414 a 1418 y cuyo desarrollo conocemos gracias a la crónica detallada que escribió un ciudadano, Ulrich Richental. Acudieron allí poderosos eclesiásticos, los principales humanistas de la época, el reformista Jan Hus –que fue quemado por hereje al llegar– y entre cincuenta y 150.000 visitantes para dilucidar las pretensiones de tres papas: Benedicto XIII (el Papa Luna), Gregorio XII y Juan XXIII, a cuyo séquito, que arribó con gran aparato, pertenecía Poggio. El cisma duraba más de treinta años y era necesario salir del atolladero; el primero en hacerlo fue Juan XXIII. Cuando vio que no contaba con el suficiente apoyo escapó de la ciudad envuelto en un manto gris y se refugió en un castillo, aunque fue finalmente encarcelado.

 

Poggio había sido hasta entonces un fiel servidor del papa. Florentino, protegido de los Médici y gran latinista, hizo carrera en la curia no por sus dotes para la intriga sino por su caligrafía, que daría lugar a toda una tipografía, la letra humanista. Deshechas las huestes de su señor, no volvió a Roma sino que se internó en las montañas para rebuscar manuscritos latinos, su gran pasión, en la que ya había obtenido algunos éxitos. El descubrimiento del único ejemplar que había sobrevivido del poema filosófico de Lucrecio De rerum natura “rescata para su época (y para las sucesivas) una fundamental reflexión acerca de nuestro universo, peligrosamente subversiva para los lectores de la católica Europa del siglo quince, y asombrosa premonición de las teorías astrofísicas de nuestro tercer milenio”, según ha escrito Alberto Manguel.

 

El libro de Greenblatt no es sólo la narración de una aventura fascinante sino que se adentra en el universo romano de Lucrecio (especialmente en la Villa de los Papiros: sigue abierta la exposición en Casa del Lector hasta el 23 de abril), en la filosofía de Epicuro que lo inspiró y analiza su repercusión, de Giordano Bruno hasta Freud y Einstein, pasando por Quevedo y Jefferson. Es la cualidad de esta sólida literatura anglosajona de gran divulgación que, sin perder la amenidad del relato, sigue los círculos concéntricos del impacto de Poggio hasta nuestros días. Profesor de Humanidades en la Universidad de Harvard, Greenblatt ha sido galardonado con el National Book Award 2011 y con el Premio Pulitzer 2012 por este libro.

 

Hay una famosa frase de Flaubert que describe el sustrato de la obra de Lucrecio: “Justo cuando los dioses habían dejado de existir y Cristo no había venido todavía, hubo un momento único en la historia, entre Cicerón y Marco Aurelio, en el que sólo estuvo el hombre”. Muchos autores clásicos se perdieron para siempre y otros no han permanecido más que en citas o referencias. Los hombres del Renacimiento, siguiendo la enseñanza de Petrarca, se lanzaron a recuperar estas obras arrancándoselas por lo general a los bibliotecarios de las abadías y los monasterios. No todo es cataclismo en la historia del libro: el hallazgo casual de Poggio conformó el mundo posterior.

 

De rerum natura es un poema en hexámetros de siete mil cuatrocientos versos, un canto a la vida sin dioses, una exaltación del placer –único objetivo humano– que arranca con un ardiente himno a Venus, la diosa del amor, cuya irrupción en la primavera disipa las nubes e inunda el cielo de luz. Una lectura recomendable para este brote primaveral que nos sorprende después de un invierno tan duro. La primavera, canta Góngora –otro devoto de Lucrecio– en sus Soledades, “centellas saca de cristal undoso/ a un pedernal orlado de narcisos”.

 

Retrato de Poggio que aparece en un manuscrito de su obra De varietate fortunae.

 

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.

2 COMENTARIOS

  1. Jo, Carlos, no sé qué decir,
    Jo, Carlos, no sé qué decir, stoy abrumada, pero en el buen sentido de la palabra abrumada, qué bonita entrada, cuánto sabes y qué bien nos lo cuentas, dan ganas de saber mucho más, muchas gracias, me haré con ese libro de Greenblatt, y creo que tengo De rerum natura. Lo único es que no es Juan XXIII, sería Juan XXII, no?

    • No, no, Juan XXIII, antipapa

      No, no, Juan XXIII, antipapa según la historia eclesiástica, pero pontífice de Roma con todas las de la ley. Huyó cuando se vio en minoría y se refugió en un castillo, pero fue devuelto al Concilio de Constanza y se le acusó de asesinato, sodomía, violación e incesto. Fue encarcelado; a los tres años prometió obediencia al nuevo papa y terminó sus días como cardenal. El retrato que se hace de él en el libro, es fascinante. La historia de los papas está llena de pontífices que machacaban el nombre y la numeración del anterior para borrarlos de la historia. Imagina que reinara en España un príncipe de nombre José, posiblemente se pondría José I, para machacar a Pepe Botella quien, según la legalidad de la época, fue rey.

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