Lidia Sogandares, la primera doctora panameña

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Lidia Sogandares

La casa de madera y palmeras verdes, junto a la vieja rampa de isla Taboga   

 

La casa del griego Sogandares estaba en una loma, cerca de la rampa para las embarcaciones. El caserón de madera oteaba el imponente Pacífico. La fotografía de una pintura de la vieja entrada de isla Taboga me permite apreciar la rampa y la casa de dos pisos cobijada por verdes palmeras. Allí, en esa casa que hoy no existe, nació el 17 de octubre de 1907 Lidia Gertrudis Sogandares Rivera.

En esa época –Panamá tenía apenas cuatro años como república– lo normal seguía siendo parir en casa. Los partos eran asistidos por parteras sin formación académica, hechas con cada experiencia: rasurar la entrepierna, decir un secreto (oración) y guiar a la mujer que, de cuclillas o recostada, puja, grita, descansa y puja otra vez. Bajo el techo del viejo griego Sogandares vivía su hijo, Manuel Sogandares, y Lidia Rivera, taboganos ambos. La pareja, casada por la Iglesia, tuvo siete hijos. El nacimiento de Lidia vino a consolar a la joven pareja luego que la primogénita, Gudney, muriera a los pocos días de nacida. Fue enterrada en una gaveta en el patio de la casa.

Luego de Lidia nacieron Anastasio, Víctor, Oscar, Camilo y Lucila. La familia Sogandares Rivera era instruida y de clase media, elementos como que el padre estudió mecánica y que la pareja estuviera casada lo demuestran. Al leer a Juana Oller de Mulford en Valores femeninos panameños (1978) podría hacerme la idea de que la familia pertenecía a una especie de nobleza tabogana.

Para otra referencia de lugar y de tiempo, Lidia nació en La Isla Mágica, de Rogelio Sinán, uno de los más influyentes escritores panameños. En esa isla había “brisa, árboles, campanas; mar, balandras, gaviotas; peces, mariscos, olas; nubes, tormentas, frutas”, tamarindos, mangos y mameyes. En la playa había caracoles, conchas, y asustados y pequeños cangrejos corrían de un lado para otro, huyendo de las manos de las niñas y los niños que bajaban a jugar. Los chiquillos más grandes hacían competencias en canoas. De ese modo, uno de los hermanos de Lidia, el mayor de los varones, se cortó el muslo con un cuchillo. Lidia madre cosió con hilo y aguja esa herida, “a rejo limpio”, como se dice. Viendo a su madre hacer curaciones nació en Tula –como le decían a la niña Lidia– el anhelo de ser médica.

Antes de continuar con su infancia y estudios, me interesa abordar el error en su fecha de nacimiento. Aunque en varios documentos aparezca 1908, incluso en un currículum escrito de su puño y letra, dos de sus sobrinas aseguran que nació en 1907. Por correo electrónico, desde Estados Unidos, Lydia Payne (la sobrina mayor de Tula) escribe:

“Los datos de la iglesia donde se encuentran sus restos dicen 1908. Pero Anastasio [mi padre] nació el 25 de enero de 1909. Mi tía nació un 17 de octubre y no pudo ser 1908”.

Por su parte, Carmen Sogandares de Mackenzie, la sobrina menor, me confirma que, a Tula, de adulta, le encantaba poder quitarse años.

 

La educación mixta en el Instituto Nacional 

“A cualquier joven panameño acostumbrado a las comodidades materiales del mundo moderno, le será difícil imaginarse el estado de atraso en que se encontraba Panamá al separarse de Colombia en 1903. La nueva República tenía entonces unos 320.000 habitantes. La capital era una ciudad de 25.000 almas con algunas calles empedradas y las demás sin pavimentar. No tenía acueducto ni alcantarillado y el sistema eléctrico era rudimentario.

La Guerra de los Mil Días había dejado al país prácticamente arruinado. La ganadería había sido aniquilada. No había carreteras y la comunicación entre los puertos del Pacífico y la capital se hacía por embarcaciones de vela. Las condiciones sanitarias eran pésimas. El paludismo y otras enfermedades endémicas minaban la población, principalmente la del interior. Como consecuencia de la Guerra de los Mil Días, las 120 escuelas que existían en 1899 fueron clausuradas. ‘En el ramo de Instrucción Pública abandonado durante tres años de guerra –decía el Mensaje de la Junta Provisional de Gobierno a la Convención Nacional– nada encontramos que no necesite reformas substanciales. Os toca a vosotros la labor de organizarlo sobre bases científicas, de conformidad con sistemas y procedimientos modernos”.

Francisco Céspedes, La educación en Panamá: panorama histórico y antología (1985)

La niña Lidia comenzó sus estudios primarios en la única escuela de la isla, pero debido al trabajo de su padre con la Compañía de la Navegación Nacional la familia Sogandares Rivera se mudó a Ciudad de Panamá, por Avenida B, a la altura de Calle 5a Este o Calle 6a Este. De hecho, el nuevo hogar pudo estar en cualquiera de las dos calles, pues la referencia es que quedaba al costado del Palacio de las Garzas.

Para que continuara sus estudios primarios iniciados en la isla, Tula fue inscrita de inmediato en la Escuela de Niñas de Santa Ana #2. La maestra Tomasita Casís tenía ocho años dirigiendo esa escuela y había convertido al pato en cisne. La pequeña matrícula, que denotaba poco interés de los padres de familia en la educación de sus hijas, fue contraatacada por visitas de la maestra, de puerta en puerta, explicando los beneficios de saber leer y escribir. Con su liderazgo, este centro primario fue un piloto de enseñanza y un ganador de concursos. En ese sistema que alentaba a las niñas a florecer y competir, Tula se hizo notar.

Culminada la primaria ¿qué más había para las adolescentes? Las opciones que ofrecía el Estado panameño a las jóvenes eran limitadas a estudiar magisterio y enfermería. Pero esto cambió en 1919 cuando se implementó una innovación de política pública extraordinaria: la coeducación o educación mixta.  Como lo expresa la Ley 35 de 1919, Artículo 21:

“El número mayor de alumnos asistentes a cargo de un solo maestro en una sesión será de cuarenta. Cuando la asistencia a una escuela o grado pase de ese número, el grado será organizado de la manera que más convenga, a juicio de la Inspección General de Enseñanza Primaria, la cual queda facultada para establecer escuelas o grados mixtos y la doble matrícula, o sea, la asistencia de un grupo en la mañana y de otro distinto en la tarde. No podrá funcionar ninguna escuela con menos de veinticinco alumnos de asistencia media”.

Durante gran parte del siglo XX, el Instituto Nacional mantuvo su reputación como el colegio más prestigioso del país. En esa época, tenía cuatro secciones: Humanidades, Normal, Comercial y Técnica. Las personas interesadas en optar por estudios universitarios debían inscribirse en el bachiller de Humanidades, que integraba ciencias y letras en dos años lectivos. A diferencia de los otros bachilleres, este no era gratuito. De hecho, tenía un costo de 15 balboas de matrícula anual, aproximadamente 200 balboas en 2022 [unos 192 euros]. Para 1918, el cuerpo docente estaba conformado por profesores de la talla de Octavio Méndez Pereira, José Daniel Crespo, Fermín Naudeau, Jeptha B. Duncan, entre otros. Méndez Pereira fue, por ejemplo, cofundador de la Universidad de Panamá y su primer rector. Crespo, doctor en filosofía en educación, llegó a ocupar el puesto de ministro de Educación logrando la aprobación de la Ley Orgánica de Educación de 1947. Por su parte, Naudeau, graduado de profesor en Chile, sería el nombre de una de las escuelas públicas más innovadoras del siglo XX. Duncan, educado en Francia, sería rector de la Universidad de Panamá de 1942 a 1944.

Durante una década, el Instituto Nacional, con los mejores profesores nacionales y extranjeros, fue un recurso exclusivo para los varones, situación que cambió con la educación mixta. Como lo sugiere el poco énfasis en las niñas y adolescentes del texto de ley, la innovadora ley de 1919 no tenía pretensiones de igualdad de género. En realidad, fue elaborada para lograr eficiencias en el presupuesto educativo e implementar avances pedagógicos. Sin embargo, la apertura al sistema mixto causó alarma entre las mentes más conservadoras. Pero esto no detuvo la implementación de la normativa, dándole oportunidad a las niñas y las adolescentes a recibir una mejor y más variada preparación.

A pesar de las nuevas oportunidades, conseguir un cupo en el Instituto Nacional para una niña en el curso 1921-1922 no fue empresa fácil. Lidia madre, una mujer con el carácter de un general, convencida del potencial intelectual de su hija, invirtió muchas horas esperando una respuesta hasta lograr su objetivo: matricular a Tula en el Instituto Nacional.

Día tras día, la nueva aguilucha (como se conoce a las estudiantes de este instituto) debió subir por avenida B hasta la esquina de la casa y taller del fotógrafo Carlos Endara. Allí doblaría a la izquierda e inmediatamente a la derecha para pasarle al frente al parque Santa Ana y transitar por la movida avenida Central. Después, giraba a la izquierda y hacia arriba por calle H, caminando siete minutos, hasta topar con calle Estudiante y allí, justo allí, estaba el Nido de Águilas.

Lidia Sogandares habitó plenamente las escaleras, salones y pasillos del Instituto. En el primer ciclo, llamado ciclo inferior, de tres años de duración, estudió castellano, inglés, francés, geografía, historia, matemáticas, física y química, ciencias naturales, antropología e higiene, moral, psicología, lógica, caligrafía, dibujo, canto, gimnástica y trabajos manuales.

Tula finalizó el ciclo inferior y fue por el bachiller. En Gaceta Oficial se anunció el nuevo calendario escolar: El Decreto Número 20 del 4 de abril de 1924, firmado por el presidente Belisario Porras y el secretario de Instrucción Pública, Octavio Méndez Pereira, dictaba que:

“El primer semestre del curso lectivo de 1924 a 1925 comenzará el viernes 2 de mayo y terminará el sábado 13 de septiembre de este año. El segundo semestre escolar comenzará el lunes 29 de septiembre próximo y terminará el sábado 7 de febrero de 1925.

Las vacaciones de mediados de curso tendrán lugar del 13 al 28 de septiembre. Las vacaciones finales comenzarán el 8 de febrero de 1925”.

Y así se inició el año lectivo 1924-1925. El aula máxima del Instituto Nacional era otro salón de clases. Allí se debatía sobre Panamá y el mundo, y se dictaban conferencias. En ese espacio, emergió la primera Federación de Estudiantes de Panamá y se editaban las revistas Juventud, Preludios y El Niño. La pasividad nunca fue parte de la naturaleza de Tula, así que seguramente disfrutó de aquel periodo burbujeante. En efecto, 1924 fue un año movido para ella. Ingresó al bachiller, se probó en literatura y escritura, y portó la corona de las primeras novatadas estudiantiles.

No he tenido la dicha de ubicar el análisis de poesía popular panameña con que ganó un concurso de la Federación de Estudiantes ese año en que empezó el bachiller de Humanidades, donde estudió raíces griegas y latinas, obras literarias (lectura y crítica), inglés, francés (lectura y traducción), historia de la civilización, matemáticas, física, química, ciencias Naturales, cosmografía, instrucción cívica y economía política, dibujo y gimnástica. Tampoco he tenido entre mis manos las colaboraciones de Tula para las mencionadas revistas (Juventud, Preludios y El Niño), pero el diario La Estrella del 29 de octubre de 1926 atestigua que los textos existieron.

 

La reina del Instituto 

Hay una característica nata de Tula que le facilitó sus propósitos en la vida: “Tenía charming”, me dijo Gloriela, la hija de Esther Neira de Calvo. Tenía encanto y lo usó desde temprana edad.

La primera novatada se hizo entre candidatas de cuarto año de las escuelas secundarias públicas que había en la ciudad: Normal de Institutoras, la Profesional, Artes y Oficios, y el Instituto Nacional. Al principio de la contienda Tula era la tesorera de la candidata Nelly Reeves. No sé qué pasó con Nelly, pero por alguna razón le tocó a Tula reemplazarla y representar al Instituto.

Hay una fotografía que inmortaliza aquel julepe. La cabellera negra, voluminosa y larga cae sobre un par de hombros rellenos, dejando ver un amplio y profundo escote. La melena también enmarca su rostro ovalado, mirada dulce, fuerte y penetrante, sus labios definidos y su nariz pronunciada. Así luce Tula en la foto que promocionó su candidatura a reina novata. Aunque hermosa, la imagen no refleja la tendencia del momento, que era vestir como flappers y tener el cabello corto como un muchacho.

Llegó el día de la votación y Lidia Sogandares obtuvo la victoria, convirtiéndose en la primera reina de las novatadas interescolares y en la primera reina del Instituto Nacional. Hasta el mismo presidente Belisario Porras hizo una recepción en honor a la reina. Sus edecanes fueron sus compañeros de clases Menalco Solís y Marco Aurelio Robles, quien de 1964 a 1968 sería presidente de la nación.

Apenas pudo, la coronada se fue a Taboga a celebrar con sus coterráneos. Llegó en el vapor David, acompañada por damas y edecanes para ser bañada por flores y toparse con letreros que decían: “A la bella Tula” y “Viva su majestad Lidia I”.

Pasado el jolgorio, Tula volvió a centrarse en sus estudios. Raíces griegas y latinas, obras literarias, inglés, francés, historia de la civilización, matemáticas, física, química, ciencias naturales, cosmografía, instrucción cívica, economía política, dibujo y gimnástica: ese fue el plan de estudio decretado en 1909 y el que probablemente seguía vigente para los periodos 1924-1925 y 1925-1926.

 

La primera hazaña

La escuela intelectualmente más desafiante, la fábrica de lumbreras del país, el Instituto Nacional, fue el lugar propicio para que Tula completara su primera hazaña. Lidia Sogandares ocupó el primer puesto de honor de la clase de Humanidades del 25-26 y en consecuencia la primera mujer que conquistaba ese mérito. Con ella, la coeducación mostraba su éxito. Eso tuvo resonancia e impacto en el ámbito educativo, a distintos niveles. Luis E. González, estudiante de la sección Normal del Instituto Nacional, defendió la coeducación y exaltó la capacidad de la mujer en la edición de agosto de 1926 de Preludios.

“…¿Qué puede un hombre consultar con una mujer de este tipo [sin educación]? Nada, nada, absolutamente. Y de aquí la desunión de muchos hogares, y la tendencia de los hombres a creerse superiores a la mujer… La mujer debe ser, y la mujer moderna lo es ya en algunos países, enteramente libre, desde todo punto de vista; debe agitarse en la sociedad en entera posesión de su albedrío; libre de elegir oficio o profesión, con enteras facultades para asimilar cualquiera de los ramos de la ciencia moderna…”.

En las cinco páginas del artículo no hay mención a Tula, pero es una muestra del pensamiento progresista de los jóvenes estudiantes.

Ya graduada, Lidia fue invitada en calidad de estudiante al Congreso Panamericano Conmemorativo del de Bolívar y al Congreso Interamericano de Mujeres, realizados paralelamente en junio de ese año. El de Mujeres estuvo presidido y organizado por Esther Neira de Calvo, feminista e Inspectora General de Instrucción Pública Secundaria y Profesional, quien recuerda que Lidia prestó una

“valiosa contribución durante las sesiones de ese evento interamericano femenino y fue sobresaliente su participación en las discusiones sobre los problemas de la niñez americana, uno de los temas del Congreso. El objetivo fundamental de sus intervenciones fue la niñez empobrecida, como si se perfilara en ella desde entonces, particular afinidad por la maternidad desvalida”.

Lidia deslumbró a Esther Neira de Calvo con su primer puesto de honor, con la participación en el Congreso y con su deseo de estudiar medicina. Para Esther, el primer derecho que debía perseguir la mujer, antes que el sufragio, era educarse. Lidia deslumbró a la persona correcta. Neira de Calvo era una mujer con el poder de acercarle un poco el sueño de estudiar medicina, debido a que la Unión Panamericana le cedió una beca para una estudiante panameña. Neira de Calvo le dijo a la recién graduada que la licenciatura era el primer paso para acceder a los estudios de medicina. Sin embargo y en retrospectiva, que Tula estudiara en el Nido de Águilas y no en el Liceo de Señoritas fue decisivo en el camino hacia la conquista del título de medicina. El Instituto Nacional tenía los mejores profesores del país y el bachiller de Humanidades era la oferta más completa para la preparación universitaria. Lograr la hazaña de destacarse como la mejor estudiante de su promoción en este contexto de excelencia le dio a Tula la seguridad necesaria para tomar el siguiente paso.

Lidia, quizá en un intento por hacerse más cercana a su modelo de mujer aspiracional, le pidió a Neira de Calvo ser su madrina de confirmación. Pese a la diferencia de edad, ambas se admiraban, ambas se respetaban y comenzaron una relación de mentoría que se convertiría en una gran amistad.

 

La edad correcta

Encajar los años de vida reales con los años de estudios ha tomado tiempo, un tiempo disfrutable. Tula debió entrar a primer grado en el periodo lectivo 1915-1916, a los ocho años, que era la edad habitual para iniciar estudios en esa época, y terminar su sexto grado en 1920-1921, a los trece años. En ese entonces, el calendario escolar comenzaba en abril o mayo y se extendía hasta enero o febrero del año siguiente. El primer ciclo o ciclo inferior tenía una duración de tres años, que seguramente realizó de 1921-1922 a 1923-1924. El bachillerato de Humanidades duraba dos años, los que Tula cursó en los periodos lectivos 1924-1925 y 1925-1926, graduándose realmente con dieciocho años en enero de 1926.

Estos fragmentos pertenecen al libro La Doctora. Lidia Sogandares.

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