Living

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Qué grande es el cine, mejor en pantalla grande antes que sujeto a la dictadura de las plataformas y la visión en el gran televisor de plasma último modelo. Uno llora, ríe y en definitiva siente las emociones siempre y cuando no tenga que soportar la presencia de un espectador que hace ruidos insufribles a base de palomitas o nachos y habla con su acompañante como si estuvieran en la mesa camilla de casa. La falta de educación alcanza también al comportamiento social en la oscuridad de una sala de butacas.

Pero hecha esta observación, qué grande también puede ser la vida, incluso para aquellos que son conscientes que se apaga por las propias razones de la biología o porque una imprevista desgracia la acorta, lo cual le conduce a uno a reflexionar sobre qué sentido tiene vivir independientemente de las creencias religiosas que se puedan tener. Si se tienen, claro. ¿Cómo aprovechar los momentos que aún nos quedan para disfrutarlos o simplemente para movernos en la pura vacuidad? Momentos en los que podemos ser muertos en vida, pero que al pellizcarnos sentimos que aún existimos. Y queremos prolongar esa existencia para darle algún valor por mínimo que sea.

El otro día vi una preciosa, una bellísima película, Living, de un sudafricano del que no había visto hasta ahora nada, Oliver Hermanus, y con un guión del Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro, nacido en Japón pero educado en el Reino Unido. Es una especie de remake, aunque no del todo, de una cinta de Akira Kurosawa de 1952, Ikuro (Vivir) y a su vez inspirada en una breve novela de Lev Tolstoi, de 1886, La muerte de Ivan Ilich, libro que yo no he leído y que para algunos escritores rusos como Vladímir Nabókov está considerado como una pieza maestra del siglo XIX.

Con todos esos antecedentes Living podría presentarse como, sin más, la clásica precuela a la americana de la cinta de Kurosawa, que por otra parte no está entre las de mayor éxito del genial cineasta japonés. Y sin embargo, en mi opinión, las dos horas del film son cautivadoras. Uno espera que algo impactante vaya a ocurrir, pero todo discurre bajo la simplicidad de las cosas, lo pautado, la rutina y la grisura del mundo de la burocracia…hasta que algo sucede.

Es la vida de Mr Williams, un burócrata de traje diplomático de rayas, impecable, encorbatado, con bombín y paraguas, un viudo a punto de jubilarse, que no trasluce emociones con sus subordinados. Ni siquiera se mezcla con ellos en el tren que les lleva al trabajo o se junta para tomar un té o una cerveza. Como debe ser, según sus patrones de conducta. Siempre he encontrado bastantes semejanzas en el comportamiento de japoneses y británicos, habitantes de sociedades insulares, tan contenidos y tan excesivos cuando se desinhiben. He vivido en el Reino Unido y en Japón.

A diferencia de la de Kurosawa, ambientada en el Japón devastado por las bombas atómicas, la película de Hermanus se desarrolla en el Londres de los cincuenta. Así quiso que fuera Ishiguro, inspirador del proyecto, quien además de esta condición pidió al productor que el papel protagonista recayera en el veterano actor Bill Nighy, quien lo borda desde el primer instante. Bien se merecería una nominación al Oscar o algún otro premio internacional por su interpretación. De Nighly recuerdo haber visto Love actually, The bookshop (de Isabel Coixet) y Regreso a Hope Gap. Tiene una larga carrera en el teatro y en la tele.

Uno llega a meterse en el personaje de Mr Williams, entiende sus silencios, su aburrimiento, su dolor al descubrir una noticia imprevista, su intento de olvidarla con la juerga forzada, su tímida alegría al conocer a una joven empleada que llega a su negociado. Se sigue con emoción su final y hasta el reconocimiento posterior. Todo encaja, como no podía ser de otra manera, dentro de la lógica de sus colegas, incluso aunque su gesto admirable no tenga continuidad en otros gestos tan pesados, tan aburridos o tan fútiles con los que los seres humanos recorren sus vidas. El muro de la vacuidad no es sencillo de derribar.

La literatura de Ishiguro me encanta. Cuando le concedieron el Nobel en 2017 me alegré tanto como cuando lo recibió Mario Vargas Llosa en 2010. Por fin, me dije, alguien cercano, alguien al que entiendo, alguien con quien comparto en la lectura emociones aunque no necesariamente vivencias parecidas. Ishiguro nació en Nagasaki pero con apenas seis años su familia se trasladó a Gran Bretaña. Sin embargo, no pocas de sus novelas rezuman algo del carácter japonés. La más célebre tal vez por llevarla al cine James Ivory es Los restos del día (Anagrama, 1990), que narra la historia de un mayordomo de un aristócrata inglés colaboracionista con los nazis, su pasión por el trabajo bien hecho que raya en el perfeccionismo y su nunca declarado amor por el ama de llaves. ¿Quién no recuerda a Anthony Hopkins y Emma Thompson en esos papeles en la cinta de Ivory?

Living es sobre todo un film de un guionista (Ishiguro) y de un protagonista (Nighy). El Premio Nobel ha afirmado que en su opinión, aunque la vida de uno no sea trascendental se puede contribuir al bien de los demás, por poco o mucho que se ofrezca. Y no se habla aquí de una cuestión de amor y atracción sexual entre dos personas, sino del trabajo en solitario, callado, aunque sea tardío, aunque venga como consecuencia de una circunstancia imprevista. Puede que nadie vea tus méritos, sostiene Ishiguro. Eso no importa, ya que el éxito es a veces una experiencia solitaria y no del todo reconocida por la sociedad.

La duda que no me despeja Living es si el ser humano es por definición bondadoso, generoso, comprensivo con los demás o que sólo las circunstancias imprevistas al límite de su conducta le conducen a manifestarse de ese modo. Me temo que ni siquiera el imprevisto, la circunstancia extrema e irreversible, nos hace cambiar demasiado. O si lo hace, pronto regresamos a la grisura, a la sumisión como el niño al que reprende la madre por no cumplir con el deber. En cualquier caso, yo salí de la proyección con optimismo y confesándome que pese a todo, pese a la futilidad de las cosas, la vida tiene sentido y por tanto vale la pena vivirla.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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