Llamarse patético

0
262

Llamarse patéticos unos a otros es como llamarse políticos, un vulgar intento de trascender de su esencia insultándose a sí mismos (y a sus representados) con ella...

 

Aunque parezca una broma a Pablo Iglesias le quedan muchas cosas por decir. Lo de, por ejemplo, “en Podemos respetamos las decisiones judiciales” llegará del mismo modo que ha llegado lo de “patético”, que es un término de moda luego de haberlo presentado en la pasarela del debate sus principales diseñadores: Rajoy & Snchz. Faltaba, por supuesto, Pablo, que ya le ha encontrado un hueco en su discurso. En realidad, el espectro político abunda en patéticos, individuos, según la RAE, que son capaces de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad, dolor, tristeza o melancolía. Otra cosa es el uso que se hace de la palabra, pues ya se sabe de la costumbre de los representantes públicos de inventárselas como el personaje de Cela en la película de Camus. Con su adhesión a este patetismo de La Colmena (quizá también le veamos absorber, o al menos presumir de ello, el agua de una palangana por vía anal), Pablemos casi se engancha definitivamente a la casta que es lo que siempre ha querido: señalarla, demonizarla y luego introducirse en ella para destruirla tal y cómo existía: aquel mismo Chávez de los inicios que se abrazaba a Aznar y le concedía entrevistas a Jaime Bayly. De aquel primer señor hasta el último, dentro del cual está Maduro (el Kim Jong postrero del chavismo), como si  llevara a Hugo en el vientre igual que a Quato en ‘Desafío Total’, se puede apreciar el regreso de la barbarie, como si un gobierno (o un pueblo) democrático destrozase a martillazos sus propias esculturas asirias. Llamarse patéticos unos a otros es como llamarse políticos, un vulgar intento de trascender de su esencia insultándose a sí mismos (y a sus representados) con ella, e infundiendo afectos vehementes, con particularidad, dolor, tristeza y melancolía como aquel cazador de Chéjov, Egor Vlásych, que le decía sin reparos a la campesina Pelagia, su esposa accidental, que él era un hombre mimado y necesitaba una cama, y buen té, y conversaciones delicadas; y que se suicidaría si por decreto tuviera que vivir con ella en el pueblo, en medio del hollín de su isba y de la pobreza. “Así es tu suerte, tú destino. Aguanta, huérfana”, le dice antes de seguir su camino. Pelagia lo ve alejarse bajo el sol mientras se van fundiendo los colores de sus ropas hasta hacerse invisibles. Uno desde esta distancia sólo es capaz de distinguir su coleta (como Pelagia el gorro de Egor) hasta que gira bruscamente a la izquierda del sembrado y la coleta, la coleta patética según Matías Martí y también según la Real Academia, desaparece.