Lluvia de fraudes

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Esta semana está lloviendo de lo lindo sobre la capital de la República de Guinea Ecuatorial. Lo de república, no nos cansaremos de decirlo, es un mero decir, pues acá muchos no sienten que vivimos en una res pública. Si no, no se desvivirían en componer bellos cantos para adular a los que mandan. Y en un frenesí compositor que atraviesa nuestras fronteras. Hace poco vimos por las calles a un vendedor de dvd falsificados cuyo contenido eran las loas cantadas por el ¡Grupo Antorcha de las orillas del Ebro! Y creíamos que cantábamos aquí porque no teníamos más remedio. En todo caso, los cantores son los mismos, los mismos que moverían sus labios gordos para adular a los mandamases de este lugar, estén ellos donde estén. Nos referimos a los que cantan, no a los mandamases, que siempre querrán estar aquí.

 

Pero no era de eso de lo que íbamos a hablar, pues el título hace alusión a las aguas. Hace poco fuimos, después de un tiempo sin hacerlo, a Colwatá. Como quitaron ya los bidones y otros impedimentos para  tapar la obra mientras la acometían, damos por concluida la reparación del lavadero del mismo lugar. Ahora se puede ir allá a coger agua, como lo hacíamos antes, y con los grifos reparados, teníamos esperanza en tardar allá el menos tiempo posible. Pero cuál fue nuestra decepción cuando descubrimos lo que nunca dijimos, a pesar de que era clamoroso: en el sitio habían hecho una chapuza. Unos aprendices pagados con el dinero de Guinea habían dejado el testimonio de que nadie miraba por lo que se hace en este país. Lo diremos otra vez, una monumental chapuza. ¿Cómo se puede ser tan descarado para perder tantos meses y dejar al público malabeño algo tan mal hecho? Y no se recataron en mostrar que el trabajo lo pagaba el gobierno de Guinea, con floridos carteles y letras versales.

 

Pero lo grueso del asunto no es la chapuza, sino que, con las ansias que tenían de mostrar que Guinea ya pagaba para reparar edificios coloniales, se olvidaron de porqué aquel sitio se llamaba Colwatá. Y es que después de los meses, en el sitio que todos conocemos ¡no sale ni una gota de agua! ¿Y alguien recuerda de cuando, en otra entrega, dijimos algo del asalto a nuestra dignidad cuando nos hacían fotos? Avivo el recuerdo porque todavía cogemos agua en este montón de basura. Seguimos agachándonos en esta falda repugnante para recoger un poco de agua que sale de un tubo hincado entre toda la porquería del sector noreste del barrio Ela Nguema. La obra, un verdadero fraude. El sitio está como abandonado, y no se ha inaugurado. Hoy, cualquiera que viera el lavadero por primera vez se convencería de que está ante una ruina, y no en una construcción que se acaba de reparar. Bajen todos a verlo. ¿Qué ha  pasado ahí? Que con esta fiebre que padecen los que deciden en este lugar de echar cemento a todo espacio vacío, pensaban que bastaba con echar cemento para que el agua de Colwatá llegara a todos. Y no prestaron atención al fluir natural de las aguas del lugar, un fluir acondicionado que sostenía aquella fuente. Los nuevos constructores, apremiados por cheques oficiales, no tienen idea de lo que había ahí y se han dado con un canto en los dientes. No tenemos agua, pues, en Colwatá, y con el acondicionamiento del sitio, hay muchísimo menos de lo que había. Cualquiera puede bajar ahí y se dará cuenta que por la parte alta de todo lo ahí montado desde meses, fluye lento hacia la mar vecina el agua que, por las obras, ya no está recogida en ningún sitio. Es decir, que el agua que debería fluir por los grifos, previo depósito, se diluye por el cemento y acaba donde no debería, para el disgusto de los que ahí vamos con nuestras necesidades a cuestas.

 

Cualquiera que lea hoy este articulito dirá que, aparte de repetitivo, es un tema muy de andar por casa. ¿No hay otro tema, señor?, qué obsesión, dirían. Pero el tema no es tan banal como lo piensan. Y es que es cierto que con el asunto de la reparación de Colwatá la improvisación se nota menos, y  que el dinero que se habrá embolsado el jefe de turno será poco. Pero miren lo que pasa con otras obras guineanas, de las que se conoce su precariedad meses después de su inauguración. Edificios grandes en las que hay que hacer añadiduras u otros apaños para adecuarlos a la realidad. Miren el aeropuerto, en el que los ciudadanos que van a esperar a sus familiares y amigos esperan fuera, queme el sol o llueva. Vean el aeropuerto de Bata, carente igualmente de una sala de espera. Y cuenten los millones que nos gastaremos, se gastará el Gobierno de Guinea Ecuatorial, para terminar de cavar cuantas veces se requiera las calles de Malabo. En fin, la mención del asunto de Colwatá es para certificarnos de la tremenda improvisación que existe en este país. Cuando el asunto no es para satisfacer el ego de los mandamases, es para contentar, de cara a la galería pública, a los ingenuos ciudadanos que esperan una mejoría en sus vidas. Pero al final, y como ocurre con el lavadero de Colwatá, no hay agua, y hasta que se cumpla el horizonte 2020.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.