Lluvia en Nueva York y memorias del desierto

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La lluvia es una melodía lenta que empapa algo más que la ropa. Las gotas que caen suavizan la memoria, invocan al pasado, las memorias del desierto.

 

 

Soy del desierto. Ya deben de haber conocido a otros como yo que les hablan de la garúa y de una ciudad desordenada donde no pasan las lluvias: de una metrópoli empolvada bajo un cielo de tono gris, con damero colonial y avenidas de anchos ecos europeos, con cerros poblados en avalanchas del siglo XX, pegados al mar. Soy de aquel desierto. Y si bien soy viejo para decirles que me sorprende la lluvia, verla caer, sobre otra ciudad, tiene su magia. Anoche llovió sobre Nueva York.

 

Mi madre estaría contenta con la lluvia. Hubiera sido el fin de la invencible capa de polvo que llenaba su casa apenas abría la ventana. La ciudad del desierto y sus automóviles tan temidos recobrarían una capa de color. Nunca nadie hubiera escrito con el dedo sobre mi parabrisas empolvado de oficinista con estrés: Límpiame. Acá la lluvia reemplaza al muchacho que te pasa el trapo por unos cuantos soles. Basta que aparezcan las gotas fuertes, para que tu automóvil gane brillo, los narcisos recobren su color, los arbustos su verde, la ciudad su primavera recién ganada. Un diluvio cada ciertos días es nuestra receta para conservarnos neoyorquinos.

 

Te entra por los ojos. El agua que moja el asfalto, que rebota y nos recuerda el paso del tiempo, nos cubre de un aura. El marco líquido nos hace imaginar las playas secas de nuestra adolescencia, mientras corremos a guarecernos. Esa máquina dispersa que es la mente nos remite al suelo de veintitantos años antes, a la primera lluvia en tierras extrañas, al primer dolor de amor: agua y llanto nos tienden sus brazos. Llorar por amor, nada más ridículo. Tantas veces ridículo que camino entre la lluvia y recuerdo haber llorado de amor. Soy del desierto, la lluvia es para mí como ese árbol de fuego en las páginas de un poema: un símbolo de la distancia, como un poste con el número del kilómetro pintado. Lo veo y algo me hace falta. Lluvia de Nueva York que convocas a otras partes distantes, cómo te quiero.

 

Mis paisanos se han quejado de tener que lidiar con los elementos. Allá un loco calato solo necesita una caja para seguir seco, acumulando polvo. Una casa jamás contempla la posibilidad de un techo a dos aguas. Esta noche mi mujer me pide que salte desde la estación de tren, hasta nuestro auto, para recojerla . Va a aprovechar –que yo me moje– para esperarme debajo de un techito. Es tarde: no es necesario que nos empapemos los dos.

 

Así que camino y piso los charcos (charco: otra palabra que a los limeños nos suena a país lejano, o por lo menos a viaje a Tarapoto, a barco amazónico escuchando a los loros con la camarita de rollo de 24 fotos, carretera central entre Ticlio y Huancayo; o a Cuzco de viaje de promoción, mojándonos entre muros incas, agarrados a nuestros diecisiete años y a una cerveza Cusqueña, a la calle Procuradores y a una pizza; o a Huaraz, alguna noche en aquella plaza con vista a la cordillera blanca, al pie del Huascarán, donde todo limeño de los 1990s quiso pasar la Semana Santa). Me caen las gotas mientras camino hacia el auto y levanto los ojos para ver si hay tormenta: ese relámpago que vi por primera vez en Buenos Aires, cicatriz que parte el cielo con mejor luz que aquellas bombas de Sendero en el horizonte de una Lima de apagón. No, esta noche hay lluvia de ritmo controlado: una melodía que me moja.

 

Mientras conduzco entre los pocos autos abandonados a la madrugada, con el limpiaparabrisas diciéndome algo en inglés que no le entiendo, y con calma porque llevo algún vaso de whisky –además de la larga noche de fábula que ya ha terminado–, la humedad de la lluvia se me mete en los recuerdos.Tanto como la distancia que me separa de mi primera casa y los años que me separan de mis primeros recuerdos, me sorprende ser el hombre que, otra vez, ve la lluvia cayendo sobre Nueva York.

 

Qué les puedo decir. Pido comprensión. Sigo siendo el hijo de Tula y Jorge, el hermano de Nicolás y Carolina, el niño que creció en un desierto.