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Me paro a pensar en las ventajas que tengo al usar las redes sociales –Facebook y Twitter y todas esas aplicaciones– y me sobran los dedos de una mano para enumerarlas.

 

 

 

Me paro a pensar en las ventajas que tengo al usar las redes sociales –Facebook y Twitter y todas esas aplicaciones y me sobran los dedos de una mano para enumerarlas.

 

Las hay, sin duda.

 

1. Gracias a las redes los de fuera conservamos el contacto con familia y amigos que viven en otros países y de vez en cuando nos enteramos de un acontecimiento importante: una boda, un bautizo o, mejor aún, un viaje en el que podemos coincidir con nuestros amigos o familiares lejanos (hoy ya nadie o casi nadie avisa por teléfono o email).

 

2. Gracias a Facebook guardamos algunas fotos de los viajes y de los encuentros más o menos relevantes de nuestra vida  que de otra forma se perderían con nuestros efímeros aparatos telefónicos o se borrarían para siempre en la obsolescencia programada de nuestras computadoras.

 

3. Gracias a Facebook y Twitter contactamos con gente de nuestro mundo laboral (mi director de tesis, mis editores y algunos de mis directores de casting me responden exclusivamente en las redes sociales).

 

4. Gracias a estas redes, en fin, difundimos injusticias y convocamos marchas: no hay que olvidar que fueron claves para encender la mecha de la Primavera Árabe, del 15M, de las marchas por los 43 de Ayotzinapa y de un sinfín de reivindicaciones sociales.

 

Nadie puede negar la vigencia y utilidad de las redes. Y por ello es muy difícil deshacerse de ellas. Pero tampoco podemos negar que los aspectos negativos son infinitamente superiores en cuantía y en daño. Aquí van algunas de las consecuencias más graves e incuestionables.

 

La primera: las redes sociales nos hacen más antisociales. Sí. Mil veces sí. Más prepotentes, más egoístas, más superficiales y mucho más solitarios y antisociales.

 

Vamos por partes. Más prepotentes y engreídos. Creemos que somos fotógrafos por exhibir cuatro atardeceres con filtro en Instagram; nos creemos filósofos, monologistas o creadores de opinión cuando comparten o adulan nuestras reflexiones de 140 caracteres en Twitter; nos definimos como escritores por contar nuestras miserias cotidianas en Facebook y, lo peor de todo, pensamos que tenemos amigos y seguidores por doquier. El día que despertemos y choquemos con la dura y triste realidad no somos tan listos, ni guapos, ni talentosos, ni tenemos tantos amigos van a rodar almas. Si es que quedan.

 

Muchos de los gurús superstars del Twitter y del Facebook (todos conocemos a alguno) suelen ser individuos megalómanos necesitados de un reconocimiento social que no sacian en la vida real. Incapaces de lograr felicidad real, los tuiteros y facebookeros de profesión (sí, esto ya es una profesión) fabrican un sucedáneo de felicidad virtual y consiguen convertirse en líderes virtuales; la gente comparte todo lo que dicen, ríen sus gracias y chistes y, sobre todo, machacan a sus enemigos. Los gurús virtuales se convierten en seres poderosos con impunidad para difamar y denigrar a su antojo en un espacio donde el odio es predominante, porque ya se sabe: los seres más acomplejados son los que más odio tienen para repartir a su alrededor, y cuanto más mordaz y radical, más nos gusta. Es tanto el odio y la ignominia que circula en internet que algún día no muy lejano tendrá que legislarse al respecto. Y los insultos, las difamaciones y las infamias virtuales no saldrán gratis.

 

Pero lo más grave no son estos exitosos gurús cibernéticos. Lo grave de verdad es que hasta las personas normales y bienintencionadas quieren destacar y se convierten poco a poco en monstruos. Cada vez con mayor frecuencia leo los comentarios de amigos que en la vida real son personas respetuosas y tolerantes y que en la red se desgañitan como ratas rabiosas contra cualquier discrepancia. Reconozcámoslo: todos hemos caído en esto alguna vez. Lo importante, lo chido, lo cool, es figurar, opinar, aparecer y destacar de forma estruendosa y radical, con comentarios furiosos y violentos contra los espectadores de determinada película, contra los lectores de determinado medio o contra los simpatizantes de tal o cual ideología (tildados todos ellos de retrasados mentales). Lo importante es insultar, menospreciar, quedar por encima. Lanzar nuestro vomito al aire virtual y rezar para que la mierda llueva a cuanta más gente mejor.

 

Qué pena y qué asco. A veces pienso que seríamos mejores personas y más sociales sin tanta red social. A veces pienso que muchos amigos se caerían mejor entre sí, si no supieran lo que desayunan, vomitan y cagan cada día unos y otros. Si no estuvieran al tanto de todos sus eructos con pretensión de dictamen o aforismo y no se vieran con la obligación de opinar unos de otros constantemente. Sin esa ventana abierta en la que exhibimos sin pudor nuestras miserias cotidianas, nuestras opiniones infumables, nuestros prejuicios y nuestra inmensa ignorancia.

 

Elimino a diestro y siniestro y le doy a “no seguir” innumerables veces con el objetivo de que esa atrocidad virtual aporte algo positivo en mi día a día. Pero no lo consigo. El 95% del contenido sigue siendo mierda pura. Hagan la prueba y juzguen el resultado. Y cuando lo hayan hecho descubrirán algo aún peor: el tiempo que han perdido. Tiempo que podríamos haber empleado para leer un libro, o charlar cara a cara con un amigo, o follar. Pero claro, en el mundo de las redes, las personas cada vez tienen menos amigos reales y con estos hablan y discuten solo por chat cada vez leen menos libros –les basta con postear que los han leído y cada vez follan menos –por más que se esfuercen agregando a chicas guapas y les den ‘likes’ a sus fotos sexis.

 

El mundo de las redes es ese mundo ridículo en el que los seres solitarios concentran sus miradas en una pantalla como obsesos, con el vicio imparable del adicto a la heroína. Pero en este mundo, ese enganche está bien visto y los adictos lo justifican diciendo que se trata de “trabajo, amigos o amantes”, o de la saludable costumbre de “estar bien informados”. La nueva forma de comunicación entre seres humanos, entre homo tecnologicus, parece condenarnos a no vernos, a no oírnos y a no olernos. Perdemos amistades por inútiles discusiones virtuales que podríamos haber zanjado con un brindis cara a cara. La gente camina por la calle cada vez más reacia a hablar, a no ser que la conversación se entable mediante las redes y el chat. A este paso vivir en sociedad, ligar y tener amigos solo será posible si se hace a través de una pantalla.

 

Las redes sociales no solo son hacen más antisociales. Nos hacen peores. Más solitarios. Más inútilmente frustrados.

 

Antes mencionaba como aspecto positivo que las redes prendieron la chispa de innumerables movimientos de protesta. Parece que esto también está cambiando. Antes las redes eran un instrumento para salir a la calle. Hoy pensamos que son el fin en sí mismas, y que llenándolas de contenido revolucionario cambiaremos el mundo. Y de esta forma les hacemos el juego a los poderosos, porque los poderosos no temen nuestras arengas revolucionarias en Twitter, ni nuestros hashtags, ni siquiera nuestros trending topics; temen ver a un pueblo real marchando por calles reales y exigiendo una justicia real. Temen a un pueblo que vote por un partido real.

 

Pero la palabra real ha perdido su significado en el mundo de las redes sociales. 

Javier Molina.  Escritor, historiador y cronista madrileño viviendo entre Europa y México. Ha trabajado en El País y en varios medios latinoamericanos como Letras Libres y Soho. Es autor de las novelas 'Luna Chilanga' y 'Camino a Quetumal'. Actualmente prepara la publicación de su tercera novela, trabaja como investigador y escribe un libro sobre Hernán Cortés y la conquista de México .