Lo más asombroso es que no duele

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Ya puede uno venir de Mongolia sin ni siquiera haberse deshecho de su yurta y ser atendido sin problemas, y sin embargo desplazarse apenas unos quilómetros y hallarse en serias dificultades... 

 

Yo he pensado en Madrid de muchas formas, pero nunca lo había hecho como si se tratara de una ONG. Me dice un conocido, muy enojado, que la capital, en realidad España entera, se ha convertido en una de ellas. Por lo visto cualquiera puede recibir atención médica pública, primaria y especializada, sea o no contribuyente, lo cual está muy bien. No tanto para mi conocido. Madrid se ha modernizado de una manera delirante desde que Camba contaba hace casi un siglo que para un pobre microbio que quisiera vivir tranquilamente, el mejor país era España. Aunque aún hay cosas que mejorar. Recuerdo cómo hace un par de años, de vacaciones en Soria, me abrí accidentalmente la piel como una chirimoya a la altura del gemelo con un alambre de espino oxidado, y en el ambulatorio correspondiente me curaron con un poco de yodo y con estupendos reparos y no quisieron vacunarme contra el tétanos, remitiéndome con enorme amabilidad a Madrid. Yo ya me veía como el protagonista de ‘Las nieves del Kilimanjaro’, recordando mis días postrado al pie de un roble mientras esperaba el final. Esto es una curiosidad reseñable. Ya puede uno venir de Mongolia sin ni siquiera haberse deshecho de su yurta y ser atendido sin problemas, y sin embargo desplazarse apenas unos quilómetros y hallarse en serias dificultades. En España el extranjero dispone de Sanidad Universal y el nativo de sanidad autonómica, y yo temo que el pícaro español empiece a acudir a las consultas fingiendo acentos exóticos. Se han dado órdenes expresas desde los gobiernos (todos esos gobiernos españoles dando órdenes al mismo tiempo me recuerdan a los vecinos de mi comunidad en las reuniones ejerciendo de implacables reyes de sus hogares) sin que a mi conocido nadie le haya preguntado. Lo cierto es que nadie tiene por qué preguntarle después de haber depositado, o no, su papeleta en la urna, así que no importa. Si me lo hubieran preguntado a mí, hubiese dicho que sí a atender a quien fuera necesario con la esperanza de que alguien, mientras tanto, se pusiera a trabajar con seriedad en este asunto; y con la condición (asumiendo el riesgo de ser tildado de «insolidario», una de las peores cosas que hoy en día le pueden llamar a uno), de que la próxima vez en Soria me atendiesen, aunque fuera menos amablemente.