Lo «noir» y la Undécima

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Igual que a cualquier hijo de vecino le puede caer encima un mote, un apodo que le sirva, quiéralo o no, de tarjeta de presentación en sociedad, a ciertos géneros literarios le sobrevienen colores. A la prensa sensacionalista, amarillo; a la novela romántica, el rosa; a la novela del crimen, el negro. 

 

Igual que a cualquier hijo de vecino le puede caer encima un mote, un apodo que le sirva, quiéralo o no, de tarjeta de presentación en sociedad, a ciertos géneros literarios le sobrevienen colores. A la prensa sensacionalista, amarillo; a la novela romántica, el rosa; a la novela del crimen, el negro. 

 

Es un misterio por qué no pasó otro tanto con la novela de terror (¿púrpura? ¿rojiza? ¿bermellón?), con la histórica (¿sepia? ¿oro antiguo? ¿color hueso pergamino?) o con la de ciencia-ficción (¿gris? ¿metálica? ¿azul meteorito?); lo que siempre me pareció es que semejante adjetivación no deparó nada bueno al género, que quedó asociado a este color como a un apéndice innecesario, incómodo y, muchas veces, perjudicial.  

 

Pero antes recordemos, aunque esté mil veces dicho, que la denominación “negra” aplicada a cierto tipo de relato es en gran medida accidental, pues este color fue el elegido por la editorial francesa Gallimard para denominar, a mediados del siglo pasado, a su colección Série Noire, en la que se publicaron, con toda la intención, novelas alejadas de la moralité conventionnelle, y recomendables para el amateur de sensations fortes, según palabras utilizadas por el urdidor de la colección, el editor, traductor y hombre de cine Marcel Duhamel. O sea, monsieur Duhamel promete emociones fuertes, mundo delictivo, submundos urbanos, reinos del hampa y de la marginación con sus nulas (o, tal vez, propias) reglas morales; es decir, lo que ya le venía del Romanticismo y de lo gótico al género, completándolo con las estructuras policiales y detectivescas felizmente incorporadas por Poe y por la novela de género de los autores estadounidenses.

 

Sin embargo, como es también sabido, la novela de género no se llama “novela negra” en todas partes. Polar, krimi o hard-boiled (más modernamente thriller) son otras denominaciones para lo mismo en el ámbito francés, alemán o, en sus inicios como género, en los USA, respectivamente. Estos términos serán más o menos precisos, pero seguro que no han condicionado tanto parte de su producción como en nuestro país, donde el adjetivo “negro”, con sus múltiples connotaciones negativas, desde la telúrica “pena negra” hasta las pinturas negras de Goya, y su ristra de expresiones y decires en que lo negro es protagonista, siempre para mal, ha pesado demasiado.

 

Porque tomarse lo negro demasiado a pecho creó una actitud de ceño fruncido ante el género. El autor afectado de esta suerte de negritud  se cree en la obligación de tiznar de este color cada página que escribe, describiendo con aspiración de “realismo” (equívoco funesto que perjudica hasta el estilo) a personajes marginales, cuanto más, mejor, mayormente vinculados al mundo de la drogadicción y de la prostitución, paisajes y paisanajes a los que se aplica una suerte de tratamiento literario naturalista que hace más de un siglo (desde Pardo Bazán, por lo menos) resulta repetitivo y previsible, de suerte que hay pasajes que podrían peregrinar de una novela a otra sin que se notase el cambio. Esta literatura de la miseria, con intención de denuncia social, que no permite atisbo de humor (ni siquiera “humor negro”), teñida de una algo afectada y melancólica decadencia, ha tenido y tiene sus adeptos: pero nosotros preferimos la que no se ha dejado de escribir desde que hay novela de género en nuestro país (ya indagaremos otro día en sus orígenes) y que sabe convocar la vibración romántica del misterio, que puede y sabe transitar entre las luces y las sombras de la sociedad y que no renuncia a la originalidad, a la reelaboración del tópico, a la aportación singular a la historia del género.

 

A este género lo podemos seguir llamando sin problemas “novela negra”, siempre que sea sin prejuicios y sin condicionamientos; recordemos que en Italia, por razones parecidas a la de Francia, al género se le llamó giallo (“amarillo”), y produjo novelas tan “negras” como las que firmó Giorgio Scerbanenco.

 

 

En efecto, en Milán se mató en sábado (aunque fuera en la tanda de penaltis)

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.