Lo público

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Entre las numerosas especies que pueblan las bibliotecas, quizá una de las más numerosas sea la de los opositores. Estos, de lejos, parecen inofensivos, pero basta acercarse un poco para comprobar que son una bomba a punto de estallar; a pesar del silencio, están al borde de un ataque de nervios. De hecho, justo esa contención los convierte en seres aún más peligrosos. Por eso es mejor no interponerse en su camino, por si alguno tiene el examen a la vuelta de la esquina.

Pero no todos son iguales: también hay subespecies. Esta semana, por ejemplo, me he fijado en los futuros funcionarios sin conciencia de lo público. Resulta contradictorio, pero lo cierto es que no son pocos los miembros de esta subespecie. Seguro que se saben de memoria los principios éticos y de conducta que regirán sus funciones, pero no actúan en consecuencia. Aunque también es cierto que la coherencia no sirve de nada en los exámenes. Tanto es así que, a partir de ahora, los llamaré pragmáticos.

En la biblioteca que frecuento hay dos que me hacen mucha gracia. Llegan a primera hora, reservan sitio para sus compañeros y para ellos primero y, ocupadas todas las mesas, salen a desayunar tranquilamente. Seleccionaron las zonas que más se ajustaban a sus intereses e hicieron de ellas su cortijo. Además, cada uno de ellos ocupa dos plazas, no vaya a ser que tengan que estudiar con alguien al lado. Que la biblioteca sea pública es un dato que no encaja en su plan de estudios.

Su método es sencillo: dejar folios sobre los escritorios para que se crea que están ocupados. Como lo debido es que las mesas estén libres y expeditas, la gente pasa de largo. De este modo, los pragmáticos estudian cómoda y tranquilamente, a sus anchas. Y los no madrugadores pueden aparecer cuando quieran, con la tranquilidad de la plaza asignada.

Aun así, el sistema no es infalible, y esto es lo más divertido. A veces, algún desaprensivo se atreve a preguntar si la mesa está ocupada, o se sienta directamente apartando los papeles. ¡Han asaltado su cortijo! ¡Han perturbado su rutina! Entonces empiezan a resoplar, a lanzar miradas amenazantes a los ciudadanos libres e incluso a chistar. Y a mí me entra la risa al verlos tan superados por el caos.

La verdad es que resultan enternecedores. Ojalá aprueben pronto. Aunque también espero que no les ofrezcan cargos políticos, que eso se da con bastante frecuencia. Que se hayan apropiado de un área de la biblioteca pública no tiene trascendencia, pero miedo me daría que los pragmáticos tuvieran la posibilidad de ampliar sus dominios. «¿Corrupción? Menuda exageración», dirían. «Si es lo que hace todo el mundo, lo normal».

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