Lo que a nadie le importa

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Hay dos tipos de cosas que solemos ocultar a la hora de escribir o de vivir. Estas son: las circunstanciales o insignificantes (sólo en apariencia); y las que, por ser tan íntimas, mantenemos en secreto, salvo para algunos cómplices selectos.

 

Hoy compartiremos con los lectores de esta Huerta algunas de las primeras insignificancias.

 

¿Saben ustedes que mientras se teclean estas palabras, suenan a la espalda del transcriptor, los graznidillos de los vencejos surcando el cielo del barrio, en locas carreras por el aire? La partida diaria de la luz, más la inminente luna llena, les tiene doblemente alterados; como si presintiesen un terremoto de luz en plena noche.

 

Un vecino de algún piso bajo, ensaya con su saxofón melodías sentimentales con son de La Habana. Puede imaginársele interpretando su música en camiseta blanca de tirantas; de ésas que en los Estados Unidos llamaban zurraesposas, y que tan rotundamente dibujaron el contorno de Stanley Kowalski, el polaco de esa obra de Tennessee Williams, que tenía en lugar de corazón, un tranvía.

 

Con esta ceremonia de ventanas y balcones abiertos, la vida se cuela por las orejas sin poder resistirse uno a ello. Un acordeón viene tocando calle Santiago abajo, como una luciérnaga que abriera sus alas en método Braille. Más allá de las diez de la tarde de Julio –tiempo de cerezas- la vida acontece en un castizo cruce, entre 13 rue del Percebe y La ventana indiscreta de Hitchcock; todos somos personajes de las ventanas ajenas.

 

En otro orden de cosas, ¿se imaginan ustedes, lectores de Faba, en qué postura física se redactan estos textos, y a qué altura de la mesa dispone el tecleador su cuerpo? Quizás les resulte curiosa esta información tan prescindible. Reposa su cuerpo el bloguero sobre un confortable sillón de orejas (heredado de Adela Escartín en vida), cuya réplica ha podido ver Faba en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, o en los despachos de algunos generales ingleses de cine bélico.

 

Aunque en honor a la verdad, hay que reconocer que para redactar y corregir (y corregir, y corregir, y corregir…; esa salmodia sonámbula que otros suelen llamar escritura), la postura que propicia este sillón no es la más adecuada; pero para navegar por Internet resulta insuperable. Estirando las piernas bajo la mesa, y posando las plantas de los pies sobre la pared, el tecleador queda en un ángulo de unos 120 grados, y con una sensación total de reposo, como si descansaran sus pantorrillas sobre un escabel.

 

A diario puede verse a Faba semitumbado en su sillón Escartín, observando lo que acaece en el escenario de luz de la pantalla, sorprendiéndose ante lo que es capaz de mostrar el factor humano, y dispuesto a estudiarlo como un entomólogo, para luego contárselo en la Huerta a sus leales visitantes.

 

¡Va por ustedes, lectores!

 

Luna llena sobre la Huerta del Retiro

Foto: Gabriel Faba