Lo que nos llama

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La enseñanza, la brutalidad de la juventud, el envejecimiento y el cansancio. La putrefacción de las relaciones en la inercia, la desaparición –peor aún, la dimisión– de los padres. Y además, ¿cuál es la enfermedad de vivir cuando los seres humanos no padecen ningún mal en particular? Detachment, «El profesor», es existencialmente antiespectacular. Nada de crímenes ni de sexo. Nada de gags desternillantes, de intrigas de poder, de malvados de pesadilla. Y sin embargo, El profesor de Tony Kaye (Londres, 1952), el mismo director de American History X, resulta seriamente perturbadora. De pocas películas como ésta habría que decir que es conveniente, si nos acercamos, tomar algunas precauciones.

 

Desde el comienzo uno se da cuenta de estar ante algo que le va retorcer en el asiento. Todas las preguntas que nos podamos hacer –sobre nuestra corrupción moral, sobre los hijos, sobre la juventud y la muerte, sobre la familia y la enseñanza, sobre la soledad y la aberración que es nuestro orden social– están en esos 100 minutos, apretados en un tornado bajo altas presiones.

 

Henry, el protagonista, lo siente casi todo, lo percibe casi todo. Su poder sobre los demás –para empezar, sobre los chicos a los que da clase– consiste en una “receptividad ubicua” armada de palabras y de una ironía temible. Mira y escucha desde la desprotección, desde la fortaleza que le da un oscuro y complejo pasado. Puede enseñarle algo a una juventud maltratada porque proviene de un desamparo todavía mayor que el de ellos.

 

Eternamente suplente para controlar su sufrimiento y no comprometerse más de la cuenta, Henry Barthes (Adrien Brody), es como Cristo, pero sin el emblema de ninguna Cruz nueva y separada. El profesor, Hijo de una profundidad insondable, no tiene un Padre a quien preguntar, de quien reclamarse. Por eso extiende una fraternidad sin señas, sin una identidad excluyente. Los jóvenes aprendices del delito que pueblan las aulas se quedan un poco pasmados ante el sosiego de esa fuerza enigmática.

 

Desde la atalaya privilegiada de Henry –pocos han sufrido como él–, Detachment medita sin parar sobre la violencia del desafecto. También sobre otro tema encantador, lo que podríamos llamar el fascismo juvenil. Esta dureza de corazón, sin ninguna ideología, con o sin violencia directa, que constituye la reserva india de la alternancia y de nuestra religión social. El profesor atraviesa esa furia juvenil –de baja intensidad en la culta Europa– que comienza con una reserva insultante y enseguida lo cataloga todo, despreciando lo que sea lento, difícil, antiguo, sentimental.

 

Todo eso “apesta” para ellos, excepto la magia tranquila de un profesor suplente que practica la fuerza de la influencia, la de una percepción ubicua armada de palabras que ellos no han oído antes. El profesor es, así, un canto al viejo poder de la inteligencia y del lenguaje en un mundo taladrado por la usura. Y también una alabanza de la tecnología punta del amor. Los mayores somos ciertamente patéticos, el origen del mal, pero todavía podríamos amar.

 

Triste sin descanso, violentamente humana, Detachment no se regodea con el horror. Junto con el vendaval de vivir, una inacabable “biopsia de la condición humana”, la película de Kaye recrea tres virtudes colaterales. La primera, una excelente factura formal, con una estructura narrativa tan difícil como su notema. El monólogo del profesor Barthes, su imaginación y sus recuerdos intercalan tiempos distintos en cada escena. Jugando además con la versión infantil de las situaciones más significativas, dibujos coloreados que animan una caricatura en esquema, el trabajo de Kaye es muy estético, aunque demasiado violento para caer en el esteticismo.

 

La segunda virtud es una de las relaciones más hermosas entre hombre y mujer que hemos visto últimamente en el cine. El deambular callejero del profesor le permite conocer a Erica, joven prostituta que parece no temerle a nada. Manteniendo firmemente el desinterés sexual, una sobria distancia que desorienta a la “niña”, Henry decide ofrecerle su casa y cuidarla. Y esto sin exigirle nada a cambio, ni siquiera que abandone su turbia actividad profesional. Poco a poco, esta generosidad arranca el corazón de Erica, le ayuda a ser persona. Pero tendrán que pasar dos muertes más antes de que Henry salga de su aristocrático retiro y decida amar a la niña.

 

La tercera virtud es un impertinente llamamiento a compartir un mismo mundo bajo el dolor, una vida que es mortal en cada uno de sus segundos. Todas las divisiones habituales que hacen seguro nuestro mundo –compartimentos generacionales, ideológicos, profesionales– saltan por los aires ante este enorme poema sobre la crueldad, el sufrimiento y la compasión. En suma, lo peor es que este descarado travelling sobre nuestra normalidad, que tiene algo que ver con la mirada desnuda de un niño, nos empuja durante la proyección a salir de nuestra crisálida. A la salida recuperaremos la compostura, seguro, pero siempre puede quedar un peligroso virus en forma de resto.

 

Impecables trajes oscuros, el lenguaje depurado por la tristeza. Sórdidamente elegante, el poder de Henry proviene de haber caído en un mundo más alto. Pero eso mismo le mantiene encerrado en una elegante y aristocrática distancia, como si tuviera miedo de compartir su drama con otros, de quedarse en los sitios, con los rostros que tienen un nombre propio. De alguna manera, hasta que las muertes en su memoria son justamente tres –su madre suicida, su abuelo, una alumna suicida–, la errancia constituye su única defensa contra una sensibilidad que, a todas luces, no cabe fácilmente en ese mundo.

 

Él está armado, pero no lo suficiente como para quedarse en ningún lado. Al final será la adolescencia también armada de Erica, puta adolescente convertida al amor filial, la que le convenza de que es posible hacer compatible un corazón antiguo con la superficie arrasada de este mundo. Premiarán a Detachment, es de suponer, pero no podrán con su carga maldita. Quiero decir, con ese oscuro estado de gracia que todavía nos llama.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.