Lo que pasa en Buenos Aires

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“La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una hube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta. ¡Uf! ¡Vaya viajecito!" Hunter S. Thompson

 

 

 

“La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una hube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta. ¡Uf! ¡Vaya viajecito!». Hunter S. Thompson

 

Hace ocho años vivía aquí. Sí, aquí, en Buenos Aires. Y hoy paseo por el parque del Rosedal cuando es de noche y pienso que puede cambiar el lugar, podemos estar a 12.000 kilómetros de casa pero seguimos siendo los mismos. Me fascina esta gente que se va lejos para reinventarse. Ya me dirán cómo se hace porque yo sigo siendo exactamente la misma. Y aquí estoy, en el mismo parque por el que solía pasear. He intentado correr pero cinco minutos han sido suficientes para quitarme la ilusión de la runner porteña. Es de noche y el flato me obliga a detenerme, a pasear. A mi alrededor todos corren y la luna, la poca luna que hay, se refleja en el lago. Sé que es poético y que debería pensar en la vida, en el amor o en algo trascendental, pero no lo hago porque tengo flato y el costado me duele. Intento mantener la compostura y sonreír un poco. Al menos que no se note que la imagen es la imagen. Mi amigo pasa veloz a mi lado Laura, doy una vuelta y vuelvo. Te alcanzo. Qué remedio, pienso.

 

Siempre me gusta volver a Buenos Aires, y eso que dicen que no hay que volver a los lugares donde hemos sido felices. Pero a mi me encanta hacerlo: alfajores, parrilla, Borges, picadas, fernet, la melodía triste de un tango: Siglo XX, Cambalache. Pasear por Palermo, Chacarita, San Telmo. Empacharme de dulce de leche. Ver carteles de Cristina Kirchner y pensar: qué mal, Cristina, se te fue de las manos. Todas esas cosas son Buenos Aires. Todas y ninguna. Las ciudades son como las personas: son tu casa o no lo son. Y Buenos Aires, de alguna extraña manera, siempre ha sido mi casa.

 

Mientras observo con envidia a los runners pienso en un libro que acabé de leer hace poco. También esto pasará, de Milena Busquets. No sé por qué se me viene ahora a la cabeza. Supongo que por su título. La novela fue la sorpresa de la pasada feria de Frankfurt, el libro que fue comprado por cualquier editor que se preciara y cada vez por una cifra que ostentaba más ceros; uno de esos fenómenos que ocurre pocas veces. Sé pocas cosas de Milena, sólo que es la hija de Esther Tusquets, que es rubia y que este es su primer libro.

 

El argumento no destaca por su originalidad: la hija que rememora la muerte de la madre y en esa muerte, se nos desvela su propia personalidad y la de la madre. Pero es un libro maravilloso y que hay que leer, no por su argumento si no por la voz de la narradora. He leído muchas reseñas: que si es honesto, que si la narradora se mancha las manos de sangre con la novela, que si es cruda. Sí. Todas esas cosas son ciertas. Pero hay algo aún más cierto: el título. El motivo por el que la leí, el motivo por el que hoy, ahora, pienso en ella.

 

Érase una vez, en un lugar muy lejano, tal vez China, había un emperador poderosísimo y listo y compasivo, que un día reunió a todos los sabios del reino, a los filósofos, a los matemáticos, a los científicos, a los poetas, y les dijo: ‘Quiero una frase corta, que sirva en todas las circunstancias posibles, siempre.’ Los sabios se retiraron y pasaron meses y meses pensando. Finalmente, regresaron y le dijeron al emperador. ‘Ya tenemos la frase, es la siguiente: También esto pasará'».


En la vida todo pasa. Como los runners que dan ahora las vueltas a este parque de mi juventud –ay, la nostalgia-. Milena Busquests discrepa acerca de esta frase, pero a mi me parece brutalmente cierta. Me veo a mí, ocho años después, en este parque que tan bien me conoce, y me doy cuenta de que es verdad. Las cosas pasan: lo bueno, lo malo. Pero sobre todo, la vida y con ella, nosotros también. Las penas, las alegrías, las contradicciones. ¿Somos los mismos? Sí y no. ¿Somos los que queríamos ser? Sí y no. Por eso aquí, en este parque, se me ocurre que, como diría Pessoa, llegué –volví- a Buenos Aires pero a ninguna conclusión. Y sigo viendo los runners. Sigo teniendo flato y vuelvo a pensar en la frase. También esto pasará. Qué cierto. Gracias Milena por recordarnos esta frase.