Lo que tenemos que perder

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Zizek es caustico y lúcido. Esté donde esté arroja una compleja y simple mirada a este mundo y, especialmente, a sus alternativas. En estos días un amigo pudo escucharlo en Bolivia. A veces, muchas veces, Otramérica es una periferia céntrica del pensamiento global. No voy a resumir acá la conferencia -«La situación es catactrófica, pero no es seria»- pero comparto un párrafo sobre lo que tenemos que perder en este esfuerzo permanente por buscar soluciones a «esta cultura capitalista que ha agotado sus posibilidades», como decía ayer en Público José Luis Sampedro.

 

Decía Zizek en Bolivia: «Lo que nos une es que, en contraste a la clásica imagen de los proletarios que ‘no tienen nada que perder sino sus cadenas’, correremos el peligro de perderlo TODO: la amenaza es que seamos reducidos al sujeto cartesiano vacío y abstracto, despojado de todo contenido substancial, de nuestra sustancia simbólica, con nuestras bases genéticas manipuladas, vegetantes en un medio ambiente inhabitable». La amenaza ambiental, el colapso social, la incapacidad para encontrar fórmulas de justicia social nos puede llevar a ese Mad Max imaginado por George Miller y no descartable.

 

Los cambios son necesarios, no los parches. Nunca como ahora el poder ha sido tan mentiroso y ha utilizado tanto la doble moral como principal as en la manga. Me refiero al poder occidental democrático, porque los otros, al menos, son más sinceros: el dictador saudí sólo utiliza la plata para tranquilizar a las masas, el de Libia, balas para callar a los revoltosos. Pero en este juego, esta vez, lo que se puede perder es la vida.

 

Leyendo lo acontecido en Japón y siguiendo el riesgo de catástrofe nuclear estoy más espantado con la indiferencia general -excepto el comentario del «qué horror»- y con los comentarios esquizofrénicos de la derecha pronuclear que con la disciplina autoresignada de los japoneses. Imagino que lo que nos pasa ahora es lo que Günter Anders definía como la insensibilidad ante la dimensión de la catástrofe que se nos avecina; la insensibilidad porque no tenemos «imaginación» para dimensionar lo que nos puede ocurrir. Por eso Zizek tiene razón: estamos a punto de perderlo todo y no tenemos capacidad si quiera para percatarnos de ello.

 

Tenemos mucho que perder si seguimos a este ritmo, encaramados sobre la mentira y sobre «el desarraigo, el despilfarro y la obsolescencia del hombre» -como escribió Anders. Tenemos la posibilidad de perder todo.

 

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.

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