Los 18 años de Heriberto

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Heriberto acaba de cumplir 18 años. En el techado de atrás se reúnen los amigos. Se come guacho y se baila; se comparten abrazos como si fueran naranjas dulces y se ponen sobre la mesa sueños que atraviesan el espeso manto de la realidad como navajas. Heriberto acaba de cumplir 18 años llenos de vida. Yo no puedo bailar con él, la distancia, una estupidez física, evita que nuestros alientos se entrecrucen pero no impide que charlemos como si nada de eso fuera importante. Me habla de la revolución que viene, de sus anhelos, de sus pequeños e inmensos empeños de cambio en la comunidad olvidada (excepto por los milicos) de la que es natural.

 

Heriberto acaba de cumplir 18 años. En el techado de atrás se reúnen los amigos. Se come guacho y se baila; se comparten abrazos como si fueran naranjas dulces y se ponen sobre la mesa sueños que atraviesan el espeso manto de la realidad como navajas. Heriberto acaba de cumplir 18 años llenos de vida. Yo no puedo bailar con él, la distancia, una estupidez física, evita que nuestros alientos se entrecrucen pero no impide que charlemos como si nada de eso fuera importante. Me habla de la revolución que viene, de sus anhelos, de sus pequeños e inmensos empeños de cambio en la comunidad olvidada (excepto por los milicos) de la que es natural.

 

Sus 18 años son contagiosos. Parece mentira que estuviera en Santiago el día en que los aviones enterraron la utopía real chilena. Uno no se imaginaría que con su edad acompañara el empeño embebido, autoritario y posible de Omar Torrijos. Cuesta creer que sus pasos hayan vivido algunos de los momentos clave de la historia de su país, esa Panamá que ahora se desangra en la mafiocracia que come billetes.

 

Heriberto es enjuto, alto, elegante. Su paso es cadencioso y su voz es, improvisadamente, discursiva y poética. Algunos verán a un hombre de 81 años empeñado en lo imposible. Yo, que conozco su alma y me alimento de ella, veo la dignidad empacada en un afrodescendiente digno; aprendo del trabajar cotidiano a pesar de los años y los fracasos; le copio el entusiasmo infantil con la vida, el necesario empujar de la piedra de Sísifo con la que nacemos debajo del brazo. 

 

Los 18 de Heriberto me obligan a soñar en un mundo plagado de gentes como él y de aprendices como yo. La edad es sólo otro engaño porque nadie nos puede decir cuál es el momento en que nos jubilamos de la vida o nos retiramos de las utopías. Os lo regalo para que lo podáis abrazar.Como él me escribe, una sóla llamada telefónica, una conexión de voz puede «remecer la infinitud de la vida, haciendo trizas absurdas creencias, para devolver fe y esperanza en verdaderas relaciones de producción contra un sistema que ha creado fronteras y distancias artificialmente caprichosas».

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.